lunes, 9 de febrero de 2009

Hermafrodita

Oscura era la noche y llovía tanto que del centro de la ciudad huían los hombres pegándose a las paredes como seres espantados de su propio elemento. Ella no decía nada, bajo el breve alero de una cornisa insignificante, se limitaba a sonreir ostentando provocadoramente unos labios sensuales retocados de carmín encarnado. Le hacía reír la estulticia del género humano. Un don natural para los números y la astronomía que no le abandonaba desde la niñez, le permitió asegurar para sí, despues de ciertos cálculos mentales que había resuelto mientras se distraía inventando melodías con la acústica de las gotas que caían, que para esa misma fecha, unos veinte millones de indúes habrían peregrinado hasta el delta del Ganges para dar gracias durante el Maha Kumbh Mela, por el agua, dadora de vida y restauradora de la pureza, al ilimitado panteón del universo, concebido desde el ángulo de la diversidad absoluta. Había participado del festival un par de veces y sólo allí había experimentado una real aproximación al objeto de sus ansias angustiosas desde la temprana adolescencia: el magnetismo de la líbido, la alquimia sexual espontánea, instintiva. Era consciente que de manera rayana en la paranoia, aquella búsqueda, le había inducido por una intrincado laberinto existencial en el que no existía vuelta atrás, pero se resignaba abnegadamente, aceptando las consecuencias que se había acostumbrado a tomar como ineludibles e impredecibles. La casa paterna había abandonado desde hace mucho. Sus padres, por respeto a su desdén, que constituía una manifestación de soberana independencia, depositaban a su nombre verdadero, es decir el legal, el masculino, generosa mensualidad en una cuenta bancaria que por su parte, administraba con eficacia. Aseguraba vehemente que nunca lo deseó, a pesar que al morir sus progenitores, sería la única heredera de una fortuna que hasta entonces no había dado muestras de agotamiento, por lo que cuando era prudente, se comunicaba a casa para enterarse de la salud de los autores de sus días. Eso le daba seguridad económica, pero no era capaz de satisfacer la mínima parte de aquella ansiosa búsqueda que le había ocupado la mayor parte de su existencia. Había llegado a la conclusión que no era la sexualidad lo esencial, sino la sensualidad, para asegurar la compañía del objeto de su pasión, y en ese arte es que había desarrollado la habilidad mortífera por la que era conocida del vecindario, en los antros de ésta y otras ciudades, aunque ella no lograba a reconocer ni a la quinta parte de los que la reconocían en la calle, o donde quiera que fuese. Sólo retenía en la memoria a aquellos que habían dormido alguna vez entre los encajes de su tálamo que olía a jasminez mustios. Esperaba a alguien bajo la lluvia? Seguramente! Siempre esperaba a alguien, y cuando nó, se hacía esperar de alguien, no había termino medio, temerariamente, odiaba la soledad como su acérrima enemiga y escrutaba sobre la calle con unos ojos glaucos extrañamente maquillados seductoramente.
Sólo un año antes había ganado por ovación un concurso de belleza en Playa Ipanema, Brasil, donde fue recibida como diosa pagana exótica y sensual, celebrada por millares de desarrapados. Mas no tenía la mirada altanera de las grandes vedettes, más bien, cuando sinceraba sus gestos histriónicos, envolvía al mundo y a los hombres con una mirada piadosa y un dejo de filosofía.Terminaba de llover y por una grieta del abismo, asomó tímidamente un lucero que bién podría ser un astro, un satélite artificial, un avión, o simplemente un faro de precaución sobre alguna torre. Una sombra viril deslizándose entre las sombras llegó hasta la que esperaba, cruzaron algunas palabras, breves e inaudibles. Se tomaron de las manos confundiéndose entre los muros del laberinto oscuro y húmedo que cerraba sus puertas hacia la noche. -Inocente fue feliz aquel efebo que fue -dijo la voz de alguien que había observado la misma escena detrás de mí- y hoy escultura de silicona -siguió-: …un deseo irresoluble en carnes que ya no sienten. Volteé la vista, un beodo alejábase doblando la esquina y todo volvió a quedar apañado de silencios y sombras. Sólo el murmullo de los autos que pasaban, las voces moribundas de la tarde y el chapoteo de los últimos transeuntes, dejábanse oír sobre el asfalto, en la medida que la lluvia iba cesando y la nocturnidad cerraba tras de sí un telón inconcreto, y sin embargo, impenetrable...

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