lunes, 6 de abril de 2009

Mayoría de edad

Per Erik vio alejarse el bus enmedio de la noche helada y sintió un golpe de angustia en pleno pecho. Y sin embargo, hizo un supremo esfuerzo por no desconcertarse y recobrar la serenidad. Quiso regresar a casa de Hans Åke, pero se lo impidió la vergüenza. Aunque bien abrigado, tiritó de frío. No había alternativa. Comenzó a caminar a casa.

El 28 de diciembre del 2008 cumplió diez años. Los años requeridos particularmente por él, para reclamar la mayoría de edad. El sábado 10 de enero se le presentó la oportunidad de comprobarlo.

Luego de cenar en casa de su amigo Hans Åke, en el barrio de Oxbacken, celebraron entre ellos, todavía, otra jornada de conversaciones y juegos. Se dedicaron a comprobar una vez más, capacidades y funciones de sus respectivos teléfonos móviles. A las siete y media de la tarde, recibió la llamada de su madre: hora de volver a casa. Per Erik, sin embargo, quiso esperar a que dieran las nueve. Sería la prueba de fuego. Las nueve de la noche es la hora en que cogen llave automáticamente las puertas de los edificios de apartamentos; la hora en que sólo los mayores deberían permanecer afuera. El no vivía en un edificio de apartamentos, pero esa hora era buen punto de referencia. A unos cuantos grados bajo cero, la prueba habría de ser más fidedigna. Haría alarde de ello en la escuela.
Sin que su amigo notara, contaba los minutos. Poco después que el reloj marcara las nueve, echó Per Erik su movil a la bolsa de la chaqueta, chequeó las llaves de su casa, se despidió de su amigo y salió a la calle hacia la parada de la línea de buses que hacen su recorrido desde el centro de la ciudad hasta Bäckby Norra, su barrio. De Oxbacken a Bäckby Norra, bien puede haber media milla de distancia.
Eso de preparar con demasiado tiempo de anticipación el móvil, para que aparezca la imagen del tickete de bus en la pequeña pantalla, es cosa de chiquillos. Se limitaba a repasar el orden en que se pulsan las teclas, mentalmente. Lo que hace un adulto es echar mano al móvil en el mismo instante en que aparece el autobús, entonces teclea ágilmente en el orden debido, hasta que aparece en la pantalla el tickete figurado, y luego se muestra hasta cierto punto, con desdén, al conductor del autobús; y asunto concluido.

Esa noche la suerte no estaba con él, precisamente. Quiso correr, para economizar tiempo, o quizá porque todo ser humano, normalmente se acongoja ante la noche. Pisó un tramo de hielo sin arenilla y cayó sobre el piso helado estrepitosamente. Se levantó. Hizo caso omiso al dolor de las magulladuras y retomó la marcha a paso impetuoso. A poco, a la altura de Kronvägen, advirtió una silueta conocida: un perro de ataque que corría hacia él, en silencio pero amenazante. Peor sería correr. Quedó de piedra. Un hombre gritó una orden en la sombra. El perro se detuvo y volvió mansamente hacia el hombre. Completamente asustado, Per Erik reanudó la marcha.

Cuando cruzaba la calle de entrada a Ringduvegatan, un auto salía desconsideradamente veloz. Ante la menuda sombra del chico frenó escandalosamente sobre el resbaladizo asfalto hasta dar un medio giro sobre si mismo. El sobresalto de Per Erik fue el inicio de una nueva carrera. Avistó las luces de Råby Centrum y se sintió aliviado. Probablemente estaba a medio camino. Tomó el atajo de Fredriksberg. De Tornsvalegatan venía saliendo un ruidoso grupo de jóvenes, fanáticos celebrantes del sábado. Un envase vacío de cerveza, vino hacerse añicos casi a sus pies. Bajó corriendo la cuesta del sendero de bicicletas. En la oscuridad, dos chicos competían en sus montañeras. Justo en el cruce se toparon con él. Uno de ellos frenó aparatosamente. El otro logró sortearlo a escasos centímetros y siguió de largo, a toda velocidad, la cabeza vuelta atrás para gritarle: –Jävla idiooot…!!!
Alcanzó Per Erik la zona industrial y caminó de prisa. Sabía que superada la zona industrial, abordaría Puddelugnsgatan. Al final de Puddelugnsgatan, Bäcby Centrum, y después, casa!

Tenía la alternativa de tomar el atajo de Svenska Kyrkan, que es más oscuro. Sin embargo a lo lejos, Bäckby Centrum parecía tranquilo y más iluminado. Se decidió por esta ruta. Al instante de pasar por la pequeña fuente, dio un salto nervioso al rugido de dos beodos que bebían algo. Confundidos en la oscuridad discutían acaloradamente y despotricaban a grandes voces. Siguió de largo. Alcanzó Välljärnsgatan y quedó frente a su barrio. Entonces corrió como desesperado hacia su casa. Abrió la puerta. Entró raudo. Sus padres quisieron requerirlo por haber tardado tanto, y por no contestar el teléfono. Per Erik no quiso hablar con nadie. Fue directo a su cuarto y se encerró con llave.

