lunes, 9 de febrero de 2009

Toro Sentado


Viendo ponerse el sol, el 14 de diciembre de 1890, a Tatanka Iyotake invadió una melancolía fuera de lo común. El jefe de los Sioux Hunkpapa era un hombre al que poderosas razones históricas habían vuelto, ensimismado y sensible; pero la melancolía que le invadía esta vez, colindaba con la angustia. Era como si el Gran Espíritu le enviara señales acerca de la inminencia de una tragedia que estaba por suceder.
Hacían ya demasiados soles que las tragedias eran el pan cotidiano para los pueblos de las praderas, y él Tatanka Iyotanke había sabido mantenerse a la cabeza de su pueblo, como debe hacerlo un auténtico jefe: cabeza fría y serena, ideas claras; pulso firme. Pero esta vez, los músculos le temblaban. Sería la vejez que ya le había encanecido las sienes? O quizá los síntomas de alguna fiebre que le acometía.

Comió poco, sin apetito; después fumó. Las bocanadas de humo de la hoja sagrada, sin embargo, no le inspiraron, antes bien le deprimieron. Más temprano que de costumbre, buscó el lecho, dispuesto a dormir.
Las constelaciones estaban altas cuando le dominó el sueño. Sudando copiosamente, soñó sobre las circunstancias de su bautizo.

Cumplidos siete soles sobre la tierra, hacía apuestas de carrera con los otros chicos para demostrar que ya tenía las piernas fuertes y veloces. Su padre lo llevó, entonces, a presentar al Espíritu de la Pradera, para que le ayudase a encontrar un nombre definitivo para él. Vagaron padre e hijo hasta las cercanías del pequeño cañón en cuyo fondo corría el Hilo de Obsidiana. Pastaba en las cercanías mansamente una manada de bisontes.

El padre, dejó a su hijo descansando a la sombra de un árbol sabanero mientras él bajaba por el cañón hasta el arroyo en busca de un poco de agua fresca con que aplacar la sed. De regreso, con una bota de piel repleta, alcanzó a divisar la silueta de un toro salvaje bajo el mismo árbol donde esperaba el pequeño. Corrió hacia ahí alarmado; mas a medida que se acercaba, pudo ver que el toro estaba sentado en sus cuartos traseros y el pequeñuelo, también sentado sobre el suelo delante del animal, en actitud de conferenciar pacíficamente. Al percibir la cercanía del padre del pequeño, sin exabruto alguno, se levantó el toro sosegadamente, y fue trotando a reunirse con el resto de la manada.

De regreso a casa, el chico ya tenía nombre, Tatanka Iyotake, Toro Sentado.

Quien es capaz de concertar el pacífico convivio en el seno de la pradera con un toro salvaje, habría de ser capaz de concertar con el hombre blanco. En efecto, Toro Sentado llegó a acordar con el gobierno de los Estados Unidos, la firma del tratado de Fort Laremie, en donde quedaba establecido que los pueblos Sioux se reducirían a su territorio sagrado, en donde yacían los restos de sus antepasados: las Montañas Negras. En comparación al continente reclamado por el hombre blanco, las Montañas Negras eran apenas unas parcelas ubicadas entre Montana, Wyoming y Dakota.

Queda Toro Sentado exento de toda responsabilidad histórica, que el hombre blanco no conozca el honor de la palabra empeñada, por lo cual, a pesar del tratado de Fort Laremie, hubieronse de lanzar a la depredación de los recursos minerales de las Montañas Negras, y con ello hayan desatado la batalla de Little Big Horn, en donde los pueblos Siux aniquilaron hasta el último hombre, al Séptimo Regimiento de Caballería, comandado por el general Custer, quien en los labios llevaba la sonrisa burlona de el aniquilador de pueblos que no ha conocido nunca el temor ni la cercanía de la derrota.
Los guerreros sioux se negaron a recobrar como amuleto, el rubio cuero cabelludo del general Custer, para no ensuciar el sagrado filo de sus cuchillos de obsidiana.

Más tarde, sobrevenido el infortunio, se vio Toro Sentado recorriendo Estados Unidos, presentándose como espécimen Piel Roja. Se obligó a apechugar hasta entonces, lo que le anunciaban las estrellas, las últimas veces que las consultaba, y se negaba a creer. Cercano estaba el día que para los hombres blancos, sería nada más que un payaso melancólico. El aceptó el contrato ofrecido por el empresario circense, Frederic Cody, porque le daba la oportunidad de ejecutar públicamente la Danza de los Espíritus, la danza invocatoria de la rebelión, cuyo secreto ignoraba el hombre blanco.

Los espías, traidores que trabajaban para el gobierno, informaron la peligrosidad de las danzas ejecutadas por el jefe de los Hunkpapa. Se obligó a Cody a rescindir el contrato, y a Toro Sentado reunirse con su gente en el campo de concentración de Minneconjou.

Esa noche, ya no pudo conciliar el sueño. Soñar con la propia niñez, significa retroceder el tiempo. Retroceder el tiempo en el sueño, augura el desastre, o la muerte. Saltó de la cama. Se puso de pié. Sus pies desnudos percibieron los latidos de la tierra. Los latidos de la tierra le recordaron que los hombres blancos jamás cumplirían sus promesas; porque para ellos, hipocresía y traición son sinónimo de firmar tratados….

