martes, 20 de octubre de 2009

La borrasca

Oscar vio la cabeza de Alvaro descender como escondiéndose debajo del lecho que le servía de cama; volvió la vista hacia arriba. Una masa de nubes pasaban velozmente hacia el sur. Le dio vértigo; al vértigo siguió un profundo vacío en el pecho. Volvió de nuevo la vista hacia donde había desaparecido la cabeza de Alvaro y lloró.

Estaba tendido sobre una estrecha repisa, de las dimensiones de una cama, a 6200 metros de altura, en la pared de un precipicio helado y ventoso. Area central de la cordillera Karakórum. Tenía fracturada la tibia y el peroné de la pierna izquierda, y la muñeca de la mano derecha.

Al lado izquierdo de donde estaba tendido, alzaba otra mole helada, el monte Baintha Brakk. Levantaba la cabeza para ver sobre sus pies, veía el glaciar Biafo; y si haciendo un supremo esfuerzo, se colocaba de lado para ver lo que tenía atrás de su cabeza, aparecía el glaciar Choktoi.

Alvaro descendía hacia el campamento base; la misión: movilizar al mundo al rescate de Oscar. Los clubes alpinistas son poderosos, movilizan incluso, gobiernos.

El llanto de Oscar duró segundos. Su deber era serenarse. Cada movimiento, cada caloría gastada, cada minuto del tiempo transcurrido es decisivo; lo sabía. Estaba ante las circunstancias, que gravitan obligadamente sobre todo montañista. Es parte de la emoción, del reto al carácter; del albur a que todo ser humano obliga la misma lucha diaria: vivir, morir o la mutilación.

Gran fortaleza física y mental era Oscar. Cualquiera empresa a que se dedicaba mostraba resultados extraordinarios. Era consciente de ello. –Pobres de los hombres, si hubiese yo optado por la carrera de banquero –pensaba–. La economía de un país es algo de obligada homologación. La fortuna acumulada por un sólo banquero, obliga a demasiados a la miseria.

Cuántas veces había meditado y discutido con sus seres queridos? Infinidad de veces!
En ese entorno todo estaba hablado y advertido; emocionalmente todo en orden. Esto le dio la misma tranquilidad del viejo que ante el momento crucial, deja su herencia justamente distribuida. Además, no todo estaba consumado. Había el precedente del rescate por helicóptero, en un caso similar al de él, en el mismo monte.

Se dispuso a echar un sueñecito; no se lo permitió el dolor de las fracturas, y un dejo de angustia en el pecho.
Alvaro se descolgaba por el precipicio, con la atención puesta en que según estadísticas, son ocho días la posibilidad de sobrevivencia en las condiciones de Oscar.

El primer día posterior al accidente, lo había utilizado Alvaro en escalar hasta donde tenían la tienda, rescatar y acopiar los medios que dejaba al herido: dos sacos de dormir, una funda vivac, dos cartuchos de gas, un infiernillo, y limitada comida.

Un día y medio le llevó el descenso hasta el campamento base. Llegó con la punta de los dedos semicongelados. Comenzó por alertar al personal de guardia. Es decir, el día tercero contactó y movilizó al club a organizar el rescate. Por la tarde se encargó al servicio meteorológico el pronóstico del tiempo sobre el macizo. No fue fácil. Regularmente entrando el otoño, a una semana de establidad, sigue otra de borrasca; mas a este antes ordenado ciclo, el cambio climático global lo volvía caótico, impredecible.

Desatada la borrasca, la única posibilidad de sobrevir para un escalador, es abandonar el ascenso y descender pausadamente hasta un refugio seguro.

–No es una borrasca cualquiera. Es la borrasca del Karakórum, el dios de la muerte –dicen los nativos de lengua urdu. Lo mismo opinan los escaladores extranjeros.

Luego de inútiles intentos, casi a la medianoche se logró conversar con el teniente coronel Rashid Ulah Baig, quien pilotó el helicóptero que protagonizó un rescate en similares condiciones un año antes. El oficial pidió lograsen, los interesados, la autorización del Estado Mayor.

El cuarto día, el teniente coronel Baig llevó a cabo un vuelo de inspección; examinó el lugar y desaconsejó el intento por helicóptero. Se completó el equipo de rescate, se contrató un grupo de porteadores nativos; pero llegado el momento de partir, algunos del equipo llegados desde España, se reportaron necesitados de un día más para aclimatarse. No hay mal que por bien no venga; se dieron cuenta que hacían falta dosmil quinientos metros de cuerda, y utilizaron el resto del día para acopiarlos en los bazares de Skardú.

Cinco días después del accidente comenzaron el ascenso. Durante duraron los preparativos había hecho un tiempo espléndido; sin vientos tempestuosos, sin nevadas, sin nubarrones a la vista. En el macizo montañoso, la estabilidad climática significa preludio de tormenta. Había que llegar hasta Oscar en término de tres días.

Un día les tomó escalar la cara sur del glaciar Uzum Bral, y medio día descender al lado opuesto para colocarse a la base de su objetivo. Avanzaban más lentamente de lo normal; llevaban a la espalda el doble de equipaje. Se adelantó una cordada para fijar mil setecientos metros de cuerda sobre la vertical pared helada.

Acometieron el ascenso, y aunque creían no estar tan alejados de las pausas de reglamento, estaban extrañamente extenuados. Pronto descubrieron la razón. Oscar y Alvaro habían arrancado la virginidad a una ruta más corta hasta la cima; que antes de ellos se consideró inexpugnable.

