viernes, 17 de abril de 2009

Canal de la Mona

Hubo un momento en que la conversación sostenida entre el capitán de navío al mando del guardacostas USA555, y el capitán mayor del puerto de Providenciales, se tornó áspera. No se ponían de acuerdo si los cinco naufragos de la “yola” de matrícula dominicana, rescatados a cuatrocientas millas al este de Puerto Rico, deberían ser entregados a la policía en calidad de presuntos asesinos, o al hospital en calidad de pacientes.

Los marineros del guardacosta los habían sorprendido al interior de la “yola” como posesos, o quizás drogados, indiferentes a los altavoces del guardacostas que les pedía identificarse. A los llamados que les hacían, respondían con incoherencias. Presentaban un extraño brillo en los ojos y devoraban el cadáver de un hombre, al que cortaban pequeños tajos con un cuchillo, que tragaban como se traga una píldora. Decían haber partido de la península de Sánchez, unos quince o veinte días atrás.
Poca cosa son para una embarcación de gran calado las 160 millas náuticas que hay entre República Dominicana y Puerto Rico, el Canal de la Mona; pero para una “yola” de ocho metros de eslora, construida artesanalmente de madera, para la pesca menor, significan una auténtica travesía.
Adaptar el depósito de combustible, el carburador, y el dispositivo lubricante de un motor fuera de borda para aumentar su rendimiento es una riesgosa tarea que debe encomendarse a manos expertas, pues se corre el riesgo de provocar permeabilidad en ciertos cierres. Sólo un experto puede descubrir tales averías, por demás irreparables. En esos casos, después de cierta distancia recorrida, se produce la humedad de la bujía, lo cual, en alta mar, es sinónimo de fatalidad.
La operación de potenciar un motor interesa esclusivamente a narcotraficantes y contrabandistas, que tienen como objetivo la Florida.
Los pescadores artesanales en cuyo camino se atraviesa la oportunidad de adquirir un motor fuera de borda, no lo piensan dos veces. Esto les alivia enormemente el esfuerzo físico que significa remar, las más de las veces, días o noches enteras.
Cuando aquellos incurren en errores de inpermeabilidad en el intento de multiplicar la potencia de un motor, solucionan el entuerto vendiéndolo a precio muy cómodo al primer pescador interesado. Tienen la delicadeza de no develar la verdadera causa que está detrás de tan generosa venta.
El capitán pescador, Ortiz, invirtió los ahorros de su vida para adquirir dos motores de segunda mano, casi nuevos, que colocó en la popa de la “golondrina”. La intención no era, sin embargo, utilizarlos en la pesca. El oficio de pescador es improductivo desde que el gobierno permite a pesqueros transnacionales faenar las mismas aguas que los artesanos locales. Los transnacionales son como tiburones. Se hartan hasta agotar los caladeros. Luego se van al otro lado del mundo para regresar exactamente cuando los cardúmenes se han medio regenerado. Ùltimamente, incluso ellos levan sus redes vacías. Los venenos de la industria vertidos al mar y el cambio climático, también hacen lo suyo.
Onorio Nemesio había llegado a Saná en busca de una señal. Junto con Justino y Cristóbal, hermanos suyos, significan la manutención de una tribu de tres mujeres, siete críos y dos abuelos. Antes que los caladeros se agotaran llevaban una vida normal. Hoy los críos lloran de hambre en la aldea. Se hacen a la mar los tres hermanos, tiran las redes hasta por dos meses, y regresan con las manos vacías.
–El rastro, señala claramente hacia Saná.
Era un rastro de sangre que manaba del pescuezo de una gallina negra degollada.
–Allí encontrarás la señal que tiene para tí Oriba –Había dicho en su trance a Nemesio, la negra Chabuca, en la culminación del oficio adivinatorio. Oriba la que jalona de señales el destino de los hombres desesperados.
–Y si ya no te dedicarás a la pesca, porqué le pones motores a la “Golondrina”? –preguntó a Ortiz, Nemesio.
–Me dedicaré a conducir a soñadores como tú hacia el sueño americano –contestó el capitán pescador.
Donde antes colocaba las redes vacías o con lo pescado, aseguraba Ortiz con grades clavos al interior de la “Golondrina”, tablones atravesados a manera de asientos. Señaló hacia la proa y dijo a su interlocutor: –mira, en el asiento delantero hay lugar para tí y tus dos hermanos. Vale mil ochocientos dolares!–, y le dio la fecha de partida.
–A la Florida?
–Bueno, no exactamente! Sólo a la otra orilla de La Mona. Recuerda que Puerto Rico ya es la puntica del sueño americano, coño! Es ahí donde se comienza a ganar dólares!
Percibida la señal de Oriba, volvió Onorio Nemesio con intención de hipotecar su casa. Lo hizo; reunió mil ochocientos dólares. Era poco más de lo que él, solo, podía ganar en un año. Regresó con sus dos hermanos la fecha convenida a Saná, donde Ortiz.
Un pasajero en cada uno de sus treintisiete asientos, se hizo a la mar la “Golondrina” el siete de octubre. Apenas aperaban alimentos y agua. Atravesar La Mona con dos motores fuera de borda es cosa de dos o tres días a lo sumo.
Estropeado el segundo motor, nueve de octubre, la angustia que invadió a capitán y pasajeros fue menor que cuando se estropeó el primero, porque en lontananza se avistaba un enorme navío que venía, por el occidente hacia ellos.
En las leyes no escritas del mar, hay la que obliga que todo navegante se detenga a socorrer a quien necesita. Pero también están las leyes de la guerra que condenan al fracaso a toda fuerza bélica que en lugar de combatir se ocupa de labores humanitarias. El gigantesco portaaviones se dirigía hacia el Golfo Pérsico por la ruta de Suez. Los marines gritaron algo desde cubierta, a la par que se levantaba una enorme ola al pasar la colosal nave rozando a la “Golondrina”, que sin motores, ya no era gobernada por el capitán Ortiz, sino por el azar, el único que impidió se fuera a pique, y derivó como succionada por la estela del portaaviones, hacia el Atlántico.

miércoles, 15 de abril de 2009

Caso fortuito

Con lágrimas sobre ambas mejías vio Giácomo de espaldas a su padre perdiéndose a lo largo del pasillo que de las celdas del pabellón número uno conduce a la salida del cuartel de policía. Le atrapa la ansiedad siempre que se separan; y sin embargo el llanto era un error de la mente. Inmediatamente sacó un pañuelo y se secó las lágrimas –Que vergüenza si él me viera llorando! –reparó.