… La madrugada estaba cercana. Rodearon su cabaña los renegados a quienes el gobierno había dado categoría de oficiales de policía. Cuando irrumpieron al interior, Toro Sentado preparaba su pipa para saludar la aurora. No le dejaron fumar. Le sacaron a empellones. Pretendía aislarlo, incomunicarlo.
El escándalo, convocó a su gente. Los Hunkpapa rodearon a los policías indios. Algunos del pueblo iban armados. Hubo un disparo. El teniente de policía Cabeza de Toro fue alcanzado al lado del corazón. Este, en lugar de disparar contra su agresor, se volvió a disparar contra Toro Sentado, a quien de mucho tiempo atrás odiaba; pretendía sustituirlo como jefe de los Hunkpapa. Viendo sangrar al gran jefe, sin dar muestras de caer, el sargento Tomahaw le disparó a la cabeza. Luego disparó al corazón a Pata de Cuervo, hijo menor de toro Sentado, quien hacía poco había cumpletado los dieciseis soles, acompañaba a su padre y estaba desarmado. En la refriega perecieron trece hunkpapas más.

domingo, 8 de febrero de 2009

Grandes jefes


Los hombres rojos de las praderas y las montañas nunca tuvieron tierra, porque Manitú, el supremo hacedor, había dado a ellos, y a todos los seres vivos, el mundo entero para que lo andasen y tomasen de él sus frutos y se alimentasen; los hombres se vistiesen, elaborasen sus aperos y alzasen sus tiendas, por eso los recolectores de fruta, los pescadores de agua dulce, no vieron con malos ojos la llegada de los chaquetas azules. Los cazadores, lanzadores de flechas y jabalinas de punta de obsidiana, recibieron como hermanos a los sombreros de fieltro, les mostraron los mejores cotos de caza, los mejores sitios para la captura de la trucha, y los lugares donde brillaban de áureo y azogue los espíritus de la montaña.
Mas los jinetes recién llegados, los hombres de las carretas, los de los palos de fuego, los alzadores de factorías y patíbulos necesitaban sojuzgar al hombre y la tierra, para que la industria fuese industria y la economía, economía, reducir el jardín de Manitú a la condición de propiedad privada.

Revelada a ellos la verdadera realidad de las cosas, fue que se dieron cita por primera vez, los grandes jefes de los pueblos que vagaban desde el río Missouri hasta el Rosebud, para deliberar acerca de la llegada del tiempo de los tiempos, el tiempo del fin, el holocausto final del hombre de las montañas y las praderas, como habían anunciado las estrellas muchos años atrás. Serían inmolados en orgía de fuego, carga tras carga de armas insuperables, juicios amañados, patíbulos y verdugos implacables, sables militares y puñales aventureros, hipocresía política en el nombre de dios. No habría piedad ni alternativa alguna. Así lo vieron todo, los videntes, de antemano, consumado.

Ya lo habían hecho los forasteros con los habitantes de las costas del este y con los habitantes de las regiones heladas del norte. Después de la población sin distingos de edades, mataban hasta los animales domésticos, porque intentaban con fuego, arrancar del hombre rojo la raíz. Tal fue la razón por la que los grandes jefes decidieron combatir hasta las consecuencias últimas, para poder morir de cara al sol, única forma digna de ir al reencuentro con el gran Manitú.

En el cónclave, los grandes jefes deliberaban al pie del tótem de los Dakota. Caballo Loco, que solamente usaba una pluma de águila sobre la cabeza, se paró y con la vista fija en el horizonte dijo: -la tierra no se compra ni se vende, menos la que camina el pueblo propio!. -No es justo que se nos trate como a bestias -agregó Toro Sentado, que se arropaba con una piel de bisonte cuyos cuernos parecían emerger de su propia cabeza. -Es obvio que ellos avanzan sobre un camino que trazan con la sangre nuestra, lo repito por tercera vez y cuantas veces sea necesario! -dijo Nube Roja, y una brisa erizó su penacho de plumas de neblí. -Morir en el campo de batalla, nos depare el espíritu de la guerra! -agregó Marmita negra, el rostro pintado de negro, de cuyo labio inferior, colgaba una piedra de jade.
Echaron suertes los jefes, después que habían consultado, uno a uno, el tótem y les había sido revelado la personalidad del gran enemigo inmediato: George Armstrog Custer, el de largos cabellos dorados, el de la terrible mirada azul, el que escupía sobre la cosmogonía y la tradición, el que orinaba y defecaba al pie de los tótem vencidos, el masacrador de mujeres y niños hijos de Manitú.

Sembraron sus lanzas en los cactos sagrados preparados por el consejo de adivinos. El primero en extraer la hoja de obsidiana, fue Marmita Negra. -Oj! -exhaló, como en un pequeño desmayo; la punta estaba teñida de una sola mancha tan oscura como su propio rostro: -ese hombre cortará el hilo de mi vida muy pronto! -dijo, y se le vió apesadumbrado. El siguiente fue Nube Roja. La obsidiana de su lanza salió límpida del cacto sagrado, sin mancha: -Manitú me concede morir de viejo, pero sin honra -dijo, mirando al cielo. Después fue Toro Sentado, quien escudriñando detenidamente las manchas en la obsidiana de su lanza, murmuró: -Al final del camino, queda mi vida en manos de traidores. Ellos pretenden cargarme de cadenas, pero el gran espíritu me concede la dicha de morir en el último combate.

Solo a Caballo Loco se vió con el rostro iluminado al extraer la obsidiana de su lanza que salía del cacto sagrado teñida de rojo: -antes que yo parta a reunirme con mi padre, ha querido el gran Manitú, poner en la hoja de mi lanza el corazón de ese hombre! La venganza de ustedes, mi pueblo! -gritó lleno de júbilo, abriendo sus grandes brazos hacia los valles centrales, donde le esperaba su gente(*).

-Fumemos ahora, la pipa de la paz! -acordaron, y se volvieron a sentar sobre la alfombra de pieles de felinos formando un círculo cerrado al pie del tótem de los Dakota, quienes habían brindado desde antes, la alianza de sus armas, con todas las naciones de hombres rojos de más allá de las praderas y montañas, del universo conocido y por conocer, invitando la resistencia a los que venían llenando de cercas y alambradas la tierra, a los insaciables buscadores de oro, esclavizadores, exterminadores del hombre libre.



(*) El grán jefe de los dakota no supo en ese momento, o quiza no quiso leer la totalidad de trazos que la savia del cacto sagrado había dibujado en la obsidiana de su lanza, en los que se profetizaba su propio porvenir; o quizá lo leyó pero no fue de su voluntad anunciarlo. Lo cierto es que él llegó a entender que un guerrero sobrevivido a la derrota estratégica, sólo conserva la dignidad si es capaz de actuar en favor de la sobrevivencia de su pueblo. Así que en su futuro estaba trazado que se entregaría al enemigo, tratando de evitar con ello el exterminio del pueblo siux, y moriría a manos de aquellos, acuchillado por la espalda. Esa era la única forma como los soldados de las barras y las estrellas podían dominar a Caballo Loco.

jueves, 5 de febrero de 2009

De el golpe suicida


Necesario diferenciar suicidas terroristas de los héroes auténticos.