En su pequeña alma no había odio, ni rencor. No podía haberlos. Para bien o para mal, a esa edad el odio y el rencor aún no se han permitido la germinación. Sólo había quizás en Per Erik, cierto miedo. Desconcierto, talvez, ante la naturaleza de la sociedad y de la calle.

En la parada, habiendo visto llegar el autobus, había tomado el movil, tecleado correctamente y mostrado orgullosamente la pantalla al conductor.

Abundan adultos que por razones perfectamente explicables se sienten esclavizados en su trabajo. Viven rumiando un odio feroz, no a las circunstancias que les esclavizan, sino, a ciegas, talvez a la sociedad o a su propio pasado. Odiar a la sociedad es odiarse a si mismo; odiar el pasado es odiar la niñez propia.

El móvil de Per Erik se descargaba. El tickete de autobús no se veía con toda claridad en la pequeña pantalla. El conductor puso cara de perro, le miró con odio y le ordenó abandonar el bus. Las veintiuna y treinta horas. Varios grados bajo cero. Era la noche nórdica, brutalmente impenetrable. Un viento helado bajaba silbando desde el septentrión.
Era también la aventura de Per Erik en su privativa edad como mayor.

jueves, 2 de abril de 2009

Oráculo

En aquel tiempo en que sectas endotéricas eran capaces de poner en jaque los valores ideológicos sustentados por el sistema y el Estado; de estas sectas, aquellos sacerdotes que alcanzaban el fanatismo místico eran elevados a la categoría de gurús, y los que caían en la locura eran elevados al rango de oráculos.

Estimulados adecuadamente con oro, plata, obras de arte, y cédulas hipotecarias a favor de la secta, los oráculos eran capaces de auscultar el futuro que el destino deparaba a los peregrinos que desde regiones remotas venían a estimular de ese modo sus propiedades de videntes.

(Los niños, los borrachos y los locos, son los únicos capaces de hablar con la verdad [dicho popular]).

Para el mejor desempeño de su función, la secta construía a los oráculos una especie de confesionario. En el confesionario había un reclinatorio en donde humildemente se prosternaban aquellas peregrinas almas, a la vez adineradas, poderosas y acongojadas que llegaban a consultarle.

En esos tiempos la conversación con el oráculo no era ágil y expedita como la que los pecadores de hoy hacen con su confesor en los confesionarios de las basílicas de las grandes ciudades, o de templos humildes de pueblos dispersos entre la topografía campesina.

A veces la sentencia del oráculo llegaba hacia el peticionario en forma escrita. Pero al leer el escrito, este peticionario no encontraba un mensaje claro y llano, sino un enigma que a su vez requería el concurso de otros sacerdotes, sabios, o generales de Estado Mayor para descifrar su contenido.

Otras veces la respuesta del oráculo llegaba en forma verbal. El consultante entonces (como el pecador de hoy día), estaba impedido de ver el rostro de su confesor. Para tal efecto, hábilmente se construía un conducto en forma de tubo hueco que desde algún recóndito lugar llegaba hasta el reclinatorio en donde se prosternaba el consultante. A través de ese conducto acústico se dejaba oír la voz del oráculo, que tampoco hablaba ágil y claramente.
Por el alma de ese tubo viajaba una voz como venida de ultratumba, que desgranaba igualmente enrevesados enigmas a grandes pausas; igual como conversa hoy día con sus consultantes el físico londinense Stephen Hawkin, quien impedido de hablar a causa de una severa enfermedad, lo hace mediante un sintetizador electrónico de voz a razón de una o dos palabras por minuto; y la complejidad y lo enigmático de lo expresado por Hawkin se presta a múltiples interpretaciones.

En aquel tiempo, adquirió fama la consulta que Herodes Antipas hizo al oráculo Urim, de lo cual sus asesores interpretaron que debería eliminar a todos los críos de Belén para asegurarse en el trono de rey de Israél.

Antes había sido la visita de Alejandro Magno al oráculo de Amón Ra, el cual le señaló los enemigos internos a eliminar, y la ruta a seguir hacia la India.

Mucho más antigua fue la desesperada consulta de Edipo al oráculo de Delfos, a fin de poner en claro lo que le deparaba su tormentoso y aciago destino.

Hoy día, igual que antaño, peregrinan los científicos del mundo a escuchar cada vez más ansiosamente lo que ha de revelar con su extraña voz y sus dilatadas pausas Stephen Hawkin, en respuesta a preguntas que estos peregrinos de hoy le han hecho llegar al físico londinenese con semanas de antelación.
Al decir de los que consultan de este modo a Hawkin, éste eminente físico cuyo cerebro es destruído lentamente cada día, por una Esclerosis Lateral Amiotrófica, tiene las exactas respuestas a las incógnitas que agobian en demasía a los científicos del mundo de hoy.

Y a pesar de su vastísima memoria y su profunda capacidad analítica, cada vez que concurren hasta Hawking los científicos del orbe, éstos le consultan una y otra vez las mismas cuestiones:

En donde comienza y en donde terminan el tiempo y el espacio…?

En qué momento y de qué modo se formó, y en qué momento y de qué modo acabará el universo del que somos parte…?