El pabellón uno aloja a los detenidos de casos muy graves. Ahí no se permiten visitas familiares, pero su padre es influyente.
En esa conversación, tuvo Giácomo la sensación que aún en la cárcel, se es capaz de tener el mundo en las manos. Tal la seguridad que su progenitor le transmite; no solo ahí, sino siempre.

Para las chicas Giácomo es un italianito, alto, blanco, poseedor del perfil de un dios romano y la musculatura de un gladiador. Experto en artes marciales, en armas de todo tipo y técnicas de comando; mas cuando las circunstancias lo separan mucho tiempo de su padre, le invade cierta invalidez y horfandad.

Los noticieros de la sección judicial sugirieron que lo menos que podría pasar entre rejas eran quince o veinte años. Su padre dijo: –Estúpidos! Si todo marcha como debiere, ni siquiera llegarás a juicio!

Si él lo decía, no había duda. Así tendría que ser!

Solo, de nuevo, sobre esa seguridad paterna le vino la nostalgia del tiempo aquél, relativamente lejano, de la mano de papá, persiguiendo y destruyendo canallas en la pantalla de la consola de video. Recordó la primera pistola que éste le compró. No era un arma de fuego propiamente, sino de aire comprimido; solamente para intimidar a los bribones que en la escuela le acosaban. –Y si llego a matar alguno? –había preguntado–. Matálo! Yo lo pago! –contestó con tajancia el autor de sus días. Enternecido volvió a llorar, pero al recuerdo paterno, volvió a secarse las lágrimas.
Ni siquiera Zulma, su novia, le daba nunca la tranquilidad que su padre le transmitía; así que no la echó mucho de menos cuando éste, durante la visita dijo que ella pretextó no se que cosa, para no acompañarlo.

El Chino Choi (en realidad coreano), su maestro de artes marciales y técnicas comando, repetía a sus alumnos: –hay que meditar el error y su contexto, en absoluto silencio, para evitar volver a cometerlo.

En la soledad de la celda, se colocó en posición de flor de loto y volvió a repasar mentalmente lo acontecido.

”En ese momento mi objetivo era Zulma. Zulma me enardece, no porque la ame demasiado, sino porque menosprecia mis cualidades. No se inmuta lo mínimo cuando le digo que me entreno para ir, lejos de ella, a Irak. A exponer la vida. A combatir el terrorismo…? A ganar buen sueldo…? Qué se yó! A ser yó! A poner en práctica todo lo que he entrenado! A probarme si soy o no soy! A demostrar que soy capaz de ir mucho más allá de la agencia de seguridad de mi padre…
Desde luego que no me dirigía a mi objetivo (Zulma), a matar. No soy un asesino. Sólo quería asustarla. Que comprobara ella misma lo que es mi alta preparación combativa. Revisé el patrón de la pistola. Estaba completo. Quité el seguro y alcé el martillo. El método operativo requiere tomar contacto con el objetivo. Tomé el celular con la mano izquierda, el volante con la mano derecha y pisé el acelerador.
Causa de cierto efecto óptico de los anabolizantes, el teclado del celular resulta inadecuado para mi enfoque visual. Tampoco necesito anteojos. No hay nada más ridículo que un combatiente con anteojos! Basta tender mi brazo todo lo largo y regular el flujo de luz a las pupilas para visualizarlo claramente. Con el brazo tendido, envuelvo el aparatito con los dedos en la palma de la mano, entrecierro los ojos y pulso las teclas con el pulgar. La operatividad combativa no consiste en que el procedimiento sea sencillo, sino en que sea eficaz. Todo lo hacía correctamente. La eficacia estaba de mi parte. El error estuvo en esa niña tonta que atravesaba la calle sin calcular la velocidad con que yo circulaba. Pisé el freno hasta el fondo a riesgo de volcar. Si la chica hubiese saltado ágilmente hacia adelante en vez de paralizarse! Porqué no saltó…? Qué se lo impidió…? En sentido contrario no circulaba algún otro vehículo!

No quise detenerme a ver lo que había ocurrido. No servía de nada. En tales casos es preferible que actúen los cuerpos de socorro. Un atropellado arriesga más la vida si se lleva al hospital en el inadecuado interior de un vehículo particular!

Además, yo necesitaba continuar hacia mi objetivo a toda costa. Si se abandona el objetivo focalizado, aún en el supuesto marco del entrenamientó, no se es combatiente.

A ese idiota que se dio a perseguirme, que en el semáforo logró bloquearme, me limité a obligarlo que visualizara el cañón de la Colt 45, de frente. Para asustarlo!
La Colt estaba sin seguro y amartillada. La masividad de la adrenalina en mi torrente sanguíneo, aceleró el pulso de mi dedo índice. No es culpa mía que el disparador de la Colt sea demasiado sensible! Yo no quería matarlo! Fue un caso fortuito”.

martes, 14 de abril de 2009

Filme

Visto desde un ángulo analítico y no desde la vulgar sorna, descubriríamos que la personalidad del individuo homosexual, puede ser tan vasta y diversa como la personalidad del heterosexual. En los entornos machistas por ejemplo, el más macho de todos, cuando queda al desnudo, como caracol sin concha, suele ser homosexual.

La historia a que asistimos es la de un intelectual pequeño burgués, cuarentón que peina canas, para nada afeminado. Se autodefine experto en lengua hispana. Ha vivido mucho tiempo autexiliado en el extranjero. Al morir el último de sus parientes (su hermana), regresa a Medellín, con el premeditado objetivo de buscar morir, ahí donde la muerte prematura es industria floreciente, despilfarrando la cuantiosa fortuna que le ha dejado en calidad de herencia, la difunta.

