lunes, 3 de agosto de 2009

Tenor

El sábado 27 de junio, luego de breve presentación que no se pudo entender dado el griterío de la gente, tomó el micrófono Fredy Amigo (el Gato). Hizo también una breve presentación del primer tema a interpretar. Tampoco se pudo entender porque el bullicio no amainaba. Resultaba inútil pedir silencio. Estábamos en pleno epicentro del `City Festival´, Västerås. El Gato lo sabía, no era la primera vez, así que sin más preámbulo dijo: –Música maestro!

Nos invadieron las notas de una música sinfónica que a excepción de los muy chicos, el público de más edad llevábamos aletargadas en algún lugar del subconsciente. En eso, irrumpe el Gato con `Oh sole mío´.

Es el `Sigma Torget´, plaza de unos setenta metros cuadrados, a cuyo extremo se ubica el escenario al aire libre, en donde ocurren los acontecimientos. Hay unas veinte bancas por delante.

La vocalización del Gato es poderosa. Cuando interpreta, a lo largo y ancho de Sigma Torget no penetra el bullicio del City Festival. Y no solo es potencia esa voz; es además timbre y armonía tal, que obliga a la gente de todas las edades que pretende pasar de largo, dirija la vista hacia el escenario, aminore la cadencia de sus pasos, se detenga, escuche; mejor dicho, disfrute; y por último decida ocupar un lugar en las amplias bancas frente al escenario.

Cualquiera de nosotros, simples mortales, puede cantar `Oh sole mío´ mientras friega la loza, pasa la aspiradora, o cuando se está duchando. Pero para interpretar `Oh sole mío´ y provocar que otro mortal se digne dedicar atención al que canta, hay que tener una garganta divina.

Al inicio de esta canción, cuyas notas creó un ángel de la mitología italiana, las bancas frente al escenario de Sigma Torget en Västerås, estaban semivacías. Cuando en la nota final se elevaba el cantor impecablemente al altísimo, las bancas estaban repletas. Alrededor de esas bancas había público de todas las edades. Todos aplaudieron de pie.

Hay que decir que en el `City Festival de Västerås´ predomina abrumadoramente la cultura juvenil contemporánea. El resultado es que las presentaciones de los varios escenarios instalados, son como clones. Dada la monotonía que resulta, el público, adquiere la rutina de observar un acto, y luego circular, avanzar lentamente hasta el próximo escenario, y así, hasta que les invade el hambre y se sientan a comer en alguno de los restaurantes al aire libre.

Pero en Sigma Torget, el público que escuchó la primera interpretación del Gato Amigo, no circuló. Se quedó ahí, expectante de lo que habría de venir.
Y vino!

Agradeció el intérprete los aplausos; agradecimiento que pocos oyeron, porque cada vez que cesa una vocalización del Gato, vuelve a invadir el Sigma Torget el bullicio del festival.

Las interpretaciones del Amigo tienen un efecto rompedor sobre ese bullicio; como cuando la explosión de la dinamita rompe el aire o el agua que le rodea. Pasado el instante rompedor, ese aire o agua rotos, vuelven a ocupar el lugar que les robó el momentáneo estallido.

Volvió a decir el chileno: –Música maestro!–, para esta vez entonar `Por tí seré´. `Por tí seré´ es una clásica interpretación para gargantas privilegiadas como Pavarotti y María Callas (de grata recordación), Carreras, Plácido domingo o Sara Brightman.
A decir verdad, el Gato Amigo, no obstante sus humildes orígenes, demostró pertenecer al Olimpo de estos dioses, cuando al final de la interpretación, viejos, jóvenes y niños le aplaudieron, conmovidos, un minuto entero.

Luego vino `Granada´, sublime creación de un indio mexicano. Todo sueco devoto de España, cuando percibe esta canción perfectamete ejecutada, escucha con especial reverencia. Y como la ejecución del chileno en Sigma Torget, fue perfecta, fue también premiada con una emocionada salva de aplausos, vítores y olés.

No fueron pocos, los del público asistente, que fueron transportados hasta cierto nirvana cuando el Gato se adentró a la interpretación de `Con Te Partiré´; esa creación que inmortalizó a Andreas Boccelli y que sólo los ángeles son capaces de vocalizar.
Si esta vez hubo un lapsus entre el final de la interpretación y el cerrado aplauso, se debió únicamente a que el público estaba completamente arrobado.

Los restaurantes cercanos se paralizaron; los comenzales no comían, y los empleados no servían, para poder escuchar, atentamente, `Bésame mucho´ y `Nesum Dorma´.

El apoteosis vino al final de la actuación, y fue místico. Entre los acordes creados por Schubert, se introdujo el Gato, divinamente al Ave María.
En medio del mundanal ruido del City Festival vibró en Sigma Torget un ámbito celestial.

Había un grupo de niños de pie cerca del escenario, que miraban con asombro hacia el intérprete. Inconcientemente, trataban de imitar sus movimientos.

Una viejecita que estaba sentada a la par mía, al Ave María del Gato, hizo el intento de arrodillarse; la artritis se lo impidió; hizo una cruz sobre su pecho y lloró calladamente. Más allá, otra anciana se llevó ambas manos hacia el pecho y adoptó una actitud de oración.

Finalizada la actuación, había un tumulto, sobre todo de gentes mayores alrededor de Fredy, el Gato Amigo, para lograr de él un apretón de manos, un abrazo, un beso.
La viejecita que lloró a la par mía pugnaba por acercarse al héroe; la multitud se lo impedía. La tomé de la mano y le dije: –Ven, él es amigo mío, te lo voy a presentar–; me abrí paso con ella entre la multitud. Se abrazó a él. El Gato depositó un beso en su frente. La anciana besó mi mano diciendo: –Muchas gracias.