Es verosímil la afirmación que el capitalismo desregulado amenaza la catástrofe global…?

Cuál es el futuro y el destino del ser humano sobre la faz de la tierra…?

Y a los que peregrinan hasta Hawking, él siempre da las mismas respuestas mediante los mismos enigmas enunciados de diferente modo.

La última semana de septiembre del 2008, que el oráculo de Londres (como le llaman algunos irreverentes), estuvo en Santiago de Campostela, España, en donde había citado a sus peregrinos, una vez más, Stephen Hawking volvió a responder:

El tiempo y el espacio son finitos. Estos no pueden existir más allá del universo. El universo también es finito, pero no tiene límites.
Según la mentalidad humana hay dos opciones en disyuntiva: el universo y el hombre son producto de una voluntad divina, o son consecuencia de un proceso natural. `Yo estoy´ dijo, `por esta segunda opción´

La ciencia está próxima a demostrar, dijo, que el principio y el final de universo es un Bing Bang.

De no cambiar el rumbo de la actividad y la mentalidad de los hombres en el planeta tierra, agregó, será muy difícil evitar la catástrofe ecológica global, de aquí a unos cien años. Y si antes de la catástrofe se ha logrado descifrar y manipular a cabalidad el genoma humano; entonces los científicos crearán in vitro, al hombre perfecto, el superhombre, incapaz incluso de enfermar, envejecer y morir. Pero una vez surgido el superhombre, y en el marco de la catástrofe ecológica global, entrará éste en conflicto con los simples y defectuosos mortales que hicieron posible su existencia; entonces construirá el superhombre una estación espacial que le permitirá vivir en el cosmos por tiempo indefinido. Mientras tanto en la tierra, si los simples mortales no perecen a causa de los venenos industriales liberados y el desastre global, habrán retrocedidos a la edad de piedra, incapaces de sospechar sus orígenes y su historia pasada.
Tampoco el superhombre será eterno. Existirá hasta el día en que una lluvia de meteoritos destruya su estación espacial.
Hemos dicho ya que los enigmas del `oráculo de Londres´ se prestan a múltiples interpretaciones. El destino de los hombres, según una de éstas interpretaciones, se cumpliría de tal ominosa manera, sólo y únicamente, en caso que éstos no rectifiquen su recalcitrante mentalidad capitalista, de irregulada industria, irregulada economía y cero solidaridad.

lunes, 30 de marzo de 2009

Verdades y mitos del Valle de Las Hamacas

(a Lena y Marzia)

Hago un ejercicio de concentración, para rememorar datos de Don Santiago Ibarberena, y me invade la mente una nebulosa que ensombrece mis sentidos, dejándome a merced de las tinieblas. Busco en la lista de las bibliotecas; he buscado en Internet, y obtengo idénticos resultados.

A pesar de la monumental obra a dos tomos: ”Historia de El Salvador” escrita por este humanista cuscatleco (Cuscatlán o Valle de las Hamacas), –primera mitad del siglo pasado–; hemos llegado a los albores de la segunda década post acuerdos de paz; nos adentramos a pleno siglo XXI, y Don Santiago Ibarberena, es todavía un ilustre desconocido en su propia tiera, en las aulas de Ciencias y Humanidades, en la red Internet, y en las bibliotecas del mundo.

La razón es controvertida, puesto que diecisiete años después, la potencialidad de los acuerdos de paz, apenas ha afectado -por no decir obviado totalmente-, la invalidez del sistema educativo vigente en el Pulgarcito de las Américas.

La causa, intuyo, es que don Santiago, fue un científico auténtico, a quien le tocó vivir la consolidación de un ambiente político hostil y autoritario, estilo y método de la clase política, en la que la labor científica es considerada subversiva, cuando no está bajo la tutela del establecimiento. Hablamos de una voluminosa obra maestra de historia natural y social, en la que Centroamérica y El Salvador son analizados desde el ángulo de sus épocas geológicas originarias, mediante un vigoroso método dialéctico, que oscila entre la generalidad de la geología universal, hasta la particularidad de la geología salvadoreña; y desde la particularidad de la socio-geografía salvadoreña, hasta la generalidad de su potencialidad histórica.

Una era antes de la última glaciación, los océanos se unían a nivel de lo que es hoy el istmo centroamericano. La gran cuenca del Golfo de México ya existía producto del impacto de un cometa gigantesco sucedido una era aún más temprana. La geografía de lo que es hoy, de Guatemala, a Panamá, se fue levantando, desde el fondo del mar, producto de la acción volcánica y del choque de la placa Cocos , sustrato del Océano Pacífico; y la placa Caribe, sustrato del Océano Atlántico.

Cuando las primeras migraciones asiáticas que pasaron el estrecho de Bering alcanzaron la región centroamericana, ésta era ya tierra de lagos, y volcanes activos. Una geografía altamente sísmica, pero suelos de gran fértilidad, entonces los indetenibles nómadas, encontraron suficientes razones para invitarse al sedentarismo, estableciéndose allí las primeras comunidades pre-nahuas.