A su regreso, le da la bienvenida el único amigo que le queda, un viejo compañero de andanzas, en cuya suntuosa morada no se mira una mujer, y quien ahí se adentra, descubre un perpetuo aquelarre sodomita.
Como muestra de aprecio, el amigo presenta al recién llegado a Alexis. Un espigado mancebo cuyo labio superior comienza a pintar bozo, y quien quizá por su carácter temperamental y solitario, igual que el recién llegado, congenia de inmediato y se hacen amantes.

A pesar de su juventud, Alexis es de temer hasta por el más pintado gánster. Donde pone el ojo pone la bala. Por muy escandaloso que sea el alboroto; o nutrido sea el grupo, que tenga que enfrentar, con pasmosa sangre fría echa mano a su Beretta semiautomática, cañón largo, nueve milímetros. Después, mientras se aleja del lugar saltando sobre cuerpos caídos, sonríe con la inocencia de un crío. Más tarde, para mantener la conciencia apaciguada, como muchos otros chicos de la misma vida que él, irá a prender veladoras a la vírgen en la catedral. A la virgen se perfuma el ambiente, no con incienso, sino con humo de basuco y mariguana.

Los enfrentamientos de Alexis suceden con harta frecuencia. Es mucha la gente que no lo quieren vivo.

La historia antecedente desde luego es cinematográfica, y sin embargo, basada en hechos reales. Críos como Alexis mueren a diario y enseguida vuelven a nacer, sobre la ruta de la cocaina hacia el mayor demandante de drogas con la más vasta capacidad de pago, que haya existido jamás (el asunto es que las drogas ilegales ya no sólo son demandadas por bohemios, o capas marginadas; hoy día hasta banqueros, empresarios y altos funcionarios políticos demanda drogas para poder funcionar).

Volvamos a nuestra historia.
El amante de Alexis, en materia filosófica practica una suerte de maltusianismo cínico. Añora el Medellín de su infancia; de cuando era más valle que ciudad, porque eran pocos los habitantes, socialmente más equilibrados. Odia a los pobres por su capacidad de multiplicarse. Multiplican con ellos la pobreza. Justifica el homosexualismo como una detente al crecimiento poblacional. Tampoco carece de sentimientos. Se le acerca una indigente con un crío de brazos y otro que apenas camina. Le pide una limosna.
–Porqué no pedís a quien te preñó? –le pregunta.
–Hijo de puta! –replica la pordiosera.
Conmovido él, se vuelve y le dá dinero.

En otra escena, sin que le pida, se acerca a dar dinero a un pequeñuelo que esnifa pegamento, o quizá thiner, como droga contra el hambre, sólo para contemplar de cerca esos ojillos que le mirarán `desde el fondo del infierno´.

Su experticia en lengua hispana le sirve para subyugar la voluntad de su joven pareja. Le dice: –No mates Alexis! Yo estoy en contra de toda violencia!
Pero a la vez le provee de balas, decursa un discurso y muestra actitudes que incitan a Alexis a matar. Vagan sin rumbo por la ciudad. El tipo provoca altercados con transeuntes o taxistas con su verbo punzante; y Alexis va convirtiendo en cadáver a quien o quienes reaccionan amenazantes.

Un perro con las patas quebradas intenta salir del río hediondo. –Matálo –dice.
Alexis lastimero, contesta: –No! No puedo!
El experto en lengua hispana, coge la pistola y mata al perro. Luego hastiado, endilga la pistola hacia él mismo. Asustado, Alexis trata de arrebatarle la pistola. La pistola cae al agua y se pierde. Este entuerto resulta letal cuando se ven sorprendidos bajo el fuego de uno más de los grupos enemigos de Alexis.

Pasado el ceremonial luctuoso y las borracheras de rigor; vuelve nuestro amigo a las andadas. Seduce a otro muchacho que parece un calco del ya occiso. También él camina a la par suya y va dejando un reguero de muertos producto de sus provocaciones. Es el matador de Alexis, le revelan. –Porqué lo mataste? –le pregunta.
–Porque mató a mi hermano! –responde.
Se da cuenta que lo apasiona tanto como el otro. Ya no quiere morir en la mortal trampa por él mismo escogida: Medellín. –Nos iremos al extranjero –le dice.
–Esperáme aquí –responde el chico– solo voy a llevar la nevera que compraste para mi madre.
–Te espero –dice el experto en lengua hispana.

La espera es vana, el chico amanece en la morgue. El nostálgico cuarentón se dispone a iniciar un nuevo período de luto.

Esta cinta colombiana se titula `La virgen de los sicarios´; pero viéndolo bien, los chicos protagonistas del filme no son sicarios propiamente dichos, a lo mejor podrían catalogarse como aprendices. El sicariato, en la ruta de la cocaina, a estas alturas de la historia es una profesión, que a pesar de la semiclandestinidad en que se mueve, ha alcanzado un respetable estatus económico y social. Ya no actúan en solitario o en pequeños grupos, ni son muertos de hambre. Son tropas especiales de ejércitos tan vastos y tecnificados, que se preparan para asaltar el poder del Estado. Por hoy, sus frentes de mayor envergadura se sitúan en las dos puntas que tiene la susodicha ruta.

jueves, 9 de abril de 2009

La dureza de la ley

El gato, junto con el núcleo duro de su clica (pandilla), en fase de instrucción ingresaron al penal de oriente, imputados por la muerte de Boanerges Mora, vigilante raso del penal de Ciudad Tonaca; y veinte homicidios más. A Boanerges le dieron de balazos en la puerta de su casa. La señora Licha reconoció a los asesinos de su hijo, y se dispuso a servir de testigo. –Y cómo no los voy a reconocer, si los he visto crecer desde chiquitos? –dijo ante el juez.

–Le dimos (lo matamos), por órdenes de `la voz´, porque no agarraba la onda (no colaboraba), –dijo el gato, ya ingresado, a Concho, lider de una clica hermana.

–`Testigo criteriado´ es un genial descubrimiento jurídico, capaz de una segunda oportunidad para cualquiera! Puede darte medidas sustitutivas, incluso libertad condicional! –dijo el licenciado Arrieta a Wendy Chinchilla, mientras se vestían después del amor–. Según la ley, testigo criteriado es aquél al que a cambio de información útil, se le atenúa la pena por un delito cometido –agregó.