La mística del combatiente suicida es antiquísima respecto del Islam y muy distante geográficamente de los orígenes de la doctrina mahometana. En la era post diluviana, las huestes de las naciones que volvieron a poblar la tierra, tenían como natural entregar la vida a fin de completar la misión encomendada. No había alternativa. El incumplimiento de la misión se pagaba con la vida. El arma más letal de los ejércitos de las naciones que se extendían por el mundo en esa época, desde las estribaciones de los Himalaya hasta la Abisinia, por el sur, y hasta el Río Amarillo por el rumbo este, eran las unidades de combatientes suicidas.

Las tribus dispersadas por el diluvio, que atravezaron más allá de los límites de la Mongolia y Kola; que pasaron al otro lado del mundo por el puente de hielo, y siguieron hacia el sur hasta ubicarse en línea recta del valle del Anahuac. Presintiendo la cercanía de la profesía, despertaron de su recóndito subconsciente el impulso suicida del combate, para que pudiera proveerse de manera suficiente el ímpetu de Huitzilopotchtli, insaciable devorador de corazones humanos, único capaz de conducirlos a la tierra prometida.

La huella del golpe suicida se descubre no sólo a lo largo de la historia de las naciones asiáticas y musulmanas, sino además en el mismo corazón de la cultura occidental: El rey David, arrebatadoramente prendado de la bella Betsabé, manda prender al capitán Urías, marido de la moza, destacado a la sazón en el frente filisteo, ordena el rey al comandante general, que lleve a cabo la emasculación ritual en la persona del capitán que tiene fama de valiente, y lo ponga al frente luego, del comando a cuyo cargo corre la misión principal frente el enemigo. Así se hace y en consecuencia, el rey David, desposa a la furiosamente deseada Betsabé.

Al arribar al largo período de paz prometido en las tablas antiguas de caracteres sánscritos, los temibles pelotones de combatientes élite de la nación Shik, sin evitar un solo ápice su mística suicida, pasaron a jugar el papel de custodios del templo dorado enclavado al centro del territorio Punjab, cuyas cúpulas son de oro; legado que conservan hasta el día de hoy los actuales guardianes del templo y que se transmite intacto de generación en generación hasta la consumación de los siglos.

Talvez si no el más celebrado, ha sido el más conocido, maestro supremo de comandos suicidas, el viejo Hassan as- Habbas, que murió apaciblemente en el año 1124 en el fuerte Alamut, "el nido de las águilas", enclavado en riscos inaccecibles de la cordillera Elburz.
Atacaban, los comandos del Alamut, sólo a personalidades decisivas, pues su método era cambiar el rumbo de la historia a golpes de puñal. Sabían que posteriormente al golpe dado no había escapatoria posible, por ello, despreciaban el alfange, se defendían del contraataque masivo con la misma daga con que habían asesinado, y caían, abatidos, con un mantram de obediencia en los labios, y una idea sublime en el pensamiento que les conduciría al regazo desnudo y tibio de las vírgenes uríes, las que esperan a los mártires sacrificados, en el paraíso. De ese modo desarticularon la ola selyúcida que amenazaba el chiismo que adoptó Persia, cuando se agotó la doctrina de Zoroastro. Dieron origen a una palabra castellana: "asesino"; "Hassanssin", los enviados de Hassan. Impusieron su régimen de terror de Edessa a Damasco. Al sultán, al jeque, al visir, al imam, al hombre de la calle, tenían los Hassansinn acobardados, hasta que por la misma psicosis que generaron, una insurrección popular les barrió de la faz de la tierra. La insurección popular es el arma más eficaz y antigua contra toda suerte de tiranía; por eso un profeta judeo alemán le llamó motor, y partera de la historia..

Hay una manifestación pasiva del soldado suicida, como cuando los restos de la diesmada oficialidad samurai del regimiento Kio Sumo, quienes no pudiendo evitar el desembarco de los traidores que se habían avenido a la doctrina de los rubios extranjeros que violentaban la sagrada paz del Fujiyama, fueron conminados al harakiri, para que pudiera ser limpiada la hasta entonces impoluta gloria del Gran Shogún.
Cuatrocientos años más tarde, lo que fue presagio de lo que habría de ser la guerra tecnológica del siglo XXI, incluyó un capítulo de interminables oleadas de pilotos kamikases que se inmolaban sobre sus blancos en Pearl Harbor.

Existe un lado humanista, positivo del desapego a la propia vida por parte de un combatiente, como similarmente existe en el héroe civil que salva vidas a costa de su propia existencia, si es que al combatiente le anima una causa justa. Así como surgieron los milicianos antitanques en Vietnam: eran a la vez labradores y combatientes que impotentes ante las rugientes máquinas de guerra que devastaban los arrozales, colocaban y hacían estallar sobre los lomos de esos monstruos de acero, las cargas antitanques atracándolas con su propio cuerpo, única forma que las máquinas de muerte detenían aquella inaudita potencia destructiva.

A este grupo pertenece el legendario soldado costarricense a quien Centroamérica vive por siempre agradecida: Juan Santamaría, se ofreció voluntariamente para hacerse volar junto con el polvorín de las huestes de Wiliam Walker, lo que significó el principio del fin del filibustero que en ciertas ocasiones enarbolaba la bandera de las barras y las estrellas y en otras la de la que fue confederación de los estados del sur, en la cúspide de una de las atalayas de su cuartel general, en suelo nicaragüense.