Una muchacha exuberante, de mirada y sonrisa luminosas, señalaba con entusiasmo hacia el intérprete. Impedida también por el tumulto, asechaba para poder abordarlo.
Me acerqué a él murmurándole al oído: –Cuidado con esa chica!

–No hay peligro –me dijo–, es mi hija!

Antes, el Gato se dedicaba a cantar rancheras mexicanas en aventurados aquelarres dionisíacos, hasta que un día, para alejarlo de peligros, le dijo su mamá: –Andái por ahí cantando puras huevaas! Pero si tú tenei voz de tenor…!!!

lunes, 20 de julio de 2009

Shi Pei Pu

A la muerte de Michael Jackson, sucedía una ola de suicidios entre sus seguidores. Arcano reflejo de las almas desamparadas. Antiguamente las servidumbres se inmolaban en la pira funeraria de sus amos.

En el hospital Saint Simon, al conocer la noticia, Shi Pei Pu, de setentiún años, pidió suspender la medicación que le ataba a la vida y le enviaran a su casa en la Rue, a morir en paz. De Joven cantó para la Opera del Pueblo, en Beijín, igual en la Opera de París. Era conciente que ese deceso le provocaba un golpe de nostalgia que sería insuperable.

Shi Du Du no quería que Pei Pu muriera. Era inevitable parte de su progenie. Tenía mucho que agradecerle. Lo había rescatado de la miseria que hizo presa de Xinjian, posterior a la sequía que dio al traste con el Gran Salto Adelante.

Para insuflarle deseos de vivir, reveló Du Du a Pei Pu las últimas noticias. La muerte de Jackson pasaba al ámbito de lo judicial. El óbito se debería, presuntamente, al exceso de trabajo. La secta religiosa a la cual se había entregado, le obligó a trabajar más allá de lo que su salud permitía. Sus tutores que alegan gobernarse por la Sharia, controlaban la salud mental del artista, negocios y cuentas bancarias, a cambio de asegurar para el iniciado, llegado el momento, acceso al paraíso de las uríes.

Inicialmente creyó Jackson que su obligación era montar diez funciones, para su gira mundial. Posterior al embrollo de la firma del contrato, descubrió que eran cincuenta funciones a montar. En lugar de protestar, se sometió a extenuantes ensayos preparativos. Asumiría el reto, a pesar que su corazón herido, confiaba más su capacidad al Demerol, que a una alimentación nutritiva.
Gravitaba el fantasma de Antonio Salieri. Había un extraño paralelismo entre el destino de Jackson y el de Amadeus Mozart.

Además, no era imposible que la muerte de Jackson, en sí, fuese presunta. Que todo fuese la farsa de un último espectáculo del genio para retirarse a la paz de una secreta existencia, lejos de curiosos y paparazis.

Shi Pei Pu, escuchó calladamente las disquisiciones de Shi Du Du, y preguntó: -Ha venido Bernard?
–No, no ha venido.

Infinita cotidianidad de íntimos secretos le conjuntaban hacia Jackson.
–Es mi deber seguirle –replicó Pei Pu–. Habemos seres que únicamente medramos a la sombra de grandes almas que nutren la razón de nuestro ser. No depende de nos. Es mandato de la naturaleza…. Eras chico entonces. No recordarías que pasó igual a la muerte de Mao. Igual sucederá cuando se ausente Fidel Castro…. Le seguirán voluntariamente los que sucumban a la orfandad inmensa que dejará tras de sí…

Shi Pei Pu conoció a Bernard Boursicot en 1964, entre el personal de la embajada francesa, que recibía sus lecciones de Mandarín. En una pausa, a solas, Boursicot confesó a Pei Pu, que le apasionaba su perfecta dicción en tono contralto. Pei Pu le reveló que cantaba en la Opera del Pueblo únicamente en roles femeninos.
Y en un tono que reclamaba absoluta confidencialidad, agregó: –En realidad soy mujer. Adopté identidad masculina obligada por mi padre que anhelaba un hijo varón.
El romance fue inevitable.
–Debo revelarte otra cosa –dijo Pei Pu– Para mí el trauma es tal; para el amor soy como el vampiro, no resisto la luz. Todo ha de transcurrir en completa oscuridad.
Así fue y fueron felices hasta que el gobierno gaullista, requirió en París la presencia de Boursicot.
–Adiós –dijo él– no sé si volveré.
El desespero concedió a Pei Pu un subterfugio. –Estoy embarazada –dijo–, debes volver!
Ido Boursicot, llevaron las circunstancias a Pei Pu a Xinjian. Ahí, negando diez hijos al hambre, a cambio de monedas y prevendas, una incógnita viuda de la Revolución Cultural, puso en sus manos un recién nacido a quien Pei Pu nombró, Shi Du Du.
Otro cúmulo de circunstancias le llevaron hasta La Mongolia, en donde dejó al crío a cargo de una nodriza. Pei Pu volvió a sus clases de mandarín y a la ópera en Beijín.
Regresó Bernard, a reconocer su hijo. Se reunieron los tres en La Mongolia.
Para cualquier chico del mundo es de lo más emocionante un buen día descubrir, que su padre es fuera de lo común, y sobre todo con suficientes recursos, para satisfacerle los mínimos caprichos y sacarlo de la pobreza. En medio de los riesgosos avatares de la Revolución Cultural, sin embargo, para los tres fue un tiempo feliz. Los guardias rojos guardaban aceptable distancia de ellos.