Otro embrión de civilización, desarrollo de medios de producción y de arquitectura mesoamericana, surgió en la región sur del Golfo de México, unos mil años antes de nuestra era, bajo la influencia de una posible corriente trans oceánica, semítica, llegada a la costa del Tehuantepec, probablemente, naufragada: los pre Olmecas, constructores de pirámides circulares. Más tarde y por la misma influencia, dió origen al período pre Maya, poco más al sur este de la cuenca del golfo.

En los albores del primer milenio de nuestra era, florece el primer imperio Maya y se detecta el inicio de la cultura Tolteca, al noreste del Valle Central, del istmo de Tehuantepec.

Poco después del breve, pero colosal paso de los Toltecas por la historia; en el Valle Central, custodiadas por las crestas nevadas del Popocatépetl y el Ixtaccihuatl, las ciudades blanqueadas de Texcoco y Tlacopan embellecen las orillas del Lago de las Garzas y los Tulipanes.

En el siglo XI de nuestra era, arriban al Valle Central, los Tenochca, que serán el nucleo de los futuros mexica (aztecas), de los que, en los albores de su establecimiento, se desprende Topiltzín Atzitl, con sus huestes, hacia el sur oeste, por la costanera del Pacífico, fundando los núcleos pipiles, cuyo desarrollo resulta en cieta simbiosis Maya-Nahua, hasta más allá del valle Cuscatlán o Valle de las Hamacas, bautizado así por los antepasados de Atlacatl el viejo, debido a las consecuencias derivadas de estar situado en línea recta del choque principal de las grandes placas tectónicas que se dá, a la breve distancia de un centenar de kilómetros mar adentro de la costa del Océano Pacífico, hacia donde iluminó las erupciones del Izalco, las noches de los navegantes pre mochicas, en su ruta hacia El Perú.

Lejos quedaban ya los fundamentos de la futura Tenochtitlán, que los mexica construían sobre chinampas en el centro del lago del Valle Central, cuando allá en el corazón del istmo de volcanes humeantes, el consejo de brujos de los núcleos pipiles, descubrió que en el principio de los tiempos, la región en la que un día se establecerían los pueblos regidos por la estirpe Atonatl (*), era una región oscura, por lo que el Nahuaqui, con un sólo puntapié hizo levantarse al volcán Izalco, y colocó en su cúspide una antorcha encendida. El estruendo fue terrible, tal que Jaigua, la que acumula las nubes en el cielo, del puro susto lloró copiosamente durante cuarenta días con sus noches. El llanto de Jaigua se remansó en el cráter Coatepec, formando ahí un hermoso lago, Poco más al este de esa región, y siempre siguiendo la costanera del Pacífico, con otros golpes de su pie, fue el Nahuaqui levantando una cadena de volcanes. Jaigua volvió a llorar. Esta vez su llanto se remansó en el crater Ilopango, en el propio corazón del Valle Cuscatlán. El valle Cuscatlán fue dispuesto por Tloque Nahuaqui, el supremo hacedor, sobre un tejido de hamacas, para que los hombres y mujeres de la estirpe de Atlacatl, rindieran culto permanentemente a Tezcatlipoca, el señor del más allá y de las grandes cavernas subterráneas.


(*) Hay quien postula que Atlacatl como Atonatl no es una individualidad, sino una estirpe de gobernantes pipiles. Atonatl el joven, heredero de Atonatl el viejo, indignado porque sus combatientes retrocedían ante la caballería de Pedro de Alvarado; él mismo al frente de un puñado de valientes acometió, clavando con su lanza la pierna del conquistador a su caballo, en la memorable batalla de Tacutxcatl, a orillas del Zenzunapán.

viernes, 27 de marzo de 2009

Ostrero

Así como de Dios, igual que del amor, cada hombre necesita en la mente la prefigura de la muerte. Son iconos que toman forma en la infancia. Los niños perciben por primera vez, en algo, en alguna cosa cotidiana, la cercanía de Dios, del amor o de la muerte. Ese algo pasa a ser parte de la particular iconografía de cada quien, tan propia como pueden serlo las huellas digitales.

Para Cabrera Infante, la muerte era el asesino del tiempo. Para otros puede ser un relojero, una calavera o un esqueleto portador de una guadaña. Para no pocos grecos sigue siendo el rechoncho hermano gemelo de Eros (Anteros). Y se necesitaría un profundísimo psicoanálisis freudiano para aproximarse a discernir, el porqué para Rufino Sánchez, a pesar de ser un hombre de mar, la muerte era una señora alta que le servía una taza de café.

Como dormido, haciendo un arco con el cuerpo, con el vientre hacia arriba, brazos y piernas flácidos y hacia atrás, flotaba muy lentamente hacia la superficie Rufino Sánchez desde el fondo del mar. El agua agitaba del mismo modo que agita las algas, su melena india enrojecida por el yodo. De la muñeca izquierda, apulserado, colgaba un cincel; de la muñeca derecha un martillo de dos cabezas.