En determinados círculos intelectuales se ha insistido en reafirmar que a ese mismo grupo pertenece Rigoberto López Pérez, verdugo de tiranos. El día señalado por este bohemio nicaragüense hacedor de versos y tejedor de sueños (miraba a su patria macilenta, esclavizada y la soñaba libre y feliz), según el plan por él mimo elaborado, a solas con su propia conciencia, se levantó muy de mañana a la primera llamada del gallo, se allegó a las orillas del Xiloa para bautizarse definitivamente, tomó sus alimentos como de costumbre, elaboró unos cuantos versos cotidianos, intrascendentes; se tomó el tiempo para explicar con palabras sencillas a su madre cuanto la amaba y para escribir un par de cartas de amor, porque tales hombres son de amores innumerables, hasta que llegó la tarde y comenzó el baile en el palacio del tirano; se apersonó Rigoberto haciendo uso de la invitación que se había agenciado y cuando el matador de Augusto Cesar Sandino estuvo a su alcance, le perforó el pecho con las descargas de su revolver, al mismo tiempo que los guardaespaldas del cacique descargaban sus armas sobre el que era a la vez poeta y combatiente suicida.

Siempre acostumbro discutir la temática del texto escrito con personas idóneas, por lo me allegué hasta Roberto Martinez quien fué raso en el batallón "Ronald Reagan" durante la guerra civil de El Salvador, y me confesó:
-Creo haber visto el germen del soldado suicida en el caso del soldado Concho Machuca, -me dijo- Machuca, por su condición de escuadronero se jactaba de tratar de tú a tú con el teniente Molina, que comandaba la compañía nuestra que esa tarde bajaba por el cause del Río Gualcho después de un día de intermitentes escaramuzas con el enemigo. Estábamos agotados, hambrientos y una lluvia pertinaz nos calaba hasta los huezos. Llegamos al pié del cerro "El Jícaro" por el lado en que se levanta como una abrupta pendiente de poco más de quinientos metros en un ángulo de cincuenta grados. -Permiso mi teniente! -dijo Machuca- le sugiero que acampemos en este lugar donde estamos y subamos a la altura mañana por la mañana. El teniente Molina le miró de reojo, éste sabía que los insurgentes que comandaba Lorenzo Márquez se movían al oriente, y que Camilo Turcios había cruzado la Carretera Panamericana hacia el norte, posecionándose del vértice Gualcho - Lempa; por lo que desatendiendo la recomendación de Machuca ordenó la ascención hacia la cúspide del cerro. La tropa estaba extenuada, pero obedeció preparándose para la penosa marcha. Machuca, sin levantarse del lugar en que descansaba recostado sobre su mochila y con el fusil sobre las piernas, elevó la voz para decir: -Escuche teniente! Si nos obliga a subir este maldito cerro ahora mismo, soy capaz de pegarme un tiro! El teniente Molina, acostumbrado a aquellas bravuconadas no le prestó mayor atención. Cuando la vanguardia encolumnada enrumbó de lleno sobre la falda del Jícaro, se oyó un solo disparo, sordo y seco, entre las sombras porque la tarde había entrado de lleno. Machuca yacía sobre el suelo mojado por la lluvia, con la cabeza destrozada. -Qué hacemos mi teniente? Ordene! -dijo el cabo del pelotón de retaguardia. -Quítenle el equipo y la mochila y déjenlo allí que se lo coman los perros! -contestó el teniente sin detener la marcha.

Más tarde, para evitar un solo ángulo de opinión, consulté a Bejamín Macias, quien cuando terminó la guerra civil tenía solo dieciocho años, pero presumía de conocer a profundidad las costumbres de lo que fue el ejército insurgente, pues él mismo era hijo de guerrillero nacido en zona guerrillera. -Nó! -me dijo- en el frente guerrillero no existió nunca la mística suicida; allí lo que existió fue la vergüenza combativa; la decisión de no retroceder ante el embate enemigo hasta ver coronada la misión encomendada; o en la acción defensiva, el coraje de cumplir hasta las últimas consecuencias con la consigna: No pasarán!

martes, 3 de febrero de 2009

La herencia de Salvador Juárez

En el ”Testamento inconcluso” de Salvador Juárez hay una herencia para los desventurados

Las experiencias más horrorosas de la vida tienden a borrarse de los recuerdos del individuo que las ha padecido. Es un mecanismo de defensa escondido en lo más recóndito del subconciente de todo hombre o mujer, porque lo horripilante atenta directamente en contra de la sublimidad propia del espíritu humano.

Pero el intento de borrar de la memoria las experiencias más terroríficas de la existencia, no es el caso de Salvador Juárez; lo cual queda plasmado definitivamente y de una manera muy franca, en su poemario: ”Testamento inconcluso”. Allí Juárez relata en verso libre una gesta que en el ámbito de la historia salvadoreña puede ser similar al periplo de Dante Aligieri por los fondos del infierno de la Florencia de aquella época. Y este Dante de la raza de los pipiles de genética rebelde, nos da a conocer en un testamento que se ve incapaz de concluír, su recorrido por el averno salvadoreño, sin rigurosidad cronológica; pero haciendo el intento de dotar los acontecimientos de cierto orden en el tiempo, descubrimos que ese brutal recorrido comienza a ser relatado desde el paso del poeta por los calabozos clandestinos de el aparato policíaco del régimen gubernamental, fatídicas tinieblas en donde el que llega allí, al chirrido de las rejas que se cierran a sus espaldas, como en aquél otro infierno del poeta renacentista, pierde toda esperanza.

Su participación directa como combatiente revolucionario no es ningún infierno para Juárez, por el contrario es el nirvana que le ofrece la catarsis liberadora a su espíritu combativo. Sí es infierno para el poeta la persecusión que sufre el pueblo obrero y campesino, por parte de un ejército armado y entrenado por la mayor potencia bélica del mundo, que persigue a sus víctimas sin piedad ni tregua, despeñando hombres mujeres y niños de todas las edades en abruptos desfiladeros, igual que en torrentes fluviales caudalosos, o los baña con fuego de napalm.

Estremecedoramente los versos del poeta recuerdan cómo, en el campo profundo, hubieron madres que se vieron obligadas a estrangular a sus lactantes que lloraban con el objeto de evadir la persecusión de los soldados que les acosaban con furia exterminadora. Salvaban de ese modo terrible, la vida de el resto de sus hijos.