Ella tomó el dinero ofrecido por Arrieta, y sin contarlo lo guardó entre el sostén y los senos. Confiaba en que siempre le daba suficiente.

Ya habían dos testigos contra el gato. El otro era Wendy Chinchilla. Estaba harta de esa vida. Se disponía atestiguar sobre los hechos en que participó con la clica y emigrar a Estados Unidos.

El juez quinto de instrucción ofreció protección a ambos testigos. Wendy aceptó y la llevaron a vivir a una casa, desconocida para Arrieta, arrendada por la policía en el occidente del país. La señora Licha no aceptó. –Quién le va dar de comer a mi familia? –preguntó al juez.
El juez no contestó.

En el penal, a una señal del gato acudió el vigilante al punto de contacto secreto. –Preparame el celular, –le dijo, y le extendió seis dólares.

El vigilante entró al baño, le cambió chip a su celular, después lo puso a cargar en la oficina.

Cambiar el chip a un celular equivale a cambiar de identidad, entrar al anonimato, a la clandestinidad.

–De quién es ese celular? –preguntó el jefe.
–Mío! –dijo el vigilante, y tendió, con disimulo cinco dólares al jefe (obsérvese: el 83.3 % es para el jefe). .

Primero, se comunicó el gato con el chino, hasta Ciudad Tonaca. –Procedan con el testículo (testigo), –le dijo.
Luego se comunicó con el licenciado Arrieta: –necesito la ubicación del testigo criteriado. –Información clasificada–, contestó el licenciado.
–En cuánto está valorada? –preguntó el gato.
–No menos de diezmil, –contestó Arrieta.

Volvió el gato a marcar el número del chino. –Pasen la balanza (extorsionar), en el barrio Calvario, y le entregan diezmil al licenciado, –le volvió a decir.

Pasaron la balanza a todos los comerciantes del barrio Calvario y entregaron diezmil dólares al licenciado. Este se comunicó con el comisionado protector de testigos. Comisionado: –le atenderé en la otra línea. Entró al baño, le cambió chip a su celular. Volvió a sonar el aparatito. Arrieta explicó lo suyo.
–Información clasificada, –contestó el comisionado.
–Lo se, –replicó Arrieta– ofrezco cincomil.
–Bueno, entonces venga a mi oficina y arreglemos.

Conferenció con Arrieta el chino y entró en acción, era su oportunidad para subir de rango. Convocó al resto de la clica, y aguardaron toda la noche fumando crac. Al amanecer, movilizados en un vehículo de cuatro puertas, encontraron a la señora Licha barriendo el andén de su casa. –Aquí tenés por soplona! Vieja cabrona! –le gritaron mientras le disparaban a la cabeza. Desaparecieron sin dejar algún rastro detectable, según la policía.
Se dirigieron hacia occidente.

Dos matutinos dieron las noticias, sin sugerir vinculación entre ellas: el asesinato de la señora Licha, y la muerte violenta de Wendy Chinchilla, quien antes fue violada con un palo, en el occidente del país.

Sonó el celular del juez quinto de instrucción. Contestó y oyó `la voz´. –Le atenderé en la otra línea, –dijo el juez. Entró al baño y cambió el chip..

Al reanudarse el contacto dijo `la voz´: –deseo hablarle del caso `gato´; como usted sabe, implica diez personas.
–Dígame.
–Entiendo que es un caso sin testigos.
–Así es la nueva configuración de caso. En qué le puedo servir?
–Mi empresa registra pérdidas por la detención de esos empleados míos. Pido nada más se actúe en apego a la ley. Procede sobreseer.
–Eso depende del criterio del juez ejecutor, es decir, mi persona.
–Entiendo, por eso solicito de usted un criterio en consecuencia.
–Esa encomienda no la puede atender un juez, pero la puede atender un abogado particular. El abogado atiende en base a costos procesales y honorarios, no así un juez.
–De acuerdo, por eso enviaré a mi apoderado (Arrieta), a su bufete particular, con el poder de cubrir costos y honorarios.
–De acuerdo! Espero! Hasta luego!
–Hasta luego!

El día de la vista preliminar, se sabía que los testigos del caso ya no pertenecían a este mundo; y sin embargo el juez instructor echó a andar rigurosamente los plazos perentorios de ley, luego de lo cual hizo sonar el mazo contra la madera de la mesa para ratificar el sobreseimiento de los imputados, dada la ausencia de testigos.

Culpables de veinte homicidios. Almenos tres cadenas perpetuas, era la posición de la fiscalía.

Por terrible que sea la conducta de los hombres, siempre tienen un dios a quien orar. Al escuchar la sentencia, los imputados cayeron de hinojos en actitud de oración ante las cámaras de los reporteros de prensa.

Los parientes de las víctimas rompieron a llorar.
El llanto de los ofendidos conmovió al licenciado Arrieta de tal manera, que se puso de puntillas enmedio de la sala y dijo en voz alta para que todos oyeran: –señores! La ley es dura; pero es la ley!