La suerte le llevó a emerger exactamente a un costado de ese especial vehículo flotante que construyen los ostreros del Puerto de la Libertad, para realizar su oficio: alrededor de una cámara inflada de esas que se utilizan al interior de las llantas de los vehículos, tejen con cuerdas una red en forma de zurrón que queda colgando bajo el hueco interior de la inflada circunferencia de la cámara. Con un objeto cualquiera, pesado y de metal, o con una piedra grande, atada al extremo de otra cuerda larga, proveen a esa peculiar nave de ancla.

Sobre esa peculiaridad ensamblada con sus propias manos, se tiran al mar tumbados de vientre, reman con las extremidades hasta colocarse frente al acantilado del zopilotero. Al pie del acantilado, a unos diez o quince metros de profundidad se tiende un arrecife sin nombre, cuya población de ostras parece inagotable.
Tiran el ancla y despúes de un breve encomendarse a Dios; se sumergen. En la diestra el martillo, en la siniestra el cincel, hasta el arrecife. Cincelan al tronco los mogotes de ostras. Ya despegadas de la roca, cogen un puñado de ellas entre los brazos y el pecho, regresan cuidando de emerger justo a la par de la cámara anclada. Utilizan el mismo ímpetu conque saltan a la superficie para depositar en el hueco de la cámara la brazada de ostras que quedan retenidas en el zurrón tejido de cuerdas. Se sujetan con un brazo de la cámara para tomar aliento. Aspiran otra bocanada de aire y así vuelven los ostreros una y otra vez a la carga hasta que el zurrón esté colmado, de modo tal que ese cargamento adquiera al menos el valor de un salario mínimo, puesto en el mercado.

Luego de un breve descanso, vuelven a echarse de bruces sobre su nave, para impulsarse de nuevo hasta la playa.

Más que la rentabilidad del oficio, a Rufino le atrapa la posibilidad de tocar con las manos el paisaje submarino. Privilegio de contadas almas capaces de contener la respiración, nadando bajo el agua, rangos de entre cinco y diez minutos. Hay casos místicos en ese gremio que alcanzan quince minutos de imersión o veinte. Son considerados semidioses. Donde quiera que van les envuelve una involuntaria áura de autoridad.

Nunca quiso Rufino colocarse a la altura de los místicos. Le bastaba su propia capacidad de permanecer cinco minutos bajo el agua, para ganarse la vida robándole ostras al arrecife.

El mar estaba sereno. Esto, le permitía atestiguar un paisaje submarino abigarradamente conmovedor.

Aspiró enorme bocanada de aire y se sumergió. Al instante estuvo frente a un mogote de ostras que crecía sobre la conjunción de tres rocas. Cinceló al tronco de la mejor manera que pudo. Al ceder el mogote, atrapó las ostras en un amoroso abrazo.
Las más de las veces el destino es un algo totalmente impredecible.
Quiso el destino que la cojuntura de esas tres rocas fuese un hueco en donde la cabeza del martillo apulserado en la diestra de Rufino, cazara, como en un rompecabezas con exactitud absoluta. Y quiso ese mismo destino que ya adentro del hueco formado por la conjunción de esas tres rocas enormes, la cabeza de ese martillo, virara hasta colocarse en posición transversal a la figura del hueco donde se había introducido.

Buscó Rufino apoyar los pies sobre algún punto del arrecife para facilitarse el impulso hacia la superficie. Fue en ese instante que sintió un algo que le sujetó el brazo derecho por la muñeca. Comprendió lo que pasaba. Las ostras estaban hermosas.La brazada había sido bien lograda. De modo pues que sin soltar su valiosa carga, se limitó a aliviar la tensión del brazo para que la doble cabeza del martillo se liberara de la trampa, con la misma facilidad con que había penetrado en ella. Creyendo la maniobra suficiente, volvió a iniciar la ascensión, pero la cabeza del martillo no salió. Historias parecidas había oído muchas en las reuniones del gremio; de modo que se permitió de nuevo la inflexión de, sin soltar su valioso cargamento, aliviar la tensión del brazo, procurando que la cabeza del martillo descendiese un tramo, se colocase en la posición correcta y pudiese liberarse. No hubo resultado! Volvió a intentarlo, una y otra vez, hasta que los violentos latidos del corazón le obligaran a soltar las ostras abrazadas. En ese mismo instante viniendo del fondo, apareció esa señora alta que traía a servir para él una humeante taza de café. La dama se detuvo en seco y regresó por el mismo camino que traía, cuando del brazo flácido, la cabeza del martillo se colocó en la posición correcta, salió de la trampa y Rufino comenzó a flotar hacia la superficie.

jueves, 26 de marzo de 2009

Una de piratas

El hundimiento de la fragata Mercedes y la captura de las naves que le acompañaban en 1804, quedó grabada para siempre en la historia, como un auténtico acto de piratería en perjuicio de España, por parte de la flota inglesa al mando del comodoro sir Graham Moore.

En honor a la verdad no se trató de una alevosa emboscada a traición. Se cumplió a cabalidad con el protocolo precombativo.

