viernes, 27 de marzo de 2009

Ostrero

Así como de Dios, igual que del amor, cada hombre necesita en la mente la prefigura de la muerte. Son iconos que toman forma en la infancia. Los niños perciben por primera vez, en algo, en alguna cosa cotidiana, la cercanía de Dios, del amor o de la muerte. Ese algo pasa a ser parte de la particular iconografía de cada quien, tan propia como pueden serlo las huellas digitales.

Para Cabrera Infante, la muerte era el asesino del tiempo. Para otros puede ser un relojero, una calavera o un esqueleto portador de una guadaña. Para no pocos grecos sigue siendo el rechoncho hermano gemelo de Eros (Anteros). Y se necesitaría un profundísimo psicoanálisis freudiano para aproximarse a discernir, el porqué para Rufino Sánchez, a pesar de ser un hombre de mar, la muerte era una señora alta que le servía una taza de café.

Como dormido, haciendo un arco con el cuerpo, con el vientre hacia arriba, brazos y piernas flácidos y hacia atrás, flotaba muy lentamente hacia la superficie Rufino Sánchez desde el fondo del mar. El agua agitaba del mismo modo que agita las algas, su melena india enrojecida por el yodo. De la muñeca izquierda, apulserado, colgaba un cincel; de la muñeca derecha un martillo de dos cabezas.

La suerte le llevó a emerger exactamente a un costado de ese especial vehículo flotante que construyen los ostreros del Puerto de la Libertad, para realizar su oficio: alrededor de una cámara inflada de esas que se utilizan al interior de las llantas de los vehículos, tejen con cuerdas una red en forma de zurrón que queda colgando bajo el hueco interior de la inflada circunferencia de la cámara. Con un objeto cualquiera, pesado y de metal, o con una piedra grande, atada al extremo de otra cuerda larga, proveen a esa peculiar nave de ancla.

Sobre esa peculiaridad ensamblada con sus propias manos, se tiran al mar tumbados de vientre, reman con las extremidades hasta colocarse frente al acantilado del zopilotero. Al pie del acantilado, a unos diez o quince metros de profundidad se tiende un arrecife sin nombre, cuya población de ostras parece inagotable.
Tiran el ancla y despúes de un breve encomendarse a Dios; se sumergen. En la diestra el martillo, en la siniestra el cincel, hasta el arrecife. Cincelan al tronco los mogotes de ostras. Ya despegadas de la roca, cogen un puñado de ellas entre los brazos y el pecho, regresan cuidando de emerger justo a la par de la cámara anclada. Utilizan el mismo ímpetu conque saltan a la superficie para depositar en el hueco de la cámara la brazada de ostras que quedan retenidas en el zurrón tejido de cuerdas. Se sujetan con un brazo de la cámara para tomar aliento. Aspiran otra bocanada de aire y así vuelven los ostreros una y otra vez a la carga hasta que el zurrón esté colmado, de modo tal que ese cargamento adquiera al menos el valor de un salario mínimo, puesto en el mercado.

Luego de un breve descanso, vuelven a echarse de bruces sobre su nave, para impulsarse de nuevo hasta la playa.

Más que la rentabilidad del oficio, a Rufino le atrapa la posibilidad de tocar con las manos el paisaje submarino. Privilegio de contadas almas capaces de contener la respiración, nadando bajo el agua, rangos de entre cinco y diez minutos. Hay casos místicos en ese gremio que alcanzan quince minutos de imersión o veinte. Son considerados semidioses. Donde quiera que van les envuelve una involuntaria áura de autoridad.

Nunca quiso Rufino colocarse a la altura de los místicos. Le bastaba su propia capacidad de permanecer cinco minutos bajo el agua, para ganarse la vida robándole ostras al arrecife.

El mar estaba sereno. Esto, le permitía atestiguar un paisaje submarino abigarradamente conmovedor.

Aspiró enorme bocanada de aire y se sumergió. Al instante estuvo frente a un mogote de ostras que crecía sobre la conjunción de tres rocas. Cinceló al tronco de la mejor manera que pudo. Al ceder el mogote, atrapó las ostras en un amoroso abrazo.
Las más de las veces el destino es un algo totalmente impredecible.
Quiso el destino que la cojuntura de esas tres rocas fuese un hueco en donde la cabeza del martillo apulserado en la diestra de Rufino, cazara, como en un rompecabezas con exactitud absoluta. Y quiso ese mismo destino que ya adentro del hueco formado por la conjunción de esas tres rocas enormes, la cabeza de ese martillo, virara hasta colocarse en posición transversal a la figura del hueco donde se había introducido.