Y siendo que no es la rigurosidad cronológica asunto de ese testamento, nos atrevemos a postular que el siguiente abismo que nos revela Salvador Juárez es aquella desesperación indescriptible que sobreviene, concluída la guerra y firmados los ”Acuerdos de Paz”, al caer víctima de la marginación de los dirigentes de la élite revolucionaria, cuyas residencias, sus vehículos de vidrios polarizados, la telefonía de sus guardaespaldas y sus dispositivos de seguridad nada envidian a los recursos de la más refinada burguesía. Esos líderes le han aborrecido a causa de la indocilidad de pensamiento que muestra respecto de prejuicios y dogmas anticientíficos y preestablecidos, y ante todo por la inevitable rebeldía que florece en su alma a fin de rechazar el drama faustiano de vender el alma al diablo a cambio de míseras migajas que no resuelven ni momentáneamente el hambre pertinaz de los marginados de El Salvador, porque en ellos que son los descendientes pipiles, prevalece el hambre de hace más de quinientos años.

Uno de los reductos más negros y horrendos de este círculo infernal que ha golpeado para siempre la sensibilidad humana de Salvador Juárez, es la ocasión en que la nueva policía, resultado de los Acuerdos de Paz, en un alarde de mostrar su nuevo estilo, sobre las calles de la capital, lanzó su ímpetu represivo en contra de una multitud de minusválidos, lisiados de guerra que reclamaban sus derechos…

Con la poesía como herramienta genuina, y versos de lengua autóctona nos hereda Juárez en su ”Testamento inconcluso”, aquellas dantescas escenas cuyo dramatismo no pueden revelar siquiera las cámaras de televisión, en un país llamado El Salvador, en donde todavía está fresca la tinta con que se firmó la paz de lo que teóricamente era el enfrentamiento entre los que lo tienen todo, y los que no tienen nada, pero que en la realidad era el enfrentamiento entre la vieja clase y la nueva clase política emergente. Los miembros de esta nueva clase política ya tienen lo que querían. Los que nada tenían, siguen sin tener nada…

Los flamantes nuevos policías, liquidando impedidos físicos, y éstos, esgrimiendo sus prótesis como escudos en un absurdo combate cuerpo a cuerpo, todavía se esfuerzan por hacer la ”V” de la victoria con sus manos mutiladas.

En otras profundidades del abismo inextricable, llegó Juárez al círculo de el alcoholismo patológico y las drogas duras que luego dejan una marca indeleble en su sensibilidad de ser humano y de poeta. Esta inborrable marca queda también como herencia para la salvadoreñidad y para el mundo entero a través de el ”Testamento inconcluso”.

Y consecuencia de esa incierta y talvez involuntaria excursión por los infiernos, ni perece el poeta ni está dispuesto a olvidarlo; por el contrario, Salvador Juárez se da a la tarea de plasmarlo todo en ese poemario, con el presumible propósito de proyectar a su pueblo pipil, igual que a la humanidad entera, la más valiosa herencia que persona alguna pueda dejar a las generaciones venideras: la descripción vivida de el lado terrorífico de la experiencia humana, para que esas nuevas generaciones sean prevenidas y no tengan necesidad de llegar hasta allí, para conocer de la existencia de esas horripilantes profundidades.

En el intrincado laberinto que es el ”Testamento inconcluso” de Salvador Juárez, hay escondido discretamente un diamante, para el que lo quiera tomar. Es que el poeta, ni siquiera de el desprecio de que es objeto por parte de la élite de los grandes líderes, saca conclusiones reaccionarias como muchos víctimas de la purificación de las estructuras lo han hecho. Juárez llega mediante una clara solvencia moral y suficiente elegancia poética a conclusiones revolucionarias; se dirige ante todo a los salvadoreños de a pié, y les llama a no rendirse ante la adversidad de ser víctimas seculares de la dictadura del statu quo y de la ingratitud y la carencia de sensibilidad humana mostrada por los detentores del poder político.

No lo deja demasiado explícito, Salvador Juárez en su inacabado testamento; pero en su lectura creo entrever, que como todo revolucionario, promete él, un futuro luminoso para después de la lucha. Toda una herencia para los desventurados

sábado, 31 de enero de 2009

Cólera Santa

En aquella ciudad escandinávica, en los bajos del número cuatro de la ”Calle del Pájaro Mosquero", Barrio del Mástil, cuyas raices se pierden en el tiempo, los últimos rayos del verano fugaz, alumbraban una espontánea reunión de salvadoreños celebrantes de un desempleo ya crónico. Su nivel de ingestión alcoholica como a los antiguos pentecostésidas imponía en ellos una conversación caótica, incoherente, un lenguaje indescifrable. Sobre el andén de los viadantes, avanzó una aparición que en el acto impuso a aquel grupo alborotada fascinación. Zadia Karamemovick (Bosnia Herzegovina). Más alta que todos ellos, ojos gris amarillento, mirada imperiosa, pantalones ceñidos que trabajosamente aprisionaban en ellos poderosa musculatura de movimientos felinos. Los tacones aguja de sus zapatos, percutaban el brioso contoneado de la chica sobre el pavimento, como el impetuoso marcapaso de alguna milicia en plena marcha. Piadosa musulmana, recien casada por el rito sunni, llevaba recogida su abundante cabellera dorada, bajo velo, rigurosamente.
Zadia Caminando por esas calles de Dios, era la cuerda tensada de algún maravilloso laúd del universo.
Del grupo surgió una voz en un sueco inintelegible: -Oye niña! caramba! para donde vas tan apresurada?
Le siguió otra voz que quiso desastrosamente, traducir al sueco aquello de: -Adiós granito de arroz! Me voy con vos?