miércoles, 8 de abril de 2009

La factura

Llegado el tiempo de las mayores cotas de produccción agropecuaria, y los silos y almacenes del mundo entero colmando hasta los bordes; entre las capas pobres de la población cundían revueltas y alzamientos a causa que no había suficiente que comer, y el agua potable era cada vez más inalcanzable.
El hambre y la sed, se hacían acompañar de todo tipo de dolencias y enfermedades inocuas para los estratos altos, pero mortales para los hambrientos y desnutridos.
El drama de la exacervada virulencia de los motines populares conmovió a los dirigentes de los ocho países más ricos del mundo, por lo que decidieron darse cita en un idílico rincón del imperio del sol naciente.
Se agregarían a las deliberaciones, las enigmáticas causas que yacen detrás de la destrucción de la naturaleza; la debacle que significa el encarecimiento de los derivados del petróleo.
Y por supuesto, como siempre, los grandes dirigentes aprovecharían la ocasión para el feliz finiquito de ciertos negocios que sólo pueden tratarse de tú a tú; asegurarse que los capitales acumulados duerman el inocente sueño de los paraísos fiscales; y que los exóticos tribunales internacionales se entretengan persiguiendo dictadorzuelos alrededor del mundo.
Llegaron a la cita de noche, con el objeto de comenzar el cónclave de tres días, temprano del día siguiente.
En cuanto el sol comenzó a sobresalir por la tenue línea del horizonte, los mandatarios abandonaron sus lechos, y luego de sus abluciones salieron a los jardines del espléndido alojamiento que les albergaba para disfrutar el paisaje matutino ofrecido por Tayako.
Estallaban los arbóreos ramajes en sonrosadas inflorescencias, y una caótica pero sublime sinfonía de pájaros acompañaba el discreto rumor de las abejorros que acudían puntualmente a la fecundación de los cerezos.
Besaba los límites del jardín un silencioso lago artificial, cuyas quietas aguas apenas eran rasgadas por una bandada de cisnes que parecían nadar al ritmo de las notas de un prodigioso violín que se escuchaba desde algún lugar etéreo de la lejanía.
A su regreso del paseo matinal, los poderosos líderes no se detuvieron en la sala de estar. El noticiero transmitido en televisor ahí colocado, daba cuenta del último de los cayucos que huían del hambre subsahariana, llegado a la costa de Almería, repleto de cadáveres y semicadáveres de hombres mujeres y niños. Eran escenas capaces de estropear el apetito a cualquiera.
Así pues que se dirigieron directamente al comedor en donde ya estaba tendida la mantelería sobre la mesa, y un pequeño pero eficaz ejército de jóvenes de ambos sexos, bellos y graciosos en completo silencio y con porte marcial les esperaba en perfecta formación, listos para colocar ágilmente sobre la mesa los manjares del desayuno.
Un vaso de zumo de cítricos cultivados en las estribaciones del monte Fuji, estaba colocado frente a cada asiento sobre las mesas largas, en número de cuatro dispuestas en cuadrángulo. Y mientras los ilustres comensales bebían a pausas y cuchicheaban con sus vecinos, silenciosamente los servidores ponían a su disposición pastelitos elaborados con harina de patatas frescas (traídas de Suecia, exprofeso). Los pastelitos estaban rellenos de caviar de esturiones de la península de Kamchatka. Servían mitades de tomates israelíes gratinadas al horno con polvo de pan francés y aceite de oliva virgen. Burbujas de zumo de remolachas con grosellas de Los Pirineos. Pastel tropical de queso con salsa de fruta de la pasión. Crème brulée de mango y mousse de plátano. Mitades de aguacates brasileños rellenos con crema de cantarellas y huevas de truchas del Canadá. Pan de calabacitas. Pastel de tres leches. Queso de almendras. Perritos calientes de carne de avestruz. Deditos de queso de los Alpes rellenos con jamón ibérico. Arepitas enrrolladas con huevos de faisán y carne de cerdo de la China. Tostadas francesas con miel de abejas bretonas. Patatas rellenas con paté de hígado de ternera y chorreadas con crema de champiñones….
Algunos de los mandatarios de los ocho países más poderosos del mundo bebieron té lanqués para culminar el desayuno; otros decidieron rematar con el aromático café salvaje de las montañas de la Abisinia.
Plenos, los magníficos comensales se dirigieron a los lavabos, y luego de sus abluciones pasaron al salón para dar inicio a la primera de las sesiones, objeto de la magna cita.
Dos horas más tarde sobrevino la obligada pausa de la merienda. Los atentos servidores iban y venían sirviendo, hilos de caramelo de aceite. Pastel de chocolate sin harina con coulis de frambuesa. Profiteroles Rellenos de Helado de vanilla cubiertos con salsa tibia de chocolate. Pastel de chocolate lava y helado de vainilla con nueces y pistacho. Cubiertos de calabaza. Manzanas encamisadas con ambrosía de polen de flores montañesas. Empanadas de vino o cerveza. Gelatina de durazno. Gelatina de piña. Gelatina de mango y manzana. Leche envinada. Leche quemada. Jalea de higo. Pastel volteado de piña. Rollos de guayaba … Y más café salvaje de las montañas abisinas; luego de lo cual se reanudaron las deliberaciones.
De este modo, alternado caminatas entre los cerezos en flor, sentadas en el comedor, y sentadas en el salón de sesiones se debatieron los problemas más acuciantes y críticos del planeta Tierra, que como cangrejos indóciles amenazan constantemente a escapar del recipiente en que están contenidos por la férrea voluntad de los más poderosos líderes mundiales.
Al final del tercer y último día de arduas deliberaciones, completamente agotados, al borde de la extenuación, decidieron los grandes dirigentes, recurrir al inextimable auxilio del cocinero Katushiro Namakura, para reponer drásticamente las energías gastadas en el supremo esfuerzo.
Así pues, que a la hora de la cena de esa última jornada de sesiones, el ilustre cocinero japonés inauguraba una ceremonia gastronómica propia del Olimpo.
Se abrió paso a un profuso desfile de aperitivos… Aceitunas aliñadas, bacalao deshebrado, anchoas con queso, boquerones en vinagre, cecina de león al aceite de piñones, croquetas de cigalas, mejillones en vinagre, champiñones al ajillo, mojamas con almendras y cebollas… Habían cinco generosas alternativas para rociar estos pequeños bocadillos…: Chivas Regal, Jack Daniels, Bourbon Four Roses, Ballantinés, y Sake proveniente de las bodegas imperiales…
Vinieron las entradas.