En realidad el reglamento estaba siendo violado. Obviaban altos para alimentarse y suprimían horas de sueño, con tal de avanzar más a prisa.

Poco antes de concluir la jornada del día tercero, reconoció Alvaro, a unos quinientos metros en línea vertical hacia arriba, la repisa donde yacía Daniel, y gritó un Eureka! que fue escuchado por toda la cordada.
Cirnió una llovizna helada que se transformó en granos diminutos. El viento trastocaba a ráfagas tempestuosas. Gruesas nubes oscurecieron el cielo. A los granulillos siguieron granizos del tamaño de ciruelas que caían como piedras sobre sus espaldas…

–Oh! –dijo en lengua urdu, el más experimentado de los porteadores– La borrasca del Karakórum!

Vista de lejos, la cordada parecía una larga serpiente ascendiendo sobre el hielo. De pronto se paralizó y emprendió el descenso..

lunes, 5 de octubre de 2009

El agravante

El ulema que supervisaba la ejecución del veredicto, alzó la mano derecha. La plebe cesó de arrojar piedras sobre la condenada. La mujer estaba enterrada hasta la cintura, en pleno centro de la plaza de Kismayo. El doctor de la ley dio instrucciones para que fuese desenterrada. La desenterraron los milicianos, la tendieron sobre el suelo y levantaron la manta que le cubría la parte superior del cuerpo. El cráneo y la cara de Asha Ibrahim eran huezos sanguinolentos. Abrió el único ojo que le quedaba y sacó la punta de la lengua entre los maxilares descarnados para expulsar restos de dientes. El doctor de la ley ordenó que la enterrasen otra vez del mismo modo que antes, y volvió a tender con imperio su mano derecha hacia la mujer, para que el populacho diera fin a la tarea. Pasados unos minutos, a otra señal de la alta autoridad, volvieron a desenterrarla, y la volvieron a descubrir. En lugar de cabeza había una masa informe y roja revuelta entre una maraña de pelo crespo.

Se frotó el rostro suavemente el ulema, volvió las palmas de las manos hacia el cielo, de pie y con los ojos levemente cerrados musitó un versículo del libro sagrado; luego dio media vuelta majestuosamente alejándose del lugar. No dijo nada a nadie. Los milicianos sabían lo que debían hacer con ese amasijo de huezos rotos, masa encefálica, carne y sangre, que antes se llamó Asha Ibrahim.

Los milicianos gritaron a coro algunas consignas guerreras referidas a la expulsión de las tropas extranjeras, y a extender su religión hacia todas las naciones de la tierra, tal como estaba profetizado. Luego procedieron a levantar los restos de la ajusticiada.

Asha Ibrahim no era oriunda de Kismayo, viajaba desde su lugar de nacimiento: el refugio Hagardeer, Nigeria, hacia Mogadiscio a juntarse con su abuela. Y si el tribunal que la juzgó, hubiese tomado como cierta la edad declarada por ella, catorce años, no hubiese dictado semejante veredicto, que según la ley no debe ser aplicable a menores de edad. Aunque hay eruditos que sostienen que es aplicable a toda mujer desde que haya tenido su primera menstruación.

En el campo de refugiados Hagardeer nacieron tres de sus cinco hermanos y ella, la menor de todos.
Tal sino estaba trazado de veinte años atrás.
Sorprendió la mañana, al primer erudito de el poderoso clan Hawiye, Shadi Sharif Ahmud, sin que hubiese podido pegar los ojos en toda la noche. Era la cuarta y consecutiva vez que sucedía. Ya no sucedería más. En la cuarta noche le fue revelada la misión histórica del clan: la pureza de la fe; separar el grano malo de la miez sana.

Al día siguiente de la revelación, lanzaron su ofensiva las milicias de los Hawiye, sobre el clan Galgale, amigos de los herejes extranjeros; resultado de lo cual los padres de Asha Ibrahim, se vieron cruzando la frontera y asentados en Hagardeer.

En Hagardeer deliberó el consejo de ulemas de los galgale, y discernieron que la poca rigurosidad en materia de tradición, granjeaba a los galgale, poderosos enemigos como los Hawiye.

Toda niña refleja en su rostro el culmen del espanto, la decepción, el dolor, en el momento culminante del ritual ablatorio, para luego sumirse en el llanto inconsolable. A los siete años de edad, en Asha fue igual, pero no lloró; se mordió la lengua, echó espuma por la boca y perdió la conciencia. La matrona lo tomó a bien. –Cuando no lloran –dijo–, es señal que serán mujeres hacendosas, de fuerte carácter, excelentes madres, fieles esposas.
A partir de ese acontecimiento, una vez por semana, perdía la conciencia Asha enmedio de convulsiones y espumarajos en la boca. –Es epilepsia –le dijo Antoanett, médico internacionalista a Shadia, madre de Asha, quien fue incapaz de entender la argumentación que explicó la doctora. –Un horroroso trauma, es capaz de derivar en epilepsia –dijo Antoanett. Shadia estaba segura que en la yerbería del mercado de Mogadiscio habían las hierbas necesarias para curar a Asha. En Mogadiscio vivía aún la abuela de la criatura.

A medida que crecía Asha, disminuían los ataques de epilepsia, pero sin atención especializada, fuera del refugio, era improbable que desparecieran completamente, según el diagnóstico de, Antoanett.
En su cumpleaños catorce, Ibrahim, su padre, le dió la gran sorpresa. Puso en sus manos una faltriquera con veintemil chelines somalíes. Lo suficiente para viajar hasta Mogadiscio en bus. Tendría que viajar sola, instalarse donde la abuela, con auxilio de ella, acudir a la yerbería del mercado y adquirir lo necesario para iniciar su tratamiento.