Volvió Zaida sus ojos glaucos con indignación hacia los que le increpaban y les contestó mostrándoles el dedo mayor de la mano derecha. Causó tal entusiasmo el gesto entre aquellos acólitos de Baco, que hubo una explosión de silbidos y aplausos que hicieron retumbar las paredes de los edificios. -Eres tan linda que haciendo visajes feos, te ves más graciosa aún! –dijeron las caóticas voces alcoholizadas.
Con garboso paso, Zaida siguió su camino. Al desaparecer tras el recodo de la esquina cercana, volvieron los beodos de dudosa inspiración a la absurdidad de la enmarañada discusión que les ocupaba y prometía llevarles a ninguna parte. A pocos minutos, reapareció Zaida por el mismo rumbo donde había desaparecido. Le seguía a pocos pasos, Hazim Nariman (Irak), su suegro, erguido cuan largo era sobre sus poco más de dos metros de estatura llevando una mirada negra y terrible en las pupilas. Crispaba las manos como triturando bellacos entre ellas y machacaba el suelo con sus pasos hasta hacerlo vibrar bajo sus probables más de cien kilos de peso. Era totalmente inaudito que no hubiera lugar en el mundo donde se dejara vivir en paz a los creyentes sin someterles al escarnio y a la provocación! Mas los bárbaros tendrían que llegar a la comprensión tarde o temprano o exponerse a sufrir las terribles consecuencias que tendrían que sufrir a causa de sus propias iniquidades! Desde la calzada, Zaida señaló al grupo de escandalosos que no amainaban su celebración. Hazim avanzó hacia ellos y ya al alcance de la mano, se volvió a su nuera y le gritó: -Cuál de estos infelices es el que te ha ofendido de manera tan vil, mi pequeña Zaida? Ella le contestó sin aflojar la furia que le encendía los ojos: -Todos ellos! Castígales a todos! –dijo, haciendo un ademán imperioso con la mano derecha mientras apoyaba la otra mano en su cintura inefable. -Oidme vosotros! -dijo Hazim hacia el grupo, pero a esas horas aquellos bebedores impenitentes, probablemente ya sólo percibían sombras difusas en los alrededores. Harta experiencia tenían para saber que en ese estado, lo más recomendable es demostrar amabilidad con todas las sombras que se acercan. Entonces respondían dulcemente a Hazim: –Amigo! Ven acá amigo! No hablamos mucho sueco, pero éste es el mejor lenguaje del mundo! -y mostraban sus tarros de cerveza hacia él. Hazim tomó de los hombros A Carlos, porque carlos era el más fornido, y le miró a los ojos, pero las pupilas de Carlos parecían mirar al infinito y se balanceaban dentro de sus cuencas en un vaiven incontenible; lo soltó y se dirigió a Alex, entonces Alex dijo a José: -Mirá vos, servile una cerveza aquí al amigo!
Intervino Gabriel: -Dejálo que se la sirva él si quiere. Hazim se sintió desconcertado, no había en aquel grupo un solo individuo que pudiera seguirle el hilo de la reclamación que pretendía, cuando desde el interior del apartamento oyó una voz que gritaba: -Amigo Hazim! entra! pasa adelante! Tengo algo para tí! Entró Hazim y Rodrigo le tendió un vaso de vino tinto: -Vino chileno, recuerdas que te lo había prometido? Por fín encontraba Hazim un interlocutor razonable, tomó el vaso de vino, a pesar que el vino es prohibido a los musulmanes. En ese momento, cruzó por su mente la reflexion que la doctrina de los bebedores de vino, sólo se diferencia de la fe verdadera en los resabios de politeismo que conserva aquella. Otra cosa. Estaba profetizado que el árbol de la fe se dividiría en setenta troncos diferentes de los que desprendería miríadas de ramas, de todas las cuales una sola de ellas sería la portadora de la única verdad, por lo que era muy probable que aquel que dijo: ”Bebed vino y comed pan”, tuviera razón, así que Hazim, bebió un sorbo, se disculpó unos instantes, salió del apartamento hacia donde esperaba su nuera sumida en la impaciencia, se dirigió a ella diciendo: -Ellos te mandan a pedir la más sincera disculpa desde el fondo de sus corazones atormentados, querida mía!
Solo de ese modo pudo Zaida continuar el camino hacia los quehaceres que le ocupaban y Hazim se volvió a continuar el diálogo iniciado con el profesor chileno Rodrigo Huamán. La cólera santa había sido, por esta vez, aplacada.

Al día siguiente, en plena resaca etílica, quise obtener de Gabriel, que todavía estaba en su cama, alguna serena reflexión de lo sucedido, y me contestó con cierto desgano: -Mirá vos, los salvadoreños no sólo han combatido en las montañas chalatecas, las estribaciones de Guazapa o los cerros usulutecos! También han combatido en el propio corazón de Arabia Saudita (*); en Washington, en la mera capital de los Estados Unidos, y combatirán en cualquier lugar del mundo donde haya injusticia! -y se volvió a quedar dormido.

(*) Durante la construcción de la última capital de Arabia Saudí, los obreros salvadoreños se sublevaron en la mayor huelga combativa de que se tenga historia en ese país, por miles de años. Unas cuantas décadas después los inmigrantes salvadoreños se alzaron en los alrededores de la Casa Blanca (Washington) durante largas semanas, en otro cruento levantamiento, también sin parangón en la historia de ese país.