Adafina de dos carnes, albóndigas de manitas en salsa de trufas negras, caldereta de bonito, caracoles con ortigas, cazuela de verdinas con pato, solomillo de buey con setas y verduras, coliflor con bacalao, fabes con almejas, fabes con rabo de buey…
Hasta que por fin, los platos fuertes! Con lo cual se aconsejaron los vinos apropiados.
Château Lafitte, 1950. Château d’Yquem, 1955. Penfolds Grange Hermitage, 1960. Heval Blanc, 1960. Château Mouton-Rothschild, 1962. Inglenook Cabernet Sauvignon Napa Valley, 1964. Montrachet Domaine de la Romanée Conti, 1970. Romanée Conti, 1971. Romanée Conti, 1970. Chateau Petrus, 1972…
Fueron servidos ánades en pétalos de rosa; flor de calabacín rellena de salmón con sus huevas en crema agria; tournedós de cordero en milhojas de manzana; anguilas ahumadas en mostaza añeja y pistachos verdes; hígados grasos de ganso (foie gras) a la cebolla; paté de riñones y mollejas de cordero con guisantes; pato a la menta relleno de morcilla; langosta al chocolate y salsa de trufas blancas; pescado en salsa de mostaza; bistek a la romana en estofado de trufas negras; tortitas de papas con tocino; Lechón horneado en salsa de tomates; pastel de neonato de res en escabeche de ajo; molletes rellenos con puré de güicoy; coliflor al gratín; tomates rellenos con mozarella de leche de búfala…
En las olímpicas alturas, como el arma nuclear, o la informática, la gastronomía pertenece al culmen de la ciencia, la técnica y de las artes. Cada banquete es la apoteosis fugaz del disfrute, el placer del estómago, del poder y la política; de la concupiscencia de la economía. La evolución de la etiqueta. A ésta se debe el abandono del talante de Pantagruel, de permitirse encambio el consejo de Epicuro, para que no haya necesidad de recurrir a la antiestética de los vomitivos, como se estilaba en el imperio de los césares.
A diferencia de aquella época, hoy día el disfrute de un banquete a la altura de los estados más poderosos de la Tierra, tiene sus secretos. Más que comer se busca paladear lentamente cortada en finos retazos la brevedad de la parte esencial de cada manjar, y deglutir pausadamente esa parte esencial de manera que se deposite cuidadosa y ordenadamente, en un asimismo breve lugar de el saco estomacal, porque el arte consiste en, sin perderse uno sólo de los platos servidos, llegar indemne al feliz momento de los postres, los vinos y licores digestivos. Los comensales más poderosos del planeta conocen el secreto. Tienen harta experiencia. Hartas horas de vuelo en el dominio de este arte, y por eso trinchan y cortan cuidadosamente cada bocado, se lo llevan con absoluta delicadeza, cualquiera diría, ceremonialmente, a la boca, mastican místicamente y cruzan, mientras entornan los ojos, alguna leve frase con sus vecinos, a uno u otro lado del asiento, sobre un tema cualquiera, antes de pasar a la próxima vianda, haciendo a un lado el plato ya degustado, imperceptiblemente vacío, del cual han tomado con toda la etiqueta posible, estrictamente, aquella parte esencial.
Se dio paso a los postres.
Pastel de chocolate sin harina y coulis de frambuesa; pastel tropical de queso con salsa de fruta de la pasión; profiteroles rellenos de Helado de vanilla cubiertos con salsa tibia de chocolate; pastel de chocolate lava y helado de vainilla; crème brulée de mango; mousse de plátano y helado de nuez… A cada uno de éstos, tal y como lo demandan los reglamentos de la etiqueta y la alta gastronomía, corresponde un particular digestivo… Grand Marnie; Martell; Sambuca Nero; Baileys; Frangelico; C. de Mendoza; Gran Duque de Alba; Hennessy XO; Hennessy Paradis; Don Julio Real; Drambuie; Amaretto; Calvados Pays d’Auge…
El punto final fue elegible. Se podía poner tanto con el ambarino aroma de el té de las llanuras de Bengala, o con el negro café de las montañas del Yemén. Luego de los consabidos besos y abrazos, el cónclave de los mandatarios más poderosos del mundo y sus contados invitados llegó al final.
En realidad, el verdadero acto final sucede ante las cámaras y micrófonos de los medios de prensa y televisión.
Llegó entonces el momento de frente al nutrido y ansioso grupo de periodistas, declarar que no hubieron acuerdos, sólo recomendaciones.
Se recomendaba no dar crédito a la especie de que es la especulación financiera la causante de la crisis y de la carestía de los combustibles y de los alimentos. Por alguna razón que escapa a la comprensión humana, las verdaderas de estas causas, se mantienen aún en la categoría de lo enigmático e irreconocible.
En cuanto al medio ambiente, se dijo, sería inoficioso impulsar alguna medida concreta, pues no estaba científicamente comprobado que el trastorno climático mundial estuviese vinculado a la emisión de gases de efecto invernadero. Tampoco es fehaciente que la muerte de los ríos se deba a los residuos químicos que se vierten en sus aguas.
El mercado se rige por sus propias leyes inexplicables, se añadió. Por esta razón se dispuso, en el recién concluído cónclave, renunciar al vano intento de anteponer reglas al inexorable curso y brutal de la economía; sobre todo porque igualmente indemostrable es que la pobreza tenga algo que ver con el flujo o el reflujo de la oferta y la demanda.
Cada uno de los tres días que los mandatarios estuvieron reunidos, ochocientos sesentidós millones de personas de la población mundial se vieron impedidos de comer o de comer lo suficiente por razones de carestía y pobreza; veinticinco adultos murieron por inanición, y trecientos niños por la misma causa (datos recogidos en areas urbanas y semiurbanas accesibles. Los datos de las zonas más remotas del planeta no se conocen).
Los altos dirigentes no se explican porqué a pesar de los acuerdos tomados en citas anteriores, y a pesar de las extraordinarias cosechas de los últimos años, la pobreza y el hambre, en vez de reducir, aumentan en el mundo entero.
La imposibilidad de comprobar que el hambre esté relacionado con la utilización de gran porcentaje de las cosechas de cereales para fabricar combustibles de vehículos automotores, se declaró, fue el mayor obstáculo para que la cumbre culminara con alguna medida en concreto.
Finalmente se explicó que los trecientoscincuentiseismil trecientoscuarentiseis de euros que aparecen anotados ahí en donde hubiesen sido anotados los acuerdos, de haberse producido, no significan ningún presupuesto para alguna acción inicial. Esta anotación era la cuenta que hizo llegar la gerencia del hotel anfitrión, en concepto de factura.