Con las popas vueltas hacia el cabo de Santa María (España), las naves inglesas se interpusieron en orden de batalla sobre la ruta de navegación de la escuadra española que venía del Perú, la cual se colocó ante su interceptor, también en orden de batalla. El comodoro Moore envió una lancha mensajera hacia la `Medea´, nave insignia española, para prevenir al comandante José Bustamante, que se disponía a cumplir órdenes de el gobierno de su Majestad Británica, de detener la escuadra bajo su mando y conducirla hacia puerto inglés.
Como no podía ser de otra manera, encendido de coraje ante la proximidad de las costas de su patria, Bustamante contestó que optaba por el combate para salvar el honor.

La batalla fue breve pero cruenta. Bastó media hora de intenso cañoneo para que la Mercedes, que además de caudales parecía conducir un enorme polvorín, se fuera a pique enmedio de una gran explosión, llevándose con ella hacia el fondo del mar, poco más del centenar y medio, de tripulación, artilleros, y pasajeros, entre éstos la esposa, ocho hijos, un sobrino, y cinco esclavos peruanos, del segundo al mando de la flota española, Diego de Alvear, quien subcomandaba el combate desde la `Medea´.

Hundida la Mercedes, rinden armas Bustamante y de Alvear ante el inglés, y los restos maltrechos de la flota son conducidos a puerto Inglés.
Estabilizada la situación post bélica, y conmovido el gobierno de su Majestad británica ante la tragedia que pesaba sobre las espaldas de su prisionero, segundo comandante, de Alvear, le prometió a éste una indemnización de docemil libras esterlinas, de las cuales luego de innumerables dilaciones en las que ya había anidado la desesperanza, se hicieron concretas únicamente seismil.

Por este acto de piratería, sir Graham Moore recibió de rey George III, los más altos reconocimientos correpondientes a su elevado rango.

Sin contar los caudales habidos en las otras tres naves de la flota vencida, sólo en la Mercedes, se transportaban quinientas mil monedas de oro y plata, equivalentes a cinco millones de pesos fuertes de la época.

Los bienes y valores que traían las bodegas de las naves españolas, provenían de otro y previo acto de piratería; no menos brutal del que éstas eran víctimas, aunque de métodos diferentes. Esta era una piratería permanente y sofisticada, bajo la administración de poderosas instituciones, a la que los reyes de España daban inocentes nombres como, juntas o consejos, de indias; encomiendas, o casas de contratación. Tan vasta sobre territorios y gentes que los monarcas se vieron obligados a organizar geográficamente tal piratería en virreinatos.

En `Albión´ los lores de la cámara alta ponían en juego al máximo sus capacidades intelectivas para elaborar refinadas justificaciones jurídicas a la captura y saqueo de naves españolas provenientes de América, que también se había hecho sistemático.
Y cuando las atribuladas mentes de legisladores y tribunales se veían carecer de la formulación precisa de la ley, apaciguaban sus conciencias diciendo para sus adentros: `ladrón que roba a ladrón, tiene derecho al perdón´.

Esta inconclusa saga bucanera dio continuidad el 18 de mayo de 2007, luego que una moderna nave cazadora de tesoros, estadounidense, descubriera y rescatara, frente a las costas del cabo Santa María, a doscientos metros de profundidad, las quinientas mil monedas de oro y plata que llevaba en sus bodegas la Mercedes ese fatídico cinco de octubre de 1804.

La empresa estadounidense que organizó y ejecutó la expedición hacia los restos del Mercedes, vindica para sí lo rescatado; a lo cual se opone el reino de España, bajo el alegato que el tesoro es parte de la real hacienda del Estado español.
El gobierno criollo del Perú reclama las quinientas mil monedas, bajo la argumentación que ese oro y esa plata fueron extraídos de minas ubicadas en un territorio que en esa época ya vindicaba independencia de España.
Los descendientes de los pasajeros de la Mercedes, sin embargo se declaran los legítimos herederos, puesto que esas monedas de oro y plata, dicen, representan el patrimonio acumulado por sus antepasados gachupines, durante largos y duros años dedicados a mantener encendida la luz de la cristiandad entre aquellos indios paganos, ingratos y levantiscos.

Los descendientes de aquellos pueblos originarios que fueron esclavizados y obligados a extraer el oro y la plata de su propia tierra para enviarla a España, no han presentado alguna reclamación o querella. Tal podría deberse a que en la conciencia de estas gentes aún subsiste la filosofía de que es un absurdo total, reclamar propiedad privada sobre los recursos ofrecidos a los hombres por la madre tierra.

Eso sí, los juristas del gobierno de su majestad británica han recibido instrucción para que en este litigio presenten demanda consistente en que del tesoro rescatado, le sean devueltas las seismil libras esterlinas, que en aquella época el gobierno de su majestad concedió a Diego de Alvear, segundo comandante de la flota española, en calidad de indemnización.

–Dad al bucanero lo que es del bucanero! –dice la ley del mar.
Y aconteció pues, que sumida en el letargo desde 1804 hasta 2007, hoy vuelve a recapitular, una de piratas.

Fuego en la sangre

“Fuego en la sangre” La madurez literaria de Guillermo Aguilar

En mayo, los cófrades marianos de Texacuangos, sacaban en procesión a la virgen. Y vista desde la altura de los adultos, la virgen era una bella dama de mirada melancólica. Pero desde ras del suelo, de donde la mirábamos los chiquillos, podíamos atestiguar las vergüenzas que escondía esa dama debajo de las enaguas. No eran siquiera humanas. Era un robusto y ordinario tocón de madera.