miércoles, 28 de enero de 2009

Antifa


De visita en la nación que yace bajo la nación, aconteció que uno de mis hermanos, a la sombra de los árboles de un pequeño huerto, frente a un promontorio de terracota que bién podría ser un fogón o un rústico altar de sacrificios, sujetó la vaina de su puñal, como si fuera a extraerlo, pero en lugar de puñal, apareció en su diestra un águila enorme de plumaje esmeralda -como si el plumaje perteneciera a un ave prensadora de selvas tropicales-. La rapaz daba muestra de estar viva pues abría y cerraba los ojos, aunque mi hermano la blandía como de cartón, y me decía: -Ves lo que puedo hacer con ella?, -para después lanzarla sobre un objetivo, como un experto cetrero, que el ave alcanzaba como un rayo, volando con estrépito y después regresaba de nuevo a posarse a su brazo, hasta que él decía: -Basta por hoy, -y la guardaba de donde la había sacado. -Haber, qué puede hacer la tuya -dijo, y yó recordé, de mis tiempos de niño, que tenía una en la vaina de mi propio puñal, pero hacía mucho tiempo que no la sacaba, más por no saber que se podía hacer, que por falta de voluntad o displicencia. El me dijo: -Es piadoso que se haga con los seres de la naturaleza, porque la inmovilidad para ellos, es la más grande de las desgracias en toda su existencia.
Hice la misma maniobra que él, y apareció aferrada a mi diestra, un águila tan grande como aquella. No era de plumas esmeraldas, sino pardas y oscuras, como las hojas que caen de los caducifolios. A diferencia de él, yo no la hice regresar a su prisión, sino que la dejé que vagara y se estableciera libremente en el corazón del bosque, porque eso es además, según mi hermano, el más grande regocijo de todo ser de la naturaleza.
Luego me condujo hasta el centro ceremonial, que también era de terracota, de techo bajo, cuyo altar fulguraba de dorado tal , que imprimía esa tonalidad a objetos y personas que se encontraren en su interior. Nos sentamos, junto con otro fieles sobre esteras y cojines, en el suelo alrededor de la que funjía como sacerdotisa. Tocada con atuendos gitanos, se volvió a nosotros y dijo: -Os voy dar, si aceptais, un puñado de monedas que pertenecieron al tesoro del rey David, -depositando en las manos abiertas de cada uno de los concurrentes, un puñado de esas- mas no podréis hacer uso comercial de ellas, y de las que tendréis que desprenderos con el mismo desapego que yó lo estoy haciendo con vosotros- dijo. (En otras palabras, obsequiarlas a otros con desprendimiento) -pensé yó. Acto seguido, un viejo que estaba con nosotros comenzó a introducirlas por cualquier rendija que encontraba a su paso, como si esas rendijas fueran alcancías.
Luego pasamos a lo que podría ser un simple salón de reuniones sociales, donde viejos y muchachas fermentaban el vino de cazabe a la manera aborigen, con generosas dosis de saliva, invitándome a mí a colaborar en ello para que no se quedaran los viejos con las gargantas resecas. Bastó una tarde para que estuviera en su punto, no era obligación beberlo, mas pronto descubrí que aquella desobligación, solo era parte de un ardid de otros que querían beber doble porción con lo que sobraba. Era un líquido blanquesino y espumoso con sabor a pulpa de coco. Bebí mi parte, me invadió una suave embriaguez y los experimentados asistentes se reían de mí cuando yo oía en mi interior una dulce, pero poderosa voz que decía: -bebed vino, que ésta es mi sangre… Quise dar una explicación de lo que me pasaba, pero ahogaron mi voz las miles de voces de una multitudinaria marcha que se acercó y pasaba de largo blandiendo banderas y grandes mantas con consignas revolucionarias. A todos nos invadió el impulso y nos unimos a ella que a esa hora avanzaba con antorchas encendidas. Pronto llegamos hasta el frente que chocaba con el frente de los invasores de la nación que se erige sobre ésta. Ellos blandían armas de alta tecnología, contra los rudimentarios medios conque contaba el lado nuestro. De la parte nuestra se lanzaban sólo consignas, maldiciones, piedras y lanzas de madera. Los contrarios se daban el privilegio de experimentar la última generación de sus armas modernísimas contra nosotros; pero los nuestros morían con el gesto del deber cumplido, en los ojos; en cambio los otros encontraban la muerte con la incertidumbre de no saber el porqué de sus acciones asesinas. Ellos mataban la flor de la juventud, labriegos, obreros: mataban el cordero de dios; los nuestros aniquilaban alimañas que es necesario aniquilar para que el pueblo no pierda la senda del hombre hacia el hombre…, y esa era, según el decir de los oficiales nuestros, la esencialidad de nuestra ventaja estratégica. Fue con esa consigna precisamente, que logramos contener la ofensiva enemiga de aquella tarde, para continuar en el convivio con aquel pueblo admirable….
Al caer la noche, nos recogimos unos de nosotros, en una posada en la que se restañaban heridas, se servía una ración de jornada combativa, se bebía vino y se diseñaban tácticas y estrategias. En un rincón de la posada fumaban dos mujeres en redecoradas pipas, les pedí de fumar y me ofrecieron un cigarrillo, encendilo, y cuando disfrutaba plenamente de las bocanadas, sentí un pájaro posarse en mi hombro, era la mano de una chica que miraba por primera vez, pero que la presentí siempre, me miró con ojos almendrados, una sonrisa de miel y me preguntó: -Me darás de fumar de tu cigarrillo?
No me pude negar, compartimos el pitillo y me hechizó al instante la sensualidad de sus labios al posarse donde se habían posado los míos y mojarse de las mismas humedades; de cómo las volutas que salían de ambas bocas, se revolvían en el aire y del aire las absorbíamos de nuevo, para sumergirmos en aquel marasmo en el que quedó concertado un compromiso de nupcias, lo que, ante una leve incertidumbre mía, más que por mala voluntad, por considerarme indigno; se obligó ella a exclamar: -Hombre de poca fe, tan pronto habeis dudado?! -y me mostró coquetamente sus pezones para disipar toda suerte de inseguridades. Ya comenzado los preparativos de la ceremonia y extasiado por el corte de su cabello, su esbeltez, la certidumbre de su talle, me atreví a preguntar de dónde venía. -Soy de las huestes de Artemisa -dijo, y supe que era cierto- . Más algo hubo que comenzó a desentonar, cuando los preparativos de nuestra unión se prolongaban indefinidamente, pues en eso me quedé dormido; cuando desperté, vi el rostro de una brigadista de primeros auxilios que me miraba de cerca, examinándome detenidamente, y dijo: -Tiene los ojos afiebrados.
Yo estaba tendido sobre la bandera rojinegra con la clavícula derecha fracturada y una herida profunda en la mitad de la frente…
Ocho días después me dí cuenta que Matla Xochitl, ideóloga de nuestro grupo, había llegado hasta vuestra mesa de redacción para entregarles el apretado resumen que Lobo, en pleno trance surrealista escribió después de los acontecimientos, increpándoles:
-Publiquen ésto en el resumen informativo! sin saber siquiera, si podría ser posible.

lunes, 26 de enero de 2009

La reunión


Se que los parientes de Feliciano Ama, existen todavía en diferentes poblados de Sonsonate. Uno que otro joven migrado a Estados Unidos, dice también pertenecer a esta estirpe. Los parientes de Feliciano Ama cuentan una historia muy diferente. Y sin embargo quiero dar a conocer el relato que sigue, no por su valor histórico, sino por su valor literario, que capté de Norberto Baires, quien estudiando antropología en la universidad de México cayó en garras de la esquizofrenia. Mi decisión sigue la huella al dicho popular que afirma que, los niños, los borrachos y los esquizofrénicos, son los únicos capaces de decir la verdad.