martes, 7 de abril de 2009

Louise

En aquella época (igual a la nuestra), que las exigencias patronales a la servidumbre incluían atenciones sexuales, nació en 1830 Louise, hija sin padre de Marianne Michel, sirvienta en casa del terrateniente Demahis.

Convertida en mujer y maestra de escuela, lejos ya de la tutela Demahis, Louise Michel dirigió el rescate a favor del pueblo, de los cañones que la Guardia Nacional abandonaba, bajo el asedio de París por las tropas de Bismarck.
Pocos días después, la hija de Marianne Michel, al frente de un grupo de mujeres del barrrio Montmartre, trataba de impedir que los guardias del general Thiers se reapoderaran de dichos cañones para trasladarlos a Versalles.
Pretende Thiers desarmar al pueblo republicano, que defiende París; dejándolo a merced del asediante prusiano.

El oficial comandante ordena a los guardias de Thiers disparar sobre las mujeres aferradas a las piezas de artillería. Por el contrario, los guardias disparan al oficial, todo lo cual se convierte en detonante de la primera insurgencia de obreros y soldados, triunfante en Europa; que sin embargo, se hace con el gobierno de la ciudad, no por la vía armada, sino por la del sufragio. En el poder, se instala como la Comuna de París. Su brazo armado: milicias de la Guardia Nacional, republicana.

El contexto es de tres fuerzas contendientes. El monárquico Gobierno de Defensa Nacional, encabezado por Thiers, con asiento en Versailles.
Las tropas de Otto von Bismarck, asediando Paris.
Y la conjunción de obreros parisinos y guardias nacionales, en su cometido histórico de instaurar el poder popular y la república, a la vez que rechazar el asedio prusiano..

Fue aquello un destello de luz proletaria de tres meses de duración, que sin embargo, reclamando el poder para los trabajadores, hacía del monárquico Thiers y del imperialista Bismarck, aliados naturales entre ellos, y confabulaban en su contra.

Aquel ajetreo de antiasedio y revolución vibraba en alma femenina. Louise Michel en el comité de vigilancia o en el comité de seguridad pública. Louise Michel defendiendo los muros, alzando barricadas o cavando trincheras. Louise Michel atendiendo inválidos y niños o reclutando mujeres. Louise Michel discursando al pueblo o proponiendo ante el consejo comunal; supervisando la alimentación de las milicias, u organizando la guardia nocturna…

Grande era, empero, la desventaja estratégica de la Comuna de París. Nacida internamente a los muros parisinos, aislada, sin aliados extramuros; doblemente asediada: enemigo interno (Thiers); enemigo externo (Bismarck).

En el reparto de papeles, se dedican los asediantes a la distracción de las milicias de la Comuna. En tanto desde su cuartel general, Otto von Bismarck ha facilitado el rearme y la recomposición de las tropas de Thiers, que se posesionan en la intersección del Sena y Neuilly, desde donde lanzan gran ofensiva sobre los reductos comuneros extramuros. Emplazan ahí sus piezas de artillería que machacarán infernalmente, día y noche los cuatro costados de París, cuando los parisinos ya no tienen, pólvora, munición, ni de comer y beber.

Después de Espartaco, es la Comuna de París la segunda gran rebelión de los esclavos en continente europeo. A los comuneros, igual que los seguidores de Espartaco, a la derrota militar sucede el holocausto. La leyenda de Louise Michel no ha hecho más que comenzar.

Al momento de ser deportada Louise con otros sobrevivientes al archipiélago Nueva Caledonia; exremo sur, Océano Pacífico, ya era musa de Víctor Hugo. Mas tarde lo fue de Paul Verlaine.
Confinada, a la vez daba forma a incesantes discusiones y foros entre los deportados, que se entregaba a la asimilación de la cultura y lengua de los nativos kanaka. Fundó para ellos una escuela de educación básica; los educó en historia y anarquismo, europeos. Les apoyó en reorganizar, actualizar y sistematizar la lucha anticolonial que se mostraba esporádica desde la década de los cuarenta.
Organizó encuentros solidarios con sublevados de La Cabilia (Argel) que llegaron después de ella a compartir confinamiento.

Amnistiados los comuneros, 1880, regresa Michel a París. A partir de entonces no hubo acto anticolonialista o anarquista, dentro o fuera de Francia, en el que no interviniera. Ardiente su estilo oratorio. Incendiarios su versos y sus prosas (además era poetisa).
Tampoco hubo coyuntura en la que no fuese detenida, interrogada, apresada; deportada si estaba en el extranjero.
Presidió quince años, honorariamente, la lucha por la amnistía de los rebeldes argelinos confinados, que culminó con éxito en 1895.
Cumplida pena de dos años por los desórdenes de 1883, fundó en Londres la escuela libertaria para hijos de refugiados.
Entre 1881-1896 bregó junto a Kropotkin al intento de estructurar la Internacional Anarquista.
1886. Sentenciada a cuatro meses por apoyar a los mineros de Decazeville.
1888. Escapa herida a un atentado y defiende al criminal de la ira popular.
Es detenida en la demostración del primero de mayo de 1890 y declarada demente.
Arrestada en Bélgica y deportada, por conspiradora. 1897.
A partir de 1897 hace del triángulo, Londres, París, Edimburgo, el eje de su acción agitativa y de la publicación de sus obras escritas.
1899. Se suma a la defensa del capitan Alfred Dreyfus, confinado en Isla del Diablo, falsamente acusado de traición.
Recorrió Francia. Regresó a Nueva Caledonia. Viajó a Argelia, para examinar in situ la situación de los luchadores anticoloniales.
9 de enero de 1905. Su corazón no puede más, deteniéndose a los setenticuatro años de ardua lucha cotidiana. Durante sus funerales, 22 de febrero, estalla la revolución rusa de 1905, apenas preludio de la revolución de octubre que entregó todo el poder a los soviets de obreros, soldados y campesinos.

Igual que con Sonia Ramírez, quien tiene la suerte de un encuentro con Samía Talbi, recibe una saludable y amena conversación, o un buen libro –por supuesto en calidad de préstamo!–. Así tuve, por gracia de Samía, en mis manos la biografía, Louise Michel, del australiano Nic Maclellan. Colección Vidas Rebeldes. Editora Ocean Sur (www.oceansur.com).

lunes, 6 de abril de 2009

Mayoría de edad

Per Erik vio alejarse el bus enmedio de la noche helada y sintió un golpe de angustia en pleno pecho. Y sin embargo, hizo un supremo esfuerzo por no desconcertarse y recobrar la serenidad. Quiso regresar a casa de Hans Åke, pero se lo impidió la vergüenza. Aunque bien abrigado, tiritó de frío. No había alternativa. Comenzó a caminar a casa.