Buscó Rufino apoyar los pies sobre algún punto del arrecife para facilitarse el impulso hacia la superficie. Fue en ese instante que sintió un algo que le sujetó el brazo derecho por la muñeca. Comprendió lo que pasaba. Las ostras estaban hermosas.La brazada había sido bien lograda. De modo pues que sin soltar su valiosa carga, se limitó a aliviar la tensión del brazo para que la doble cabeza del martillo se liberara de la trampa, con la misma facilidad con que había penetrado en ella. Creyendo la maniobra suficiente, volvió a iniciar la ascensión, pero la cabeza del martillo no salió. Historias parecidas había oído muchas en las reuniones del gremio; de modo que se permitió de nuevo la inflexión de, sin soltar su valioso cargamento, aliviar la tensión del brazo, procurando que la cabeza del martillo descendiese un tramo, se colocase en la posición correcta y pudiese liberarse. No hubo resultado! Volvió a intentarlo, una y otra vez, hasta que los violentos latidos del corazón le obligaran a soltar las ostras abrazadas. En ese mismo instante viniendo del fondo, apareció esa señora alta que traía a servir para él una humeante taza de café. La dama se detuvo en seco y regresó por el mismo camino que traía, cuando del brazo flácido, la cabeza del martillo se colocó en la posición correcta, salió de la trampa y Rufino comenzó a flotar hacia la superficie.

jueves, 26 de marzo de 2009

Una de piratas

El hundimiento de la fragata Mercedes y la captura de las naves que le acompañaban en 1804, quedó grabada para siempre en la historia, como un auténtico acto de piratería en perjuicio de España, por parte de la flota inglesa al mando del comodoro sir Graham Moore.

En honor a la verdad no se trató de una alevosa emboscada a traición. Se cumplió a cabalidad con el protocolo precombativo.

Con las popas vueltas hacia el cabo de Santa María (España), las naves inglesas se interpusieron en orden de batalla sobre la ruta de navegación de la escuadra española que venía del Perú, la cual se colocó ante su interceptor, también en orden de batalla. El comodoro Moore envió una lancha mensajera hacia la `Medea´, nave insignia española, para prevenir al comandante José Bustamante, que se disponía a cumplir órdenes de el gobierno de su Majestad Británica, de detener la escuadra bajo su mando y conducirla hacia puerto inglés.
Como no podía ser de otra manera, encendido de coraje ante la proximidad de las costas de su patria, Bustamante contestó que optaba por el combate para salvar el honor.

La batalla fue breve pero cruenta. Bastó media hora de intenso cañoneo para que la Mercedes, que además de caudales parecía conducir un enorme polvorín, se fuera a pique enmedio de una gran explosión, llevándose con ella hacia el fondo del mar, poco más del centenar y medio, de tripulación, artilleros, y pasajeros, entre éstos la esposa, ocho hijos, un sobrino, y cinco esclavos peruanos, del segundo al mando de la flota española, Diego de Alvear, quien subcomandaba el combate desde la `Medea´.

Hundida la Mercedes, rinden armas Bustamante y de Alvear ante el inglés, y los restos maltrechos de la flota son conducidos a puerto Inglés.
Estabilizada la situación post bélica, y conmovido el gobierno de su Majestad británica ante la tragedia que pesaba sobre las espaldas de su prisionero, segundo comandante, de Alvear, le prometió a éste una indemnización de docemil libras esterlinas, de las cuales luego de innumerables dilaciones en las que ya había anidado la desesperanza, se hicieron concretas únicamente seismil.

Por este acto de piratería, sir Graham Moore recibió de rey George III, los más altos reconocimientos correpondientes a su elevado rango.

Sin contar los caudales habidos en las otras tres naves de la flota vencida, sólo en la Mercedes, se transportaban quinientas mil monedas de oro y plata, equivalentes a cinco millones de pesos fuertes de la época.

Los bienes y valores que traían las bodegas de las naves españolas, provenían de otro y previo acto de piratería; no menos brutal del que éstas eran víctimas, aunque de métodos diferentes. Esta era una piratería permanente y sofisticada, bajo la administración de poderosas instituciones, a la que los reyes de España daban inocentes nombres como, juntas o consejos, de indias; encomiendas, o casas de contratación. Tan vasta sobre territorios y gentes que los monarcas se vieron obligados a organizar geográficamente tal piratería en virreinatos.