Muchas gavillas de años antes de Cristobal Colón, el parentesco de los Amatl heredó ese apelativo de Chichimecatli Amatl, a quien se atribuyó el descubrimiento de la industria del pergamino vegetal, creador además, por ello, de cierta mística simbiótica entre los artesanos de esa industria y los bosques de Amatl, mística a que indujo a su familia. Esta familia llegó a ser tronco vasto y robusto, a semejanza de esos árboles sagrados, de cuya corteza se procesaban los pergaminos que un tiempo estuvieron destinados a albergar en ellos los acontecimientos y los días, de los descendientes de la estirpe de Quetzaolcoatl, el "Serpiente con Plumas de Quetzal", quien fue erigido a tutor de la moral de los arquitectos de la ciudad de los gigantes, al final de la primera era de los Toltecas.

En la era que nos ha tocado vivir, bien entrado el siglo pasado, Tuxil Amatl, el más viejo de esa rama pipil, habitantes de la zona occidental de la costa del bálsamo, padre de numerosa prole de indios de tierras ejidales, abuelo de jornaleros sin tierra, se dice, fue el primero de los Amatl, obligado por el obispo que ejercía la diócesis que incluía de Sensunapán a la costa, a eliminar el morfonema ”tl” de su apellido Nahua, para castellanizarlo a Ama, por lo que Feliciano, nació en la segunda generación de los Ama, más castellanos ortográficamente, y en cuyas venas seguía corriendo ininterrupto y vigoroso, el torrente de los primeros Amatl, antiguos herederos de las enseñanzas de Quetzalcoatl. La coacción del obispo, debíase a los vericuetos de la inquisitoría de la época, que pretendía dificultar la toma de contacto que los sobrevivientes de los rebeldes nonualcos buscaban, con los tatas pipiles, para que el fuego de la rebelión, siguiera ardiendo, aún posteriormente a la derrota que desde yá, se había considerado indefinitiva.

Muchos años después que Anastacio Aquino, caudillo, fuera conducido al patíbulo al interior de una jaula de hierro que escupían y pateaban gentes de buen vestir, propietarios de vastas tierras y palacetes principales de Zacatecoluca y San Vicente; Serafín Tempisque, perteneciente a la segunda generación posterior a la gran rebelión de los nonualcos, fue el único representante de los sobrevivientes que logró enlazar con los pipiles del occidente y pudo relatar para ellos las vicisitudes de las tomas de las cabeceras departamentales, antes mencionadas, el asalto de las respectivas guarniciones militares; después de ello, el repliegue, la traición, el drama de las últimas horas de resistencia en el cerro Tacuazín, y les transmitió oralmente, palabra por palabra, el espíritu de la proclama libertaria de Anastacio Aquino, en donde se anunciaba el fin de la esclavitud; un futuro luminoso para la indiada, tierra para el que la trabaja. Tales fueron los hechos históricos con que la mente de el joven Feliciano Ama, se nutrió, durante las vigilias secretas que los que se intuían de la estirpe de Atonal, (flechador de Pedro de Alvarado y súbdito de Atlacatl) celebraban en la entrañas del manglar, las noches señaladas en el calendario que transmitían por tradición oral, los tatas más viejos de las familias pipiles.

Años más tarde, al pié del volcán Izalco, junto con otros contertulios que habían optado por dar el salto de la teoría a la práctica, sentados alrededor de una fogata, en la que tostaban tortillas de maíz y asaban camarones sacados allí mismo, de los manantiales de Caluco, Feliciano Ama y Farabundo Martí se reconocieron el uno al otro, en el tono cobrizo, en la mirada azabache y en la mutua previsión de la existencia de un camino hacia la emancipación definitiva de los pobres y la reconciliación de las razas del mundo, como lo habían previsto los viejos intérpretes de el "Serpiente con Plumas de Quetzal".

Durante la conversación, Feliciano Ama se dió cuenta que las enmarañadas predicciones de los patriarcas pipiles se veían cada vez más probables. La doctrina de Quetzalcoatl, sólo adquiría nuevas formas en cada una de las eras de la humanidad, pero conservaba su escencia que, en ese momento se revelaba consustancial con la revolución francesa de 1789, así como lo había expuesto Mario Zapata: ”libertad,igualdad, solidaridad"; radical y popular como la revolución rusa de 1917 según lo deducido por Modesto Ramírez. ”Sólo el pueblo salva al pueblo!”, acotó exactamente Alfonso Luna.

La noche de ese día en que, habían los contertulios agotado el tema de "El Materialismo Dialéctico e Histórico", durante el sueño le fue revelado a Feliciano Ama, que la tabla mágica para preguntar a los espíritus sobre el futuro de los pueblos, era ni más ni menos que una solemne estafa. Al amanecer de el nuevo día, en base a lo discutido, llegó a la conclusión que el último capítulo de la guerra con que los terratenientes despojaban a los indios de sus últimas tierras, había comenzado con el anterior presidente Tomás Regalado, quien ordenaba a los notarios escriturar la tierra de los indios a favor de parientes y amigos; y esa guerra se había recrudecido, el día que el subsecuente presidente Carlos Meléndez había envenenado a su huésped, Patricio Shupán, cacique de Izalco, durante un almuerzo al que Shupán había sido convidado "para concertar acuerdos de paz". Feliciano Ama, terminó con ese razonamiento la jornada de discusiones que habían durado un par de días.

Francisco Sánchez se dijo de acuerdo, punto por punto. Farabundo Martí por su parte, se mostró convencido que las masas indígeno campesinas en El Salvador, habían madurado lo suficiente para avanzar en pos de las riendas de su propio destino; que la alianza obrero campesina era posible; que estaba al alcance de la mano.