Viajaba Asha al lado de la ventanilla, para no perderse nada del paisaje polvoso, para ella desconocido; y sin embargo, su patria. El corazón le latía con fuerza
Los pasajeros del expresso hacia la capital durmieron sobre las bancas de la terminal de buses de Kismayo. En teoría continuarían el viaje al siguiente día, pero los combates sobre la carretera a Mogadiscio, lo impidieron a lo largo de una semana. El dinero de Asha se agotaba!

Sintió necesidad de movimiento. Salió de la terminal a deambular y distraerse un poco. Al regresar Asha, el autobus no estaba! Había partido sin ella! Se sentó en una banca y echó a llorar.
Se acercaron tres milicianos. –Qué sucede? –preguntaron.
–Me he quedado sin dinero y necesito llegar a Mogadiscio –dijo.
–Ven con nosotros, podrás ganar algún dinero –dijeron.
Llegaron a una playa desierta.

La ablación convirtió el sexo de Asha en un mínimo orificio. A la violación que la sometieron los milicianos, volvió Asha a morderse la lengua y a echar espuma por la boca, con el espanto reflejado en su bello rostro de armoniosas facciones.

Los milicianos del Ejército de Dios, desconocían lo que era un ataque de epilepsia y también se espantaron.
Así que regresaron llevando a Asha esta vez en calidad de detenida, presentáronla ante el tribunal de eruditos, y la acusaron de adulterio, prostitución, resistencia a la autoridad y posesa de demonios; con el agravante de pertenecer al clan Galgale.

martes, 22 de septiembre de 2009

Reportero gráfico

En Concepción, una de las zonas más deprimidas de San Salvador, apareció el cadáver del reportero gráfico francés a pocos metros de su vehículo, con cuatro balazos en el rostro. No le habían robado nada.
En el pasado había documentado el conflicto armado y la firma de la paz. Volvió con el propósito de documentar la ruta de progreso que se prometía en los acuerdos.

Lo que encontró le llenó de incertidumbre. No había progreso; al contrario, los tugurios marginales habían desbordado invadiendo zonas, antes de clase media baja.
En las entrañas de los tugurios había surgido un nuevo estrato social: las maras. La mara son muchas clicas (células) con vocación gubernativa. Imponen mediante coacción armada, un gobierno autoritario en los propios tugurios y amplias zonas alrededor de éstos.

Entre las maras rivales hay un estado de guerra permanente por el control de población y territorios. En toda guerra, hay ceses de fuego, pactos y alianzas.
De pactos y alianzas intermaras resultó que sus zonas bajo control cubren todo el país, y sus ramas se extienden por Centroamérica, México, Los Angeles…Ya hay germen de maras en Madrid. Sus palabreros (jefes de clica), aseguran que cubrirán el mundo entero.

No es difícil identificar un marero. Se tatúan el cuerpo con los símbolos de su mara o su clica, con el nombre de los rivales que han matado, o con cualquier otro símbolo que les exite. Los más exaltados se tatúan el rostro.
En la zona sobre la que gobiernan sólo se admite la presencia o el domicilio de, policías, abogados, jueces, o funcionarios, leales. Los otros son condenados a muerte. Ejecutan sus sentencias con eficacia suma.
Todo gobierno vive de su capacidad recaudatoria. Las clicas cobran peaje a los transeuntes, a los pasajeros de autobuses; establecen tasas impositivas a todo tipo de actividad económica en sus territorios; quien se resiste es asesinado sin contemplaciones. Exceptúan a la gran empresa. La gran empresa se protege con vallas infranqueables y guardias mejor armados y entrenados que las clicas.
La obsesión del fotoreportero francés era el hombre. Se interesaba en documentar la raíz, más que las ramas del fenómeno humano. Se puso en manos de una clica y pidió ser llevado a la presencia del jefe; tenía algo importante que decirle.

Al Culebra (el jefe), le cayó bien el extranjero; consensuó con el francés, la necesidad que el mundo entero supiese de la existencia de la mara, y accedió a su oferta. A cambio de una suma, se le permitiría convivir entre ellos, y filmar su vida cotidiana, en el marco de claras excepciones. Cada noche el Culebra, revisaba y sensuraba lo filmado, para que cualquier evidencia comprometedora fuese omitida.

Se le permitió filmar, por ejemplo, la primera etapa de la ceremonia en que la Pipiripao se casa con la clica principal (clica de jefes). La ceremonia comienza con un desnudo completo que la novia dedica a los cinco jefes mientras ellos beben, y fuman crack (cocaina fumable). La segunda etapa en que la Pipiripao practica sexo con sus cinco maridos a la vez, fue exceptuada, no por escrúpulos morales, sino por que el falo del jefe primero no era el más voluminoso; lo cual podría dar lugar a escarnios de mortales consecuencias.
Tampoco se le permitia filmar los vehículos que llegaban desde la frontera oriental, a cuyos conductores, la mara debía alojar, proteger, y garantizar que cruzaran la frontera occidental, en su ruta hacia Los Angeles California.
Esa noche le dijo el Culebra: –Vení periodista, te convido a un entierro, pero no vayas a filmar. Fueron allá. En una sepultura abierta dentro de una casa destroyer (confiscada por la clica), enterraban un cadáver sin ataud. Los enterradores fumaban crack. El difunto tenía el rostro perforado a balazos. –Así mueren los que vacilan (engañan) a la mara –dijo el Culebra.