En `Albión´ los lores de la cámara alta ponían en juego al máximo sus capacidades intelectivas para elaborar refinadas justificaciones jurídicas a la captura y saqueo de naves españolas provenientes de América, que también se había hecho sistemático.
Y cuando las atribuladas mentes de legisladores y tribunales se veían carecer de la formulación precisa de la ley, apaciguaban sus conciencias diciendo para sus adentros: `ladrón que roba a ladrón, tiene derecho al perdón´.

Esta inconclusa saga bucanera dio continuidad el 18 de mayo de 2007, luego que una moderna nave cazadora de tesoros, estadounidense, descubriera y rescatara, frente a las costas del cabo Santa María, a doscientos metros de profundidad, las quinientas mil monedas de oro y plata que llevaba en sus bodegas la Mercedes ese fatídico cinco de octubre de 1804.

La empresa estadounidense que organizó y ejecutó la expedición hacia los restos del Mercedes, vindica para sí lo rescatado; a lo cual se opone el reino de España, bajo el alegato que el tesoro es parte de la real hacienda del Estado español.
El gobierno criollo del Perú reclama las quinientas mil monedas, bajo la argumentación que ese oro y esa plata fueron extraídos de minas ubicadas en un territorio que en esa época ya vindicaba independencia de España.
Los descendientes de los pasajeros de la Mercedes, sin embargo se declaran los legítimos herederos, puesto que esas monedas de oro y plata, dicen, representan el patrimonio acumulado por sus antepasados gachupines, durante largos y duros años dedicados a mantener encendida la luz de la cristiandad entre aquellos indios paganos, ingratos y levantiscos.

Los descendientes de aquellos pueblos originarios que fueron esclavizados y obligados a extraer el oro y la plata de su propia tierra para enviarla a España, no han presentado alguna reclamación o querella. Tal podría deberse a que en la conciencia de estas gentes aún subsiste la filosofía de que es un absurdo total, reclamar propiedad privada sobre los recursos ofrecidos a los hombres por la madre tierra.

Eso sí, los juristas del gobierno de su majestad británica han recibido instrucción para que en este litigio presenten demanda consistente en que del tesoro rescatado, le sean devueltas las seismil libras esterlinas, que en aquella época el gobierno de su majestad concedió a Diego de Alvear, segundo comandante de la flota española, en calidad de indemnización.

–Dad al bucanero lo que es del bucanero! –dice la ley del mar.
Y aconteció pues, que sumida en el letargo desde 1804 hasta 2007, hoy vuelve a recapitular, una de piratas.

Fuego en la sangre

“Fuego en la sangre” La madurez literaria de Guillermo Aguilar

En mayo, los cófrades marianos de Texacuangos, sacaban en procesión a la virgen. Y vista desde la altura de los adultos, la virgen era una bella dama de mirada melancólica. Pero desde ras del suelo, de donde la mirábamos los chiquillos, podíamos atestiguar las vergüenzas que escondía esa dama debajo de las enaguas. No eran siquiera humanas. Era un robusto y ordinario tocón de madera.

En ese desconcierto que Balzac llamó, comedia humana, enmedio de la cual, en El Salvador se inscribe la lucha popular, desde el ángulo que ven esta lucha los dirigentes históricos, igual que vista desde arriba la vírgen de los texacuangos, se aprecian épicos paisajes, que algunos han llegado a comparar con el de los Aqueos sitiando Ilion, la ciudad de los Teucros. Y sin embargo, vista, desde el ángulo que la ve Guillermo Aguilar, se es capaz de atestiguar las miserias y vergüenzas que se esconden debajo de los heróicos ropajes en que envuelven la lucha del pueblo salvadoreño, leyendas relatadas en sobreacicaladas autobiografías, dirigentes históricos, y apologetas de la política como oficio para ganarse el pan.

Como los organismos vivos, que se componen de mínimas células que le reproducen, todo cosmos se reproduce en los microcosmos que lo conforman.
Y en el desenredo de la madeja de la última de sus novelas cortas, “Fuego en la sangre”, Aguilar se muestra cauto. No intenta acometer integralmente la totalidad del inabarcable cosmos que es el drama político social salvadoreño. Opta por escoger uno de sus innumerables microcosmos, y se ocupa de diseccionarlo con su peculiar escalpelo literario. Un escalpelo que no se anda con medias tintas en sus tajos, y que hace caso omiso de la posibilidad de recurrir al uso de algún tipo de anestesia metafórica. Un escalpelo brutalmente realista, mas no por eso falto de elegancia literaria.