El 28 de diciembre del 2008 cumplió diez años. Los años requeridos particularmente por él, para reclamar la mayoría de edad. El sábado 10 de enero se le presentó la oportunidad de comprobarlo.

Luego de cenar en casa de su amigo Hans Åke, en el barrio de Oxbacken, celebraron entre ellos, todavía, otra jornada de conversaciones y juegos. Se dedicaron a comprobar una vez más, capacidades y funciones de sus respectivos teléfonos móviles. A las siete y media de la tarde, recibió la llamada de su madre: hora de volver a casa. Per Erik, sin embargo, quiso esperar a que dieran las nueve. Sería la prueba de fuego. Las nueve de la noche es la hora en que cogen llave automáticamente las puertas de los edificios de apartamentos; la hora en que sólo los mayores deberían permanecer afuera. El no vivía en un edificio de apartamentos, pero esa hora era buen punto de referencia. A unos cuantos grados bajo cero, la prueba habría de ser más fidedigna. Haría alarde de ello en la escuela.
Sin que su amigo notara, contaba los minutos. Poco después que el reloj marcara las nueve, echó Per Erik su movil a la bolsa de la chaqueta, chequeó las llaves de su casa, se despidió de su amigo y salió a la calle hacia la parada de la línea de buses que hacen su recorrido desde el centro de la ciudad hasta Bäckby Norra, su barrio. De Oxbacken a Bäckby Norra, bien puede haber media milla de distancia.
Eso de preparar con demasiado tiempo de anticipación el móvil, para que aparezca la imagen del tickete de bus en la pequeña pantalla, es cosa de chiquillos. Se limitaba a repasar el orden en que se pulsan las teclas, mentalmente. Lo que hace un adulto es echar mano al móvil en el mismo instante en que aparece el autobús, entonces teclea ágilmente en el orden debido, hasta que aparece en la pantalla el tickete figurado, y luego se muestra hasta cierto punto, con desdén, al conductor del autobús; y asunto concluido.

Esa noche la suerte no estaba con él, precisamente. Quiso correr, para economizar tiempo, o quizá porque todo ser humano, normalmente se acongoja ante la noche. Pisó un tramo de hielo sin arenilla y cayó sobre el piso helado estrepitosamente. Se levantó. Hizo caso omiso al dolor de las magulladuras y retomó la marcha a paso impetuoso. A poco, a la altura de Kronvägen, advirtió una silueta conocida: un perro de ataque que corría hacia él, en silencio pero amenazante. Peor sería correr. Quedó de piedra. Un hombre gritó una orden en la sombra. El perro se detuvo y volvió mansamente hacia el hombre. Completamente asustado, Per Erik reanudó la marcha.

Cuando cruzaba la calle de entrada a Ringduvegatan, un auto salía desconsideradamente veloz. Ante la menuda sombra del chico frenó escandalosamente sobre el resbaladizo asfalto hasta dar un medio giro sobre si mismo. El sobresalto de Per Erik fue el inicio de una nueva carrera. Avistó las luces de Råby Centrum y se sintió aliviado. Probablemente estaba a medio camino. Tomó el atajo de Fredriksberg. De Tornsvalegatan venía saliendo un ruidoso grupo de jóvenes, fanáticos celebrantes del sábado. Un envase vacío de cerveza, vino hacerse añicos casi a sus pies. Bajó corriendo la cuesta del sendero de bicicletas. En la oscuridad, dos chicos competían en sus montañeras. Justo en el cruce se toparon con él. Uno de ellos frenó aparatosamente. El otro logró sortearlo a escasos centímetros y siguió de largo, a toda velocidad, la cabeza vuelta atrás para gritarle: –Jävla idiooot…!!!
Alcanzó Per Erik la zona industrial y caminó de prisa. Sabía que superada la zona industrial, abordaría Puddelugnsgatan. Al final de Puddelugnsgatan, Bäcby Centrum, y después, casa!

Tenía la alternativa de tomar el atajo de Svenska Kyrkan, que es más oscuro. Sin embargo a lo lejos, Bäckby Centrum parecía tranquilo y más iluminado. Se decidió por esta ruta. Al instante de pasar por la pequeña fuente, dio un salto nervioso al rugido de dos beodos que bebían algo. Confundidos en la oscuridad discutían acaloradamente y despotricaban a grandes voces. Siguió de largo. Alcanzó Välljärnsgatan y quedó frente a su barrio. Entonces corrió como desesperado hacia su casa. Abrió la puerta. Entró raudo. Sus padres quisieron requerirlo por haber tardado tanto, y por no contestar el teléfono. Per Erik no quiso hablar con nadie. Fue directo a su cuarto y se encerró con llave.

En su pequeña alma no había odio, ni rencor. No podía haberlos. Para bien o para mal, a esa edad el odio y el rencor aún no se han permitido la germinación. Sólo había quizás en Per Erik, cierto miedo. Desconcierto, talvez, ante la naturaleza de la sociedad y de la calle.

En la parada, habiendo visto llegar el autobus, había tomado el movil, tecleado correctamente y mostrado orgullosamente la pantalla al conductor.

Abundan adultos que por razones perfectamente explicables se sienten esclavizados en su trabajo. Viven rumiando un odio feroz, no a las circunstancias que les esclavizan, sino, a ciegas, talvez a la sociedad o a su propio pasado. Odiar a la sociedad es odiarse a si mismo; odiar el pasado es odiar la niñez propia.

El móvil de Per Erik se descargaba. El tickete de autobús no se veía con toda claridad en la pequeña pantalla. El conductor puso cara de perro, le miró con odio y le ordenó abandonar el bus. Las veintiuna y treinta horas. Varios grados bajo cero. Era la noche nórdica, brutalmente impenetrable. Un viento helado bajaba silbando desde el septentrión.
Era también la aventura de Per Erik en su privativa edad como mayor.