De regreso, pasaban frente a otra casa destroyer, en cuyo interior se oía una disputa. –Llevate ese mono cerote a que chille en otra parte! –gritó una voz de hombre.
–Y porqué no lo llevás vos? Pues sí, yo lo parí pero vos echaste el polvo! –contestó airada una voz de mujer.
Pareció que del interior de la casa arrojaban un muñeco hacia afuera. Era un niño de pocos meses que al golpear contra el suelo dejó de llorar, pero seguía con vida.
–Puedo filmar? –preguntó el francés.
–Porqué no? Es tu trabajo!
–Desgraciado! –gritó la mujer a su marido. Salió de la casa, recogió al infante, y lo acunó en sus brazos. Le echaba con la boca humo de crack, en la carita, tratando de reanimarlo.
–Si muere –explicó el Culebra mientras seguía caminando–, es que no merecía vivir; y si vive será un marero duro.
Al cabo de dieciocho meses de cotidiana filmación sensurada, se despidió el francés de sus hospederos. Organizó el material documentado y partió a presentarlo en los centros de gravedad de la industria fílmica internacional.
El éxito de mostrar un mundo cuyas insólitas entrañas son conocidas sólo por los habitantes de ese mundo, hizo regresar al reportero con la idea de rodar el capítulo segundo de la obra, aún cuando la polvareda levantada por el capítulo primero no estaba asentada.

El fotoreportero francés fue abordado por otros periodistas: –Las maras son producto de la miseria social y ambiental que provoca la empresa privada.
–Maldito comunista! –reaccionó el gremio patronal.
–Se necesita un segundo acuerdo de paz, esta vez con las maras! –dijo.
–Peligroso tipo! No? –murmuró el amplio espectro de la clase política.
–Somos eslabón en la ruta de la cocaina hacia el mayor demandante del mundo! –declaró.
–Fucking with you! –espetó alguien desde la embajada.
–El crimen organizado es altamente jerarquizado con metástasis hacia el Estado. El Estado no padece impotencia, sino falta de voluntad! –repitió.
–Maldito Culebra! Cómo se le ocurrió dar tanto cobijo a este tipo?! Algo tiene que hacerse –dijo el diputado al subcomisionado.
–No vea hacia mí, estoy bajo sospecha.
–Bueno! No sé quién tendrá que hacerlo, pero alquien tiene que parar a ese hijueputa, y pronto!

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El secreto

–¡Pero hombre! El experto internauta eres tú! Según lo poco que yo sé, sólo un habilísimo hacker podría retirar un video de la red, sin consentimiento de quien lo colocó; de lo contrario, sólo es posible hacerlo, para el que lo colocó.
–¡La que lo colocó!
–¿Una mujer?
–¡Es mi más fundamentada sospecha!... Pienso entrevistarme con ella; demostrarle que tengo armas con que destruir su reputación de esposa, si no retira de la red ese video que filmó de mi actuación, sin yo saberlo.
–Sé que no eres experto internauta, ni es una consulta técnica lo que quería hacerte. Busco una pista que me permita desembrollar la maraña en que se ha convertido mi vida.

“… Mi sueño es casarme con Matilde, formar un hogar con ella, darle muchos hijos; y que envejezcamos juntos. El amor que siento por ella es tan inmenso, y ella tan inocente, que siento asco de mí, y para no mancillarla con mis inmundicies, la evito en los momentos que ella, seguramente, más ansía de mí.

Creo en Dios por sobre todas las cosas. El sabe que hago lo que hago por necesidad.
Tengo focalizados los puntos de referencia que me permitirán salir de este laberinto; pero necesito conversarlos con alguien de mi entera confianza como tú.
Tu sabes, tengo diez años de andar en esto, pienso dejarlo todo, el físico culturismo, la danza, y lo demás, dentro de dos años, cuando cumpla los treinta; luego casarme. Para entonces Matilde habrá cumplido dieciocho. Un día de éstos pienso declararle mis intenciones.

Mis intenciones son honestas; en todos los años vividos de esta peculiar clandestinidad no he perdido el sentido de la ética que adquirí en las aulas universitarias. Lo demostré esa vez que me contrataron dos jovencitas. Me parecieron casi niñas, les pregunté la edad. –Dieciocho –me dijeron; pero cuando con engaños pude consultar sus carnets de estudiantes, supe que eran quinceañeras. Ahí mismo deshice el trato y me alejé de ellas. Un problema con la justicia sería letal para mi futuro; pienso retomar el ejercicio de mi carrera profesional.

Mi falta de idoneidad; en otras palabras, los escrúpulos que aún me acompañan, son signo que tengo capacidad para salir de esto. Por ejemplo, soy incapaz de hacer efectivos mis servicios a clientas demasiado desagradables, a las demasiado viejas, a las minusválidas, o a homosexuales masculinos, aunque sean funcionarios del gobierno. Estos son de los que mejor pagan, pues también compran el silencio profesional. Como aquel ahora ex ministro que sin yo exigirle, aún me retribuye, para que no mencione su nombre en ninguna conversación. De ministro, organizaba orgías con jovencitas, en las que yo ejercía de fauno. En el culmen del bacanal, el funcionario disfrazado de mujer yacía con uno de mis colegas.

La mayoría de mis colegas no hacen excepción alguna; y no los culpo, la necesidad tiene cara de perro.