Requerido de nuevo por su gobierno, antes de partir, el diplomático Bernard Boursicot, llevó a cabo las gestiones pertinentes para que Pei Pu y Du Du, pudiesen juntarse con él en París. Contrariamente a muchos otros casos parecidos, los guardias rojos permitieron a Pei Pu y Du Du, abandonar el país.

En parís, la dicha de los tres fue total. Boursicot se sentía amado; las puertas de la Opera de París se abrieron a Pei Pu; y las del Liceo Francés se abrieron a Du Du.
Ninguna felicidad es imperecedera. A toda dicha asecha la desdicha. Vinieron los agentes del contraespionaje francés a por Boursicot y Shi Pei Pu. Fueron acusados de poner en manos del gobierno de Beijín, vitales secretos diplomáticos de la república francesa, durante su relación en China; labor que continuaron, ya reunificados en suelo francés. Las pruebas eran abrumadoras.
Antes de dictar sentencia, ordenó el juez exámenes médico psicológicos. Pei Pu fue declarado biológicamente de sexo masculino, Bernard Boursicot, bisexual.

La sentencia requería largos años de cárcel por alta traición. Pero en 1986, el presidente francés era un hombre sensiblemente intrigado por las cosas del amor y del sexo. Los indultó en término de un año.

Vueltos a la libertad, aquellos cuya relación había girado alrededor de la secretividad, viendo develados todos los secretos que les unían, perdieron el encanto de vivir bajo el mismo techo.
Envejeció en silencio Shi Pei Pu, y al final, partió tras el alma bajo cuya sombra medraba.

martes, 14 de julio de 2009

El coloquio



(Cuento corto. Cualquier parecido a políticos, funcionarios estatales, y situaciones de la vida real, podría deberse a puras coincidencias)



En un país de América Central, de cuyo nombre no conviene acordarme, contrariamente a lo que podría creerse, el siglo XXI trajo consigo el imperio del crimen, la miseria económica y moral. La delincuencia gozaba de mayores garantías políticas que la gente honrada; perros de combate alimentados con carne cruda, atacaban niños despistados en los alrededores de las zonas elegantes; el destino de muchos niños estaba en el fondo de fosas cépticas, quirófanos clandestinos y prostíbulos de mala muerte; pandillas callejeras asaltaban a los trabajadores que transitaban de la casa al trabajo y viceversa para repartirse el botín con los celadores del orden público ….

A pesar de sueldos capaces de levantar palacios, catedrales, y provocar grandes crisis presupuestarias al Estado, la incapacidad conjunta de el Consejo Nacional para la Seguridad Pública, el ministerio de la gobernaduría, de la policía y la judicatura, llevó al gobierno de la república a crear, para colocar sobre esas instituciones conformadas por honorables miembros de la intelectualidad política del país, el Consejo Consultor para la Seguridad Pública.

-Si las honorabilísimas intelectualidades que conforman las instituciones antes mencionadas –se dijo el presidente– no han sido capaces de descifrar los acertijos que nos plantea nuestro autóctono juego democrático en este país, la solución está en colocar sobre esas lumbreras del intelecto y la política, otras lumbreras aún más exelsas y brillantes. Esta es la idea sobre la que damos vida al Consejo Consultor para la Seguridad Pública.
Así se hizo; y se convocó a los periodistas a que fuesen testigos de su primera reunión. Ahí se coló como pudo María Julia, la tímida y alucinada estudiante de periodismo, colega de Hurtado, quien ya hacía carrera.

Es posible que el periodismo no fuese carrera idónea para María Julia, pues, víctima de la violencia social que asolaba lo largo y ancho del país, en situaciones de demasiado estrés, comenzaban por sudarle excesivamente las manos y después se apoderaban de su mente, alucinaciones.

Cuando se anunció en el recinto la entrada de los distinguidos miembros del consejo consultor para la seguridad pública, las manos se le anegaron de agua a María Julia, pero la experiencia de situaciones anteriores, le dió la fuerza suficiente para no abandonar la escena y mantenerse en el lugar.

Vió entonces un tropel de momias y dinosaurios que se dirigían a posesionarse del estrado. Ella pensó:

–Será imposible que esos enormes hocicos puedan articular palabra.

Se equivocaba. De aquellas fauces enormes salían frases perfectamente articuladas.

Se escuchó la primera voz que dijo con el rugido de un saurio en celo:

"Hacer un mapa de la violencia no sirve de nada. Cuando yo era fiscal nosotros sabíamos que, por ejemplo, los delitos de sexo, de carne, se cometen más en la costa por el fósforo que se consume de los pescados" (ex fiscal general de la república).

Hubo un silencio más o menos prolongado, María Julia escuchó a lo lejos el sordo rumor de algunos aplausos desganados, y pensó que eran parte del alucine.