En ese desconcierto que Balzac llamó, comedia humana, enmedio de la cual, en El Salvador se inscribe la lucha popular, desde el ángulo que ven esta lucha los dirigentes históricos, igual que vista desde arriba la vírgen de los texacuangos, se aprecian épicos paisajes, que algunos han llegado a comparar con el de los Aqueos sitiando Ilion, la ciudad de los Teucros. Y sin embargo, vista, desde el ángulo que la ve Guillermo Aguilar, se es capaz de atestiguar las miserias y vergüenzas que se esconden debajo de los heróicos ropajes en que envuelven la lucha del pueblo salvadoreño, leyendas relatadas en sobreacicaladas autobiografías, dirigentes históricos, y apologetas de la política como oficio para ganarse el pan.

Como los organismos vivos, que se componen de mínimas células que le reproducen, todo cosmos se reproduce en los microcosmos que lo conforman.
Y en el desenredo de la madeja de la última de sus novelas cortas, “Fuego en la sangre”, Aguilar se muestra cauto. No intenta acometer integralmente la totalidad del inabarcable cosmos que es el drama político social salvadoreño. Opta por escoger uno de sus innumerables microcosmos, y se ocupa de diseccionarlo con su peculiar escalpelo literario. Un escalpelo que no se anda con medias tintas en sus tajos, y que hace caso omiso de la posibilidad de recurrir al uso de algún tipo de anestesia metafórica. Un escalpelo brutalmente realista, mas no por eso falto de elegancia literaria.

Los intersticios de ese microcosmos escogido por Guillermo Aguilar, que es el noviazgo de dos jóvenes pertenecientes a estratos sociales contrapuestos, son aprovechados con habilidad por el autor, para, igual que Dante Alhigieri a través de los infiernos, conducirnos a un fugaz recorrido por oscuros y clandestinos laberintos de la convulsionada sociedad salvadoreña, a la vez que reprimida con brutalidad por el establecimiento, alzada en desesperada lucha contra el opresor.

La armazón estructural de esta novela es monologal. Los protagonistas y el autor, dicen cada cual lo suyo en una sucesión de monólogos, que culminan en un muy bien logrado contrapunto literario.

Estructura y contenido, apartes, para que una obra escrita acceda a la categoría de buena literatura, hay un sólo camino. El de la eficacia y contundencia del lenguaje. Estas dos cualidades son las que en un texto atrapan al lector de manera que una vez abierto, el libro, y leído sus primeros párrafos, el dicho lector, si está en la biblioteca, se dirigirá inevitablemente al consabido trámite de préstamo para llevar el libro a casa y disfrutarlo con toda tranquilidad. Y si está en la librería, a lo mejor sacrificará este lector, ese día, una cena suculenta, optará quizás por una cena más económica y sencilla, con el propósito de ajustar los recursos monetarios a modo de poder cubrir el precio del libro, para, igualmente, llevarlo a casa.

En “Fuego en la sangre” se pone de manifiesto una eficacia y una contundencia, idiomáticas, que habían venido en franco proceso de maduración, según el mismo Guillermo Aguilar, en trabajos anteriores a esta novela, que por ello viene a marcarle la mayoría de edad como autor. En efecto, aquellos que le conocen y tratan en el ámbito de la ciudad de Västerås, Suecia, donde recide, al título de profesor de educación primaria, que se agenció en su tierra natral, le agregan ahora el título de escritor, concedido por aclamación del público lector aquí, en la tierra de adopción de este prolífico autor sueco salvadoreño, cuyas obras previas a “Fuego en la sangre”, son: El sapo frente al espejo; Los peces fuera del agua; La carta de un traidor; Auxilio; La palabra.

lunes, 16 de marzo de 2009

Trilogía en los senderos de Eduardo Carvajal

El auge experimentado por el texto ideológico político, sucedido en América Latina y Europa, como rebufo de la revolución cubana y fermentado por la guerra de Viet Nam, estuvo protagonizado por una intelectualidad de la que al entrar a los años ochenta del siglo pasado, la parte europea, cae en cierta crisis existencial, personalizada en Regis Debray y Louis Althusser.

Por el contrario, al sur del Río Bravo y a lo largo de la Cordillera de los Andes, la intelectualidad revolucionaria manifiesta un mayor y más radical involucramiento combativo. En consecuencia, los años setenta y ochenta son años de ardua lucha popular en América Latina.

El pulso parece, sin embargo, ganado por el establecimiento, pues a partir de la década de los noventa, y a punto de cumplirse la primera década del siglo XXI, contadas excepciones, los intelectuales revolucionarios, a ambos lados del Atlántico se debaten aún ante el dilema de ser o no ser, ante el derrumbe de la URSS, y desde que Deng Xiao Ping lanzara la consigna: `Enriquecerse es glorioso´.

Había una corriente en los años setenta -ochenta: la de los manuales y cuadernillos, que tenían como propósito, traducir el marxismo a un lenguaje asimilable para las masas de obreros, campesinos, y desclasados de América Latina.