Mi falta de profesionalismo en estas lides, no deja de ser espada de Damocles que amenaza mi propia existencia, como aquellos casos: el religioso que me anunció el potro de los tormentos; y el militar, la muerte por sicariato, porque me negué a acceder a sus requerimientos.
A lo que se saca mejor partido de este negocio es que se cobran dos tarifas por separado: la de striper que es espectáculo visual; y la de la satisfacción física. Rara vez el cliente prescinde de lo segundo. Pero cuando me contratan sólo como striper, no permito que me pongan las manos encima.

No es el aspecto físico del oficio lo que me sumerge en la maraña emocional que me tiene en constante jaque; sino el fenómeno psicológico, como la vez en que aquella mujer requirió de mis servicios para hacer un triángulo con su mejor amiga. Me recogió en su auto en Metrocentro y me llevó hasta su casa. La amiga de la mujer era mi tía materna. Desde luego que no hubo triángulo, sino una situación confusa muy cargada psicológicamente. El choque fue de un impacto hasta entonces desconocido. Ni ella ni yo damos muestra de superarlo. Desde entonces nos volvimos un par de desconocidos que evitan en lo posible encontrarse frente a frente.

En este territorio se movería como pez en el agua, un psicólogo. Yo no puedo evitar sentirme como Dante en el infierno. Hay círculos en los que me contratan hombres para satisfacer a sus esposas, mientras ellos observan. En otros me contratan mujeres, sólo para excitarse y luego yacer entre ellas.

Hay círculos que nunca visitaré, por lo mismo, por los escrúpulos que aún conservo, y por mi propósito de retornar a la normalidad de la vida. Pero en las más oscuras de esas profundidades hay más círculos, de los que hay en la superficie. Poliandria, sadomaso, pedofilia, zoofilia, necrofilia, coprofagia, vampirismo, canibalismo….. Los he divisado de cerca, pero nunca me he atrevido cruzar esos umbrales, porque son como la mara salvatrucha; o como el mismo infierno de Dante: “quien allí se atreve, pierda toda esperanza”.

¡Claro está! Esto es un submundo de clase alta; o mejor dicho, de clase media alta para arriba. Y no es que en la mente de los pobres no haya lugar para la perversión de la fantasía; en el pobre ocurre que la sobrevivencia, ocupa absolutamente toda su disponibilidad de tiempo; por eso Dios les concede el don de la inocencia…”

-Espero nunca fastidiarte de tanto acudir a ti con el mismo discurso, en la búsqueda de la pista clave. Sé que al final, juntos, daremos con la espada con que abatiré al Minotauro. Juntos, hallaremos el `hilo de Ariadna´ liberador.

Alzó su copa el discursante, a la vez que lo hacía su contraparte y dijo: –¡A tu salud!
La copa chocó con el vidrio interpuesto entre ellos.

Su deseo de confesarse con el más fiel de sus amigos era auténtico; pero se lo impedía su absoluta desconfianza en el género humano.

Se emborrachaba primero, y ya borracho, se daba a conversar consigo mismo frente al espejo. Unica forma de asegurar la preservación de su secreto.