Entonces se escuchó una segunda voz que aulló como una fiera entre satisfecha y hambrienta:

"Yo he engordado de andar en tanto evento y nunca se arregla nada" (abogado, colegio de abogados).
El lapsus silencioso fue más prolongado y los apagados aplausos se dejaron escuchar más espaciados.
Habló la tercera voz con el tono de el rictus gutural del orgasmo interrupto:
"El hombre de nuestro país es fornicario, no es por gusto que no nos quieren en ninguna parte… aquí un antropólogo deberíamos traer si lo que nos interesa es la teoría" (abogado, colegio de abogados)
Hubo un silencio cuasi total y uno que otro aplauso como venidos del más allá. Entonces intervino la primera momia, mientras hacía con la mano llena de vendas el gesto de quien dispara un arma de fuego:
(Dirigiéndose al director de la policía) "dígannos si nos pueden defender o si no nos pueden defender. Si no pueden déjennos andar con pistolas sin permiso y sin licencia" (abogado, colegio de abogados).
Esta vez no hubo silencio ni aplausos, ni nada, solamente un insistente rumor entre el público asistente. Y como el rumor no cesaba, se levantó impaciente una segunda momia semienvuelta en una especie de sudario o mortaja para decir histéricamente:
"Hay estudios que dicen que las balas matan a un montón de niños. El problema es que entienden por niños a todos los menores de 20 años, y si dos drogadictos de 19 años se matan a tiros, los meten en las estadísticas”
Se sentó la momia, el hedor inmundo que exalaba por las fauces invadió el recinto, por lo que no hubo ni aplausos ni rumor, únicamente silencio, quizá por eso, volvió a levantarse para continuar:
"…En Estados Unidos mueren más niños por accidentes de bicicletas que por balas ¿entonces vamos a prohibir las bicicletas? (abogado, editorialista y pensador).
Como para desfacer el entuerto, se levantó, meneando nerviosamente la cola, el que parecía dinosaurio mayor para dar por concluída la sesión aseverando con estentórea voz, ojos acuosos, inyectados, y gestos que parecían querer borrar de un palmotazo al público asistente:
"En este país hay gente que se aterra solo porque le pasan una notita (de amenaza) por debajo de la puerta” (viceministro de seguruidad pública).
Invariablemente, al día siguiente de que María Julia sufría sus alucinaciones, le costaba mucho levantarse de la cama por la mañana, pues se sentía tremendamente agotada. Fue hasta que su colega Hurtado llamó por teléfono para preguntarle por el artículo que pensaba escribir acerca del evento de la tarde anterior, que pudo volver al asunto.
-Le titularé ”coloquio de momias y dinosaurios” –dijo todavía somnolienta María Julia.
-Ni se te ocurra! –le respondió Hurtado –acaso no te das cuenta que ha estado allí la crema y nata de nuestra intelectualidad, lo más granado y que además gozan de gran poder, prestigio, crédito, y rédito político …?

El Carmen




Más que demostrar que la maldad puede habitar en el clero mismo, los milicianos pretendían demostrar que Dios no existe.

En un altar por ellos mismos improvisado posaban armados para un periódico, entre iconos, sirios, y objetos litúrgicos diversos. En el centro, sobre un mueble de sacristía, había un montón de calaveras y huezos que habían desenterrado de las criptas. Todos mostraban rostro burlesco y desafiante. Manuel Romaní se había disfrazado con atuendos de cura. En la iglesia tomada no habían sólo milicianos, también habían gentes que no tenían donde vivir. La chula Corao, bailaora gitana, se mostraba vistiendo atuendos artísticos, pues esa noche habría sarao en la nave central.

Tres años más tarde el fiscal de la Causa General mostraba al testigo la fotografía que publicó a media página el periódico Abc, un día después.
–Conoce usted a las personas que aparecen en esta fotografía? –preguntó.

–Sí las conozco –contestó–, son viejos parroquianos de El Carmen.
Y dijo nombres y apellidos, sin titubear.

El fiscal actuaba no a petición, sino de oficio, y el sacerdote que comparecía en calidad de testigo, no de ofendido, hacía lo posible por atenuar la gravedad de los cargos que pesaban sobre los imputados, en contra de los cuales había sido llamado a declarar.

–Señor sacerdote! –dijo el fiscal–, tenga la bondad de no evadir mis preguntas, y contestar de manera clara y concisa! Estuvo usted secuestrado por estos forajidos, o no lo estuvo?
–Sí lo estuve.
–Se mantenía usted encerrado en la iglesia del Carmen por su propia voluntad, o no lo estaba?
–No estaba por mi propia voluntad.
–Pretendían asesinarle, o nó?
–Es aquí donde debo una explicación!
–Explique!

`A excepción de uno, los que aparecen en esta fotografía me salvaron de morir en una primera acasión. En una segunda ocasión me salvaron todos.

En la primera, el Olmeda, el jefe del grupo, convocó asamblea miliciana, para sentenciarme a muerte, luego de lo cual, él mismo nombró una escuadra a la que ordenó ejecutara la sentencia . La escuadra nombrada y el pleno de la asamblea se negaron a la ejecución y exigieron al Olmeda revocar la orden por escrito.

En la segunda ocasión, hizo acto de presencia otro grupo miliciano ajeno a la parroquia, a exigir a mis captores fuese yo remitido bajo su jurisdicción para ser ejecutado. A esto se negaron los ocupantes de El Carmen. Esta vez, el mismísimo Olmeda, pistola en mano, expulsó de la parroquia a los forasteros´.

Hubo alguien, a quien el cura González negó la mínima indulgencia. Quien se agenciaba esa santa animadverción, no había derramado una gota de sangre. Participaba entre los milicianos no en acción de guerra, sino para divertirlos y hacerlos reir. Era la chula Corao. –No hay peor satánica perversión, que bailar un pasodoble ante el altar mayor con los ojos inyectados de lascivia –dijo al fiscal.