Era la reedición de la epopeya de Prometeo: aventurarse hasta las regiones olímpicas, robar un poco de fuego y obsequiarlo a los simples mortales para liberarlos del frío y la miseria.
El viejo Lenín, se refería a los jóvenes que acometían esa ardua tarea en la Rusia helada e implacable del tiempo de los zares: `los estudiantes, juegan el papel de llevar briznas de materialismo dialéctico a los obreros. Con esas briznas los obreros harán la revolución´.

Los años setenta-ochenta en América Latina fueron cruentos, y en ese fragor, en que las fuerzas de la contrarevolución, derrocaban presidentes, aniquilaban pueblos, encarcelaban intelectuales, incendiaban imprentas y bibliotecas…, los manuales y cuadernillos de educación obrera, llegaron a desaparecer del panorama.

Pero los sistemas volcánicos generan erupciones o despiertan de su letargo allí donde menos se espera, y a la vuelta de treinta años después, que los cuadernillos de alfabetización de Paolo Freire y los cuadernos de educación política de Marta Harnecker, fuesen obligados a desaparecer, volvemos a redescubrir esa corriente perdida en ciudad Västerås, Suecia , en la suerte de tesis-ensayo en que un profano clasificaría el libro, “Cuadernos y senderos” cuyo autor, Eduardo Carvajal, viene de ser una de las innumerables víctimas de Augusto Pinochet.

Eduardo Carvajal, escritor autodidacta, obrero del pan, ex marinero y ex boxeador, si en su etapa formativa – se nos ocurre–, no tomó contacto con la escuela de Recabarren, seguramente fue por falta de oportunidad y no por deasaveniencias ideológicas irreconciliables

El sistema ideológico del materialismo dialéctico forma en Cuadernos y Senderos, de Eduardo Carvajal, una férrea trilogía con la Pedagogía del Oprimido, formulada por Paolo Freire, y la Teología de la Liberación.

En el fondo de todo esto, se manifiesta un drama de la vida real: el drama de la antorcha de Prometeo extraviada y reencontrada. El drama de la bandera roja olvidada en campos desolados por la desesperanza; enseña rescatada y vindicada por el ánimo de un viejo proletario que ha sobrevivido, despúes del genocidio y la diáspora, a la debacle del `socialismo real´, y a la crisis existencial del intelecto revolucionario.

La tarea es ardua, y no es para menos. Desde el punto de vista literario, la tesis-ensayo de Eduardo Carvajal es quijotesca: Don Quijote, reescribiendo los cuadernos de la trilogía que conmocionó hasta la esquizofrenia a las oligarquías criollas de América Latina y al imperio del norte en toda la segunda mitad del siglo XX: materialismo dialéctico, pedagogía del oprimido, teología de la liberación.

Este eterno Don Quijote del taller experimental de la literatura (Eduardo Carvajal) está convencido que esa trilogía, para él, bandera, antorcha, sendero, es necesaria, tiene plena vigencia para el siglo que recién comienza, que no debe de morir, antes bien tiene que ser fuego y alumbrar. Además, como los estudiantes, hay que llevar briznas hasta los obreros para protegerlos del frío espiritual. Para eso empeñará todas las energías que su octogenaria humanidad pueda tener en reserva y no escatimará sacrificio alguno en el fragor de la contienda. Caballo no le falta, aunque ya no es rocinante, sino de fierro, tres velocidades y herrumbrante. Su Dulcinea (la señora Graciela), le espera con paciencia, avistando el horizonte, a medida que se apaga el día.

Llega él hasta ella y se sienta a su lado. Invariablemente la conversación gira alrededor de los tiempos que se fueron. De cuando cruzando el Atlántico, desde su penoso peregrinar a través de América Latina, se establecieron en Norra Gryta. Ahí, Eduardo Carvajal, recomenzó la lucha; abandonaba la cama entre las sombras de la madrugada, salía a la calle, lanza en ristre, y regresaba acompañado por las sombras del atardecido. La señora Graciela, al verlo llegar después de cada jornada, escanciaba para él, un vaso de vino tinto para que restañase las heridas del combate cotidiano. Después le servía, la cena, y a él, igual de cuando en Chile, siempre le pareció que en el plato había comida y jazmines.


Epílogo
`Cuadernos y senderos´de Eduardo Carvajal, fue acogido con general entusiasmo y las inevitables envidias, por la intelectualidad hispanohablante de Västerås. Entre éstos ha circulado profusamente un sólo ejemplar en forma de manuscrito. En la peña `Poetas del Mälaren´ esta obra quijotesca es considerada ya un clásico de las letras hispanas que se cocinan localmente a fuego lento.
Poco más de una década hace que `Cuadernos y senderos´, luego de la enésima revisión, llevada a cabo por el mismo autor, está listo para la imprenta, y si estas manuscritas páginas aún no ha sido pasto de las rotativas, se debe, no a otra cosa que a la sospechosa dejadez de las casas editoras, fascinadas acaso por los cantos de sirena del neoliberalismo, o por el cuento falaz que la historia ha terminado.