lunes, 31 de agosto de 2009

Sentencia

Se hizo presente en los juzgados un nutrido contingente policial. Había que desalojar de la sala a los alborotadores. El caos desatado impedía al juez completar la lectura de la sentencia.
Están corrompidos los tiempos. Antes, bastaba el eco del nombre de Nebet Hanut, para que jueces y fiscales se pusieran de su parte.
La riqueza material es la mejor muestra de bon homía. Sólo el buen juicio de un hombre le permite acumular riquezas. La riqueza de un hombre es riqueza para el país. Es natural que la ley esté al lado del hombre juicioso.
El acusado no salía de su asombro, pero algo le decía que la sentencia dictada no se cumpliría.
Era uno de los hombres más necesarios para el país, para las cajas del fisco, para las gentes que dependían de sus negocios. Había ocupado un curul en el parlamento durante mucho tiempo. Conservaba buenas relaciones con el presidente del país. Si abandonó el ámbito del poder político no fue por desavenencias, sino porque sus negocios requerían su presencia directa.
A Nebet Henut, el procesado, cincuenta años de edad, se le concedía por penal su domicilio. Acudieron a él sus cinco esposas y sus veintitrés hijos a fin que mantuviera la moral en alto.
Siempre que la cantante Akesha Menehem, veinte año menor que él, acudía a su mente (sucedía intermitentemente, de día y de noche), se dio en Nebet Henut un reflejo impulsivo. Mordía el cigarrillo para luego escupirlo; destripaba un tarro de cerveza entre los dedos; lanzaba contra el suelo un vaso de té; volvía la vista y las manos crispadas hacia el cielo.
En ausencia de Akesha, lo cual no era infrecuente, en su Porsche descapotable, erraba entre las pirámides, se plantaba ante la esfinge y la interrogaba.
¿Porqué era él incapaz de llegar al fondo del alma de esa mujer, con la misma facilidad con que lo había hecho con las que eran sus esposas?
¿Qué poderosa fuerza determinaba que en lugar de ser ella esclava de la voluntad de él, sucedía lo contrario?
La carretera que baja del Valle de las Reinas antes de llegar a la gran pirámide, rodea la base de una colina sin nombre, tan cerradamente que obliga a la precaución.
Antes de los hechos, entrado el Porsche a la base de esa colina, le asaltó el recuerdo de Akesha; pisó a fondo el acelerador. Chirriaron las llantas, el velocímetro marcó más de cien, una fuerza centrífuga empujaba el auto afuera de la carretera; el conductor viraba con fuerza el volante, y pisaba con furia el acelerador. De pronto, un brusco frenazo, el grito de un hombre, un tropel de cabras, un reguero de sangre sobre la carretera; el Porsche fuera de la calzada y Henut al volante, completamente aturdido. En las cercanías no habían otras almas.
Dio marcha atrás con la idea de abandonar la escena; pero las llantas solamente deslizaban sin mover el auto. Estaba atrapado en un pedregal.
El rebaño pertenecía al hermano del muftí; el muerto uno de sus sobrinos. Demostraron sin embargo los abogados del magnate, con brillantez, que la causa de tales incidentes es el abuso de los cabreros que abordan las carreteras, peligrosamente para el tráfico vehicular.
Aconsejaban no obstante, piedad y tradición, ofreciera Henut, algún dinero a la viuda, según su propio criterio. Así lo hizo.
Formalmente Akesha Menehem pertenecía al rito moronita; pero en su fuero interno se decía atea. En el acervo de Líbano corre también una vena jacobina; para triunfar en el arte, hay que alzar el estandarte de la libertad, tan alto como se pueda.
Nebet Henut era piadoso. No siempre le permitían sus múltiples ocupaciones acudir puntualmente al llamado del almuédano; mas cuando le era oportuno se prosternaba cinco veces al día hacia la ciudad sagrada.
Akasha Menehem nunca mintió a Nebet Hanut, desde el primer día que la contrató, con todo y el cabaré beirutí, Vintage, donde cantaba ella viernes y sábados. Los contrató para festejar a sus amigos íntimos dos días seguidos. –La pasión de mi vida es mi carrera de cantante; mi única ilusión, los laureles del triunfo –explicó ella a las pretensiones de él.
–Hago mías la pasión y la ilusión, tuyas –replicó él.
–El matrimonio y la fidelidad son incompatibles con mis anhelos –dijo ella con bastante descaro.
En ese momento Nebet Henut recibió la primera estocada en pleno corazón; y su cerebro albergó el primer negro presentimiento. Nadie de los invitados se dio por enterado que mientras ellos brindaban alegremente, el poderoso magnate agonizaba. Regresó de Beirut, como contagiado de alguna peste; pero cada viernes volvía al Vintage, y volaba a El Cairo hasta el día lunes.
Antes volaba Akasha los domingos a Dubai, donde fijaba su residencia; ahora lo hacía ella también los días lunes. Llegaban juntos al aeropuerto.
La situación parecía estable, hasta ese fatídico viernes que la cantante no subió al escenario. Le explicaron al distinguido cliente que ella se encontraba en una jornada fotográfica, para una revista de adultos, en las pirámides de México, Teotihuacán.
Había un error en el método de Henut para desfacer agravios. Pagaba previamente la mitad de lo prometido, para pagar la segunda mitad una vez ejecutada la tarea encomendada. Y sin embargo, una vez logrado el objetivo, quizás involuntariamente, echaba al olvido el pago de la segunda mitad.
Hubieron dos factores decisivos que torcieron la infalible suerte de Nebet Henut. El primero de ellos fue que esta vez el sicario contratado no estaba en condiciones de olvidar el pago de la segunda mitad.
–Se sentencia al condenado a pagar con su vida en la horca –leyó el juez.
La ley concede al gran muftí la potestad de confirmar o anular las sentencias de los jueces. El otro factor decisivo fue que, finalizados los argumentos del acusado, pletóricos de apelaciones al misericordioso, dichos en su propia defensa; murmuraron los labios del gran muftí la sura ocho del Corán: –Hay entre los hombres quienes dicen, “Creo en Alá y el Ultimo Día”; pero no creen.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Fe de erratas

El Sábado primero de agosto fue un día aciago. Viniendo de la bicicletería, donde había cancelado una alta suma en reparaciones, a media distancia recorrida, se desinfló la llanta trasera de la bicicleta del escribidor. Despotricó largamente en contra del bicicletero, pero no hubo remedio. Tuvo que caminar hasta su apartamento, bajo una lluvia pertinaz. Al llegar, estaba obligado a acometer la reparación de inmediato.

Pasó la lluvia, alumbró el sol, por lo que el aludido decidió trabajar afuera. En eso vio la silueta de Ogaret Maadi que venía hacia él y se alegró. Quién no se alegra viendo llegar a Ogaret?
De lejos Ogaret, nacida en Alepo y crecida en Líbano, donde una esquirla le perforó el huezo ilíaco, puede confundirse con un ángel vaticano tallado en marfil, aunque ya de cerca puede ser, impulsiva y peleadora, si se le provoca.

Presume Ogaret, y con razón, de dominar la lengua hispana, y para no perderla se ofrece como secretaria a las columnas del escribidor.
Este acepta, cualquiera diría, con demasiado entusiasmo. ¿Quién es el insensato que no se va a alegrar de semejante ofrecimiento?

Se conocieron hace tiempo, en la escuela donde se introducían a tomar contacto con los ordenadores.
Hasta entonces, los sirios que se movían en el entorno inmediato eran musulmanes, por lo que su compañero de clases y vecino la consideraba como tal.

Una tarde de invierno, se encontraron en la puerta del edificio donde ambos vivían. Subiendo escalera arriba hacia donde se situaban sus respectivos domicilios, en breves segundos, aún sin hablar correcto sueco, abordaron diversidad de temas. –Soy cristiana –afirmó ella.
–No te lo puedo creer –dijo él.
–Soy capaz de demostrarlo –insistió.
–De qué manera?
–Si me convidas a un trago de whiskey, para combatir este frío terrible, lo aceptaré con gusto.
El escribidor explicó que el desempleo le impedía tener tales lujos en casa.
–¿Pero cómo? ¡Un cristiano que no tiene un trago de whiskey en su casa! ¿Qué clase de cristiano será?