Cinco años atrás de este proceso judicial, los desmanes del dictador se asociaban a la proverbial incapacidad del poder establecido, de poseer una visión de nación y de futuro; así como a la soberbia clerical. Reacio el clero a reconocer sus propias ofensas, como a solicitar perdón al ofendido. La prueba estaba en que las colosales riquezas incautadas a otras naciones en un pasado imperial, no habían servido para otra cosa que para configurarse a si misma, como la nación más pobre y atrasada de su propio entorno.

Se vieron pues en la figura del rey y de la curia, las raíces de una frustración acumulada por siglos, a causa del apoyo que prestaban al dictador que llegó al poder mediante ominoso golpe de Estado.

Ahí donde se veía pasar la caravana del monarca al exilio, se formaban espontáneos corros populares para celebrarlo. Prometía el clero, el fuego eterno a los festejantes.

Las milicias fueron pensadas para actuar en la retaguardia, para impedir allí, la acción de los agentes internos de la reinstauración. Hay quien atribuye a la coincidencia, otros a la ignorancia, que hayan los milicianos indentificado al clero, como la cabeza visible del enemigo.

No tanto la CNT, como sus propias asambleas eran el real gobierno miliciano. Se deliberaba copiar la metodología del enemigo, dada su eficacia histórica.

El temor al fuego eterno era aún pan cotidiano, mañana, tarde y noche para las muchedumbres pobres, necesitadas siempre de ser disuadidas por una férula eficaz.

De siglos era el abandono de la escena por el Santo Oficio, pero a los milicianos, parecían de ayer tan solo, las hogueras, los bofetones, los coscorrones, los halones de oreja, las amenazas, las humillaciones. Claro está, en las asambleas no todos decían la verdad, pero no eran pocos que denunciaban el asalto sexual en el nombre de Dios.

Al desembarco de las tropas reinstauradoras, se supo que el estado de guerra se tornaba irreversible. Cuando esas tropas avanzaron a lo largo del Tajo buscando el corazón a la república, se lanzaron a degüello las milicias.

Trece obispos; cuatromil cientoochenticuatro sacerdotes; dosmiltrecientos sesenticinco frailes; doscientas sesentitrés monjas y centenares de civiles connotados religiosos, cayeron en la vorágine. Decenas de miles de iglesias fueron demolidas

Caminaban de madrugada Manuel Romaní y la chula Corao hacia el pelotón de fusilamiento que esperaba en perfecta formación.

El sacerdote Manuel González se ofreció para acompañarles y reconfortarles. La bailaora gitana aceptó confesión y comunión. No así Romaní que decía ser ateo, y llevaba en los labios la advertencia de Carlos Marx que la religión es opio para los pueblos. –Serenaos hijo! –le dijo en voz baja el cura González– y daos cuenta que la justicia de Dios tarda, pero no olvida.

De los milicianos que derribaron a hachazos las puertas de la Iglesia El Carmen, para convertirla en su cuartel general, sólo los caídos en combate, y los que no aparecían en la fotografía tomada por el diario Abc, pudieron evadir la venganza de las tropas reinstauradoras del viejo orden, caido bajo el peso de sus carcomidas estructuras.

`Os traigo la victoria, no la paz´: las primeras palabras del caudillo hacia el pueblo.

viernes, 10 de julio de 2009

La ballesta

Alguien le había jugado una mala pasada a Klaussen.
Su profesor de economía? Este aseguraba que el capitalismo goza de buena salud y larga vida.
Su amigo Otto? Este le demostró con hechos que Estados Unidos es mucho mejor que Alemania para hacer fortuna.
El engaño de su empleador era el más evidente. Le hizo firmar contrato individual, para alejarlo del engorroso contrato colectivo. Ahora se encontraba en el paro y sin protección sindical.
Se habría engañado a si mismo para echar la culpa de su fracaso a la recesión de la economía?

Tomó una cerveza, se sentó en el sofá, a meditar la idea de regresar a Alemania. Pensaba mejor bebiendo cerveza y viendo televisión al mismo tiempo. En cualquier dirección que dirigía su pensamiento, el panorama era nebuloso.

Encendió el aparato. El corazón le dió un vuelco. Como por magia, apareció en la pantalla un destello de esperanza. Era la primera vez que veía esa imagen despierto. Antes la había visto en sueños. La reconoció en seguida. Era ella! Los mismos ojos, el mismo pelo, la misma voz, las mismas maneras, la misma inocente coquetería! Y sobre todo tan necesitada de un salvador. Despertó un espontáneo enamoramiento que dormía en él aletargado.

En el transcurso del drama televisivo, reparó Klaussen que la angelical chica era centro de un laberinto de pasiones a causa de su mismo carácter ingenuo, liberal, desenfadado. Confiaba en todo mundo, hasta en los hombres más mal plantados; en consecuencia, amigos, y hasta parientes la hacían objeto de sus fantasías sexuales y conspiraban para poseerla.

Sintió un arrebato de celos. Entendió que la chica no sólo despertaba en él amor. El amor le conducía a la pasión, la pasión a la frustración celosa. Entre la frustración y el odio hay una leve frontera. Otras veces no la hay.

`Sólamente hace falta en ella, un poco del carácter renano, para ser perfecta. Sangre fría para todo, hasta en los momentos más emocionales. Absoluta desconfianza ante el forastero´.

La frustración aconsejó a Klaussen apagar el aparato, para no ver a la mujer de sus sueños coqueteando con los mismos que la acosan. El amor y la pasión se lo impidieron. Son cosas de la actuación escénica! Es posible que en la vida real ninguno de esos tipos tenga nada que ver con ella. Hasta es probable que los odie!

Klaussen esperó que finalizara el capítulo del serial, para enterarse del nombre de la actriz. Anotó en un papel y luego buscó ese nombre en la red Internet. Mientras buscaba, el corazón le palpitaba con fuerza. Pudo dar con la compañía para la que actuaba, teatro y horarios en donde protagonizaría en vivo durante toda una temporada, un drama de Tennessee Wiliams. Encontró incluso el correo electrónico de la joven

Después de varios intentos vía ordenador, pudo establecer contacto con la actriz. Le envió su fotografía y una apasionada carta en donde le preguntaba, qué le parecía la idea que un admirador suyo viajara desde Estados Unidos a España para verla actuar en vivo, estrechar su mano y depositar un beso en su mejilla.

Semejante aventura, significan puntos en el currículo de una actriz. Ella respondió, positivamente y halagada.

Antes de regresar a Alemania, a su viejo oficio de vigilante privado, envió Klaussen los primeros regalos, a los que adosaba cartas cada vez más declarativas a la joven. Eran regalos baratos; la crisis no permitía más. Cómo una criatura tan angelical no podrá entender la situación?

Cartas y regalos continuaron desde Kusel, Renania palatina. El detallismo, el rigor de la metodología, la mística supersticiosa, empujaron a Klaussen, ya en Madrid, a buscar un hospedaje en la calle Ballesta. Desde aquí recomenzó el envío de rosas y cartas. Pedía el enamorado a la actriz, le permitiera acceder a su camerino, luego de pasada la actuación. –No en el camerino; sí en el vestíbulo –contestó la carismática criatura.

En el drama de Williams, interpreta la chica, una adolescente dedicada a la travesura de seducir a un viejo obispo anglicano en grave crisis existencial. La perfección de la interpretación arrancaba grandes elogios de la crítica y del público. En Klaussen, sin embargo, hubo un arrebato de frustración que quedó oculto bajo su gélido carácter renano. La pasión amorosa le aconsejó sacar a su amada de ese mundillo tan falaz e hipócrita, que en aras de el arte y de ganar el pan, frecuente media el acto sexual, y sabe Dios si es real o fingido!

Finalizado el acto, –un admirador quiere verte –dijo alguien a la actriz. Fue hacia él. En las fotos mandadas no se veía mal, pero había algo en su fría mirada, en el tono de su voz… En fin, no era su tipo. Agradeció el ramo de rosas. Leería la carta en casa. Aceptó le acompañara a celebrar con sus colegas el éxito de la jornada, a la manera de la farándula, en un bar de copas. Y aceptó entregarle el número de su móvil. El le declaró su amor desesperado.
Ella respondió con desenfado: –Ya se te pasará. En el mundo de la actuación, suele suceder.

La escena celebrativa, con la participación de Klaussen, se repitió al final de cada función el resto de la temporada. Parecía que cada actuación servía para hacer a la joven actríz, más bella, más angelical y más carismática.

Antes de celebrar la última función de la temporada, dijo ella: –Tú estás enamorado de Alicia! Yo no soy Alicia!

Con una de sus enormes manos la tomó por el cuello; introdujo la otra mano a la mochila que siempre llevaba consigo, empuñó una pistola ballesta y disparó una flecha al rostro de la actríz. La chica fue ágil, volvió el rostro a un lado y la flecha pasó a un centímetro de ella.
Klaussen fue reducido por los colegas de la actriz. En su mochila se encontraron, flechas para la ballesta, grilletes, un recipiente con gasolina, una soga con nudo de horca, y una carta donde anunciaba, después del pretendido feminicidio, su propio suicidio.

jueves, 9 de julio de 2009

Estratega

El sacerdote se acercó a la cabecera de la esposa del alférez real y dijo: –Sosiégate hija y dime tus pecados.
Ella no le prestó atención y siguió con una sarta de incoherencias, mezcla de nahuatl y castellano que decía entre espumarajos que expulsaba por la boca.

En el Mercado, alguien le había dado una estocada en el costado, perdiéndose después el hechor entre la multitud. Dos semanas después, la gangrena le alcanzaba el cerebro. Las violentas convulciones que eso le provocaba, obligaba a cuatro sirvientes sujetar con fuerza cada uno de sus miembros.

–Cuatro caballos arreviatan a cada uno de mis miembros –decía–. Unos tiran hacia Tezcatlipoca. Otros hacia Satanás. Los únicos que conozco. Jamás se ha acercado a mí el Cristo redentor, de seguro porque los castellanos le afaman mucho, pero reniegan de él y le traicionan a cada paso… Dicen que a Cristo lo mataron judíos y romanos. Yo más bien creo que fueron los castellanos...

A cada palabra pringaba saliva que recaía sobre su cara. El religioso desistió de acercarle el crucifijo para que lo besara. Desde una distancia prudencial dibujó hacia ella una cruz en el aire. Tomó los santos aperos estrujándolos con ambas manos hacia su pecho y preguntó por el marido de la señora. –Salió hacia la funeraria, –le contestaron. Dio media vuelta el cura y abandonó el lugar. Antes de salir dijo a los sirvientes: –Es inútil. Está posesa, no se puede hacer nada. Dios se apiade de ella!