El explicó que vistas así las cosas es justo que se le considerara a él, creyente no practicante, heterodoxo, o tal vez, hereje. No importaba. Lo importante era condescender fraternalmente con el género humano.
Percibió en los ojos de ella, el dejo lastimoso con que se mira a los diletantes. Ogaret abrió la puerta de su apartamento y lo invitó a pasar. Puso las bolsas que traía sobre la mesa del comedor, encendió la cocina; puso un caldero con agua, sus dos hijas llegarían hambrientas, había que preparar algo de comer. Marido ya no esperaba la recién divorciada. Abrió la alacena, sacó una botella de whiskey escocés, sirvió en dos vasos, le alargó uno a su acompañante. Este tomó el vaso por la base. Ella chocó su vaso con el otro y dijo. –¡Salud!
–¿Hablas español?
–¡Me encanta el español! –dijo con acento arabizado.
Fue así que surgió la idea de ser la eventual secretaria del escribidor.
Reparaba pues su bicicleta el susodicho, y absorto ante el cadencioso paso de Ogaret, apenas percató que en sentido contrario a ella, pasaba el presidente de la asociación de poetas de la lengua, con un ejemplar de Incumbencia enrollado, en la mano. Era la edición del 31 de julio del 2009. Al escribidor pareció que el presidente hacía el ademán de saludarlo, porque alzaba el brazo en que llevaba el semanario. Ogaret, cuyos glaucos ojos tienen la propiedad de descubrir lo que esconden los hombres en el corazón dijo. –¡Cuidado, ése lleva esbozada la sonrisa de una aviesa intención!

Más tarde se supo que no era saludo lo que el presidente hacía alzando el brazo con el semanario en la mano, sino pretendía mostrar el cuerpo del delito.
Aún conversaba el escribidor con esa mujer indescriptible, cuando circuló el correo poético, convocando a membrecía y simpatizantes a una urgente y extraordinaria reunión, con un punto único a tratar: desenmascarar farsantes.

Apuró su labor el escribidor para llegar puntual a la convocatoria.
Hay en la genealogía de Ogaret cierta vena hechicera. Consulta el horóscopo, domina la cartomancia de igual manera que la quiromancia, la adivinación y otras artes no menos ocultas. Dijo: –No vayas, he visto las cartas, no hay buenos augurios, he preparado en casa esa sopa de habichuelas que tanto te gusta.

Una sopa de habichuelas preparada amorosamente por las manos de Ogaret, sobre todo en un atardecer de fin de semana, puede ser preferible a las interminables disquisiciones de los poetas. El escribidor se dejó llevar.

Por el hecho mismo de los avances de la tecnología, Internet, el teléfono móvil…, antes de finalizado formalmente el consistorio poético espontáneamente convocado, fueron públicas sus incidencias. Los augurios no mentían había montada una emboscada contra el escribidor.
El presidente argumentó: “sin necesidad que alguien le despoje, por sí sola cae la careta del farsante en la página veinte de Incumbencia. La sequía extrema que abatió media Europa sucedió en el siglo XV, y no en el XVIII, como el impostor expresa, bajo el título El mapa, en el renglón cuatro del antepenúltimo párrafo”. “Y no es ésta la única aberración histórico literaria en que incurre el indiciado”, acuerparon otros, esgrimiendo el breviario de Luis María Carrero. –Aquí se demuestra fehacientemente que no fue de Enrique Alvares de Córdoba, comandante de la Santo Tomé, que el genovés obtuvo el mapa de Toscanelli, sino de Alfonso Sánchez de Huelva, comandante de la Santa Susana!

El escribidor opinó que a excepto de el exacto siglo en que la sequía extrema abatió Europa occidental, todo lo demás, es discutible.
Tomándola amorosamente de las manos, y acercando sus labios al oído de ella, inquirió: –¿Cómo pudo ser posible Ogaret?
Ella, que entre sus artes, tiene la especial habilidad de eludir cualquier trampa que se pretenda tenderle, se soltó de las manos del escribidor, con desenfado, pero con la más letal indiferencia.
Dijo la siriana: –Sucede con frecuencia en este oficio, y puede ser error de mecanografía o un lapsus mentalis, y se aclara escribiendo una nota marginal rubricada, fe de erratas.

martes, 11 de agosto de 2009

El mapa

Cayeron las sombras sobre Venecia. En su palacete, Benvenuti Constanza, propietario de la flotilla veneciana trajinante del Adríatico, ordenó le sirvieran la cena.
–¿Ha llegado el genovés? –preguntó al contramaestre del puerto, que llegaba a rendir la jornada del día. La pregunta hubiese sido: ¿Ha llegado el Marco Polo?, pero decididamente, le impresionaba a Benvenutti, más que su propia nave, el hombre que la capitaneaba.
A esa hora el capitán del Marco Polo, luego de desestibar en la aduana los fardos que condujo desde Alejandría, cenaba en una de las hosterías del puerto.