Poco antes de la llegada de los castellanos, acosaban a Chimalpain, señor de Paimala, al noreste los guerreros de Mahú Kutah. Al suroeste los guerrreros de Huitzilopotchtli. En diferentes fechas iban ambas fuerzas, cada año, a por el tributo.
La segunda esposa del cacique, Ximátl, Cacica de Xaltipa le convenció a que incluyera a la primogénita de éste (hijastra aún impuber de la cacica), entre las mujeres tributadas a los Mahú Kutah.
Ximátl alegó carencia de mujeres en el reino. Aseguraba además la sucesión al trono para su propio hijo.

Bastó un año para asimilar lengua y cultura de sus nuevos amos. La agudeza mental mostrada entre los mayas por la hija de Chimalpain, que había sido educada para la política y la diplomacia, despertó la suspicacia de la corte. Podría tratarse de una espía con instrucciones de su padre.

Recurrieron a la adivinación, los sacerdotes de Xibal Bal abrieron el pecho de un esclavo painala, examinaron su corazón, consultaron las constelaciones y dieron su veredicto. –El destino empuja a la hija de Chimalpain hacia la costa. Se unirá a un poderoso señor extranjero que viene a destruír a nuestro enemigo.

El cacique maya vendió a la hija de Chimalpain a un mercader xicalango.
Demasiada sapiencia en una mozuela es mal agüero. El xicalango la trocó por una carga de cacao a mercaderes putunchán que se dirigían a Chocan Putún, en donde éstos la vendieron al cacique. Chocan Putún juntaba el tributo que exigíeron los extranjeros al haber vencido en el campo de batalla: una carga de oro, una carga de plata, una carga de mantas, veinte mujeres y bastimentos.

Hernán Cortés repartió a las mujeres entre sus hombres. A la hija de Chimalpain rebautizaron, de Malinali a Marina, y fue asignada a Portocarrero. Marina protestó. Segun los augurios y las estrellas, ella debería desposarse con Cortés, el jefe. Cortés la miro de pies a cabeza. Sus ojos denotaban un brillo fascinante, pero sus pechos aún eran incipientes; sus caderas no eran pronunciadas, y desechó la sugerencia.

Demostró Marina acelerada asimilación del castellano. Dominaba además el maya, el nahuatl, la política, la diplomacia y la historia de la región. Entonces, envió Cortés a Portocarrero a España, y tomó a Marina para sí.

Marina puso en claro a Cortés qué pueblos eran los más poderosos enemigos de los mexica. Qué pueblos eran los pocos amigos con que los mexica contaban. –Sus enemigos, y aún los propios mexica os esperan como un dios libertador! –decía zalamera, Marina, al capitán general. No decía mentira, pero al propio Cortés le parecía un embuste.

Se unieron a Cortés los tributarios costeros de los mexica. A medida que avanzaba tierra adentro se le unían otros, y otros. Dió inicio a la campaña. Objetivo: México Tenochtitlán, capital de los mexica. Bajo el disfraz de amante del capitán general se ocultaba quien era la verdadera estratega política y diplomática de la gesta. Hernán Cortés continuó siendo un capitán general, ejecutor militar de la estrategia trazada.

Dos años transcurrieron de intenso enfrentamiento psicológico, diplomático, político y militar. Los combates decisivos fueron epopeya inenarrable. La debacle que sucedió a la rebelión de Cuautemoctzín hizo llorar a Cortés, porque se creyó sin estratega. Marina no aparecía en la reagrupación de sus leales derrotados. Pero ella lo esperaba en un recodo camino a Tlaxcala, única retirada posible. Cortés volvió a llorar. Esta vez de alegría. La victoria final de los castellanos estuvo asegurada.

Vino la pacificación y el reasentamiento. Dio a luz Marina a Martín Cortés, justo cuando el padre del chico daba por concluidos sus servicios estratégicos.

Casó marina con Juan Jaramillo, quien vendría a ser alférez real.

El capitán general, se volvió de mirada huidiza y meditabundo. Hablaba solo. Unos decían que le atormentaban innumerables muertos. Nuño Guzmán aseguraba que lo que realmente le atormetaba era la seguridad de los tesoros que tenía escondidos y que superaban en volumen lo entregado al rey. Le acusaron además de aspirar al virreinato, para luego coronarse rey independiente de España.

La acumulación de pruebas sería una tarea ardua. Alguien advirtió a Nuño que el archivo en donde con seguridad se encontrarían las pruebas necesarias, era la prodigiosa mente de Marina, hoy de Jaramillo.
Se formularían cargos. Se llamaría a Doña Marina a declarar.

Enterado Cortés de quien sería testigo principal, en la conjura. –dicen–, puso un kilo de plata y una daga herrumbrosa en manos del más fiel de sus leales. Un kilo de oro del tesoro de Moctecuhzoma sería entregado después de ejecutada la misión.

martes, 23 de junio de 2009

Amaguaña, Cacuango, Benedetti

La estrella del premio Eugenio Espejo, que se concede en Quito a luchadores sociales, estuvo ausente del acto. Los brindis de la fiesta hicieron que nadie, excepto Diego Montenegro, periodista, se preocupara demasiado.
Subió Montenegro sesentiseis kilómetros faldas arriba del Cayambe. En la Chimba encontró a Tránsito Amaguaña tomando el sol afuera de su choza.
Los kechua, muestran consideración a un anciano pobre, mediante una hogaza de pan.

–Porqué no me trajiste pan? –preguntó la anciana artrítica. Luego explicó–: La invitación vino muy tarde, y no preguntaban, si sería yo capaz de andar hasta Quito como cuando la lucha sindical; o si tenía dinero para pagarme un pasaje de bus.

El periodista se ruborizó, pero las preguntas continuaron. Una vez más, tuvo oportunidad, la anciana, de repasar los acontecimientos memorables de su vida.

Gran parte de la cosmogonía kechua mantendrá su carácter oral hasta la consumación de los siglos, accesible sólamente para quien masca la hoja de coca con el estómago vacío. Se explica entonces que entre los kechua, los más pobres sean los más sabios. Es la única forma de preservar la tradición oral en su estado puro. Aquí se establece que el infierno y la paz son períodos transitorios alternantes en el tiempo. Que en las entrañas del infierno anida el germen de la lucha entre el bien y el mal. Es hasta que vence el bien que sobreviene un período de paz. Esta victoria sólo es posible mediante la lucha despiadada, como la que elevó a Inti, al trono de los dioses.

Comenzó por recordar, Tránsito ante el periodista, que aquel señalado día, la reunión hubiese terminado a una hora prudente, y ella, hubiese podido regresar a su choza con las primeras sombras del atardecido; pero el carisma y los argumentos de Dolores Cacuango, mantuvieron en vilo a los sindicalistas durante toda la noche.
Regresó, de madrugada, sola, entre el valido de las alpacas, ladeando las estribaciones del Cayambe. Masticaba hojas de coca para combatir el hambre. Caminando, dedicaba un pensamiento a su hijo muerto, y a sus dos hijos vivos que eran la esperanza. No le preocupaba haber estado ausente de la familia la noche entera, porque al salir había dejado en el hornillo, una tinaja rebosante de gazpacho. El pensamiento que más ocupaba su mente, mientras caminaba, era el de trastocar su infierno personal hacia un período de paz.

Viéndola acercarse con pasos apresurados, –aquí estás puta desgraciada! –le gritó el marido desde el umbral de la choza– Dónde has estado? Putiando toda la noche?
No eran los celos que le impulsaban a gritar a su mujer de esa manera, sino la borrachera.

–Aguarda! –contestó sin detenerse–, arreglemos ésto sin necesidad de asustar a los niños!

Por toda respuesta el hombre se abalanzó hacia ella intentando afianzarla del pelo. Tránsito dio un paso atrás, el agresor manoseó el aire y cayó de bruces sobre el suelo. Se puso de pie y volvió a arremeter. Se liaron a trompadas. En el fragor de la batalla decía ella jadeante:

–Se llegó el día que tengo que saber qué clase de bestia eres! Eres mi marido o no eres mi marido? Soy yó tu mujer o no soy yó tu mujer? Merezco o no merezco respeto? Me matas tú o te mato yó, carajo!

–Si mueres, mueres en mis manos! –decía él.

–Si me matas, en tus manos he de morir! –replicaba ella, sin aflojar las trompadas, los arañazos y las patadas.

La batalla se prolongó todo el día y toda la noche. Acordaban treguas sólo para beber agua. Al atardecer del siguiente día habían las acciones amainado por agotamiento, pero la lucha continuaba inexorable. Los contendientes estaban exaustos y sangrantes; los moretones, cubrían el cuerpo a ambos. Los niños lloraban de hambre y miedo.

Según la tradición kechua, al atardecer del segundo día de irresoluta batalla marital, se hizo presente la comunidad en pleno. Los más ancianos juzgaron y emitieron su veredicto. Dieron de comer a los niños; hicieron dormir a los esposos en chozas separadas. La madrugada del día siguiente, el marido de Tránsito, con sus pertenencias al hombro, abandonaba la choza gritando: –Ahi te quedas vieja puta, por comunista!

En el período de paz que sobrevino, iban y venían Tránsito Amaguaña y Dolores Cacuango por la Pichincha y faldas del Cayambe. En esas idas y venidas, encabezaron veintiseis marchas sobre Quito. Libraron incesantes combates contra el acial, el garrote y las jaurías de perros de los hacendados, contra las marcas patronales en las carnes de los indios.
Pisambilla, Cariacu, Paquistancia, Mayurco, Cahupi, San Pablo, Pesillo, La Chimba, fueron testigos del nacimiento de El Inca, Tierra Libre, Pan y Tierra, sindicatos agrícolas. Después de éstos vieron nacer, la Federación Ecuatoriana de Indios, la Federación de Trabajadores Agrícolas del Litoral, y cuatro escuelas bilingües para niños y adultos de La Pichincha.

No eran, la Cacuango y la Amaguaña, ajenas al asecho de la tentación. Se les presentó en la quebrada de Yanahuaico, en la figura del cura de Cayambe. Les alargó el brazo con un fajo de cincomil sucres. –Tomen ésto y vuelvan al pacífico quehacer de sus hogares –les dijo el cura.
Ellas se tomaron de la mano y corrieron alejándose. Atrás resonaba la maldición del ministro de Dios: –Malditas brujas comunistas! A vosotras no es el reino!

Habrían de dar un salto las dos mujeres. Dolores Cacuango buscó estribaciones más altas de la cordillera. Tránsito Amaguaña cruzó el mar de las Antillas, a enlazar con el Che Guevara. Cruzó el Atlántico a contactar los soviet obreros y campesinos. Regresando, fue apresada y torturada, conminada a entregar las armas soviéticas que seguro traía consigo….

El periodista regresaba a Quito, con una buena historia que contar. No trajo pan, pero obsequió a la anciana un poemario de Mario Benedetti. Desde que leyó esos poemas la vieja, soñaba que la muerte en forma de poesía vendría a llevarla.

Sucedió al revés. Un domingo de mayo, durmió para siempre Tránsito Amaguaña, un domingo después hizo lo propio Mario Benedetti.