En la mesa del comedor, el azar le colocó frente al Capitán Alvarez de Córdoba, que hacía planes de dirigirse a Génova por tierra.
El vino estaba sabroso; el de Córdoba se puso locuaz. –Abandono estas malditas aguas infestadas de piratas (el Adriático), –le dijo al genovés.
–¿Qué pensáis hacer?
–Tengo en mi poder el mapamundi de Toscanelli. Buscaré la ruta a la India por el oeste!
No eran pocos los marineros interesados en semejante aventura. El genovés tenía un hermano cartógrafo en Lisboa. Habían pasado veladas enteras debatiendo pro, contras, posibilidades… Su hermano le había convencido que el mapa de Toscanelli era decisivo.
–Dónde tenéis el mapa, lo puedo ver?

Estaba hablador de Córdoba, pero no borracho; bajó los párpados para que su interlocutor no viese en sus ojos el brillo de la malicia. –Lo tengo aquí –dijo, llevándose un índice a la sien–, en la cabeza! Con la punta del cuchillo comenzó a hacer trazos sobre la mesa. Bosquejó la Península Ibérica y la costa occidental del Africa; las Azores, las Canarias; las Cabo Verde. –Cualquiera de éstos archipiélagos es buen punto de partida –dijo–, navegando de setecientas a ochocientas leguas, siempre hacia el oeste.

Apoderándose de Constantinopla, cerró el turco la ruta de las especies. A estas alturas de la historia, las potencias europeas eran ya incapaces de prescindir de las especies asiáticas. Quien quiera que descubra una ruta alternativa, se volverá tan rico que no tendrá necesidad de continuar en el arriesgado oficio de eludir piratas sobre los derroteros de la mar.
El genovés pareció ausentarse, no decía más nada. No por desdén; hacía sus propios cálculos. No tenía el mapa de Toscanelli, pero conoció la precocidad de un niño austríaco, llamado Nicolás. El niño prodigio, enunciaba su hipótesis, únicamente en forma verbal, durante tertulias informales, asombrando a los eruditos.

Toscanelli medía la hipotética redondez del mundo, basándose en el sistema ptolomeico; éste adoptaba el método geodésico de Posidonio.
El mozalbete austríaco se basaba en el sistema pitagórico, y adoptaba el sistema geodésico de Eratóstenes, perfeccionado por Hiparco.

Dado caso que el niño Nicolás estuviese en lo cierto, la distancia occidental hacia las Indias, sería en realidad cinco veces mayor de lo calculado, lo cual la haría innavegable para cualquier nave. Se necesitaría tres veces el peso muerto en bastimentos y agua; no existía alimento alguno capaz de conservarse a lo largo de semejante travesía.

–La inversión que se necesita está sólo al alcance de un rey –dijo al fin el genovés.
–¡Hombre –reaccionó el de Córdoba–, los mercaderes son más ricos que cualquier rey! La hermandad mercantil genovesa pondrá la Santo Tomé a mi disposición. Marcho a Génova a ponerme al frente del proyecto.

Nadie es profeta en su tierra. En Génova el capitán del Marco Polo, era un perfecto desconocido; ahí ni siquiera se le tenía como genovés, sino como judío!

El de Córdoba comprendió que había hablado demasiado, bebió un último sorbo de vino y se marchó. El pálido rostro de su interlocutor estaba rojo de envidia.

Dos años después de esta conversación, capitaneaba el genovés hacia Lisboa la nao Romana, así bautizada por su aguda proa de cedro libanés. Un velero de bandera negra le cerraba el paso en el estrecho Gibraltar. El capitán era temperamental. Confiado en la robusta proa de la Romana, en lugar de arriar velas, ordenó al piloto enfilar de frente hacia el velero corsario. El impacto fue brutal. Las dos naves quedaron hechas añicos. Moribundo el genovés, fue vomitado por las olas en la playa de Algeciras.

Recuperado, visitó a su hermano cartógrafo. Conversaron. Había un mapamundi de Toscanelli en los archivos de la corte del rey Juan, pero no estaba a disposición del público. ¿Sustraerlo? ¡Ni pensarlo!

Volvió a Venecia el genovés, decidido a abandonar tan peligroso oficio; recuperó los limitados ahorros de su vida. Regresó a Lisboa; casó con Felipa Moniz, y la llevó a vivir a la menor de las islas Cabo Verde (zona libre de piratas), reconvertido a humilde pescador.
Pescaba, salaba, recogían lo salado los mercantes que cubrían la ruta Lisboa, Cabo Verde. Por las tardes, cenaba, bebía vino, salía afuera a auscultar las constelaciones, a confrontar las afirmaciones de Toscanelli, con las del niño austríaco. Después entraba a casa y solazaba viendo crecer el vientre de Felipa Moniz.

El primer domingo de agosto del primer año de la sequía extrema que abatió la Península Ibérica en el siglo XV, ennegreció el cielo sobre Cabo Verde y llovió tempestuosamente una semana completa. Al escampar el segundo domingo, se volcaron el genovés y sus vecinos al rescate de cinco náufragos que habían amanecido tirados en la playa. Al final murieron todos, pero los lugareños cumplieron su deber. Los llevaron a sus casas a tratar de salvarlos.

El genovés se hizo cargo del más esquelético, cuya maraña de pelo y barba le hacía irreconocible. Llevaba un pergamino de cuero enrollado, firmemente asegurado a la cintura con una cuerda. Se aferró a la camisa del genovés, y le dijo antes de expirar: –Id a Córdoba por el amor de Dios, y proclamad que yo, Enrique Alvarez, capitán de la Santo Tomé, encontré la India dos veces más allá de lo calculado por el florentino!

El genovés partió con su familia en el primer mercante que pasó rumbo a Lisboa. Llegó donde su hermano, le mostró un pergamino de cuero que había sido grabado con estilete candente. Le dijo emocionado: –El mapa de Toscanelli!