Los intersticios de ese microcosmos escogido por Guillermo Aguilar, que es el noviazgo de dos jóvenes pertenecientes a estratos sociales contrapuestos, son aprovechados con habilidad por el autor, para, igual que Dante Alhigieri a través de los infiernos, conducirnos a un fugaz recorrido por oscuros y clandestinos laberintos de la convulsionada sociedad salvadoreña, a la vez que reprimida con brutalidad por el establecimiento, alzada en desesperada lucha contra el opresor.

La armazón estructural de esta novela es monologal. Los protagonistas y el autor, dicen cada cual lo suyo en una sucesión de monólogos, que culminan en un muy bien logrado contrapunto literario.

Estructura y contenido, apartes, para que una obra escrita acceda a la categoría de buena literatura, hay un sólo camino. El de la eficacia y contundencia del lenguaje. Estas dos cualidades son las que en un texto atrapan al lector de manera que una vez abierto, el libro, y leído sus primeros párrafos, el dicho lector, si está en la biblioteca, se dirigirá inevitablemente al consabido trámite de préstamo para llevar el libro a casa y disfrutarlo con toda tranquilidad. Y si está en la librería, a lo mejor sacrificará este lector, ese día, una cena suculenta, optará quizás por una cena más económica y sencilla, con el propósito de ajustar los recursos monetarios a modo de poder cubrir el precio del libro, para, igualmente, llevarlo a casa.

En “Fuego en la sangre” se pone de manifiesto una eficacia y una contundencia, idiomáticas, que habían venido en franco proceso de maduración, según el mismo Guillermo Aguilar, en trabajos anteriores a esta novela, que por ello viene a marcarle la mayoría de edad como autor. En efecto, aquellos que le conocen y tratan en el ámbito de la ciudad de Västerås, Suecia, donde recide, al título de profesor de educación primaria, que se agenció en su tierra natral, le agregan ahora el título de escritor, concedido por aclamación del público lector aquí, en la tierra de adopción de este prolífico autor sueco salvadoreño, cuyas obras previas a “Fuego en la sangre”, son: El sapo frente al espejo; Los peces fuera del agua; La carta de un traidor; Auxilio; La palabra.

lunes, 16 de marzo de 2009

Trilogía en los senderos de Eduardo Carvajal

El auge experimentado por el texto ideológico político, sucedido en América Latina y Europa, como rebufo de la revolución cubana y fermentado por la guerra de Viet Nam, estuvo protagonizado por una intelectualidad de la que al entrar a los años ochenta del siglo pasado, la parte europea, cae en cierta crisis existencial, personalizada en Regis Debray y Louis Althusser.

Por el contrario, al sur del Río Bravo y a lo largo de la Cordillera de los Andes, la intelectualidad revolucionaria manifiesta un mayor y más radical involucramiento combativo. En consecuencia, los años setenta y ochenta son años de ardua lucha popular en América Latina.

El pulso parece, sin embargo, ganado por el establecimiento, pues a partir de la década de los noventa, y a punto de cumplirse la primera década del siglo XXI, contadas excepciones, los intelectuales revolucionarios, a ambos lados del Atlántico se debaten aún ante el dilema de ser o no ser, ante el derrumbe de la URSS, y desde que Deng Xiao Ping lanzara la consigna: `Enriquecerse es glorioso´.

Había una corriente en los años setenta -ochenta: la de los manuales y cuadernillos, que tenían como propósito, traducir el marxismo a un lenguaje asimilable para las masas de obreros, campesinos, y desclasados de América Latina.

Era la reedición de la epopeya de Prometeo: aventurarse hasta las regiones olímpicas, robar un poco de fuego y obsequiarlo a los simples mortales para liberarlos del frío y la miseria.
El viejo Lenín, se refería a los jóvenes que acometían esa ardua tarea en la Rusia helada e implacable del tiempo de los zares: `los estudiantes, juegan el papel de llevar briznas de materialismo dialéctico a los obreros. Con esas briznas los obreros harán la revolución´.

Los años setenta-ochenta en América Latina fueron cruentos, y en ese fragor, en que las fuerzas de la contrarevolución, derrocaban presidentes, aniquilaban pueblos, encarcelaban intelectuales, incendiaban imprentas y bibliotecas…, los manuales y cuadernillos de educación obrera, llegaron a desaparecer del panorama.

Pero los sistemas volcánicos generan erupciones o despiertan de su letargo allí donde menos se espera, y a la vuelta de treinta años después, que los cuadernillos de alfabetización de Paolo Freire y los cuadernos de educación política de Marta Harnecker, fuesen obligados a desaparecer, volvemos a redescubrir esa corriente perdida en ciudad Västerås, Suecia , en la suerte de tesis-ensayo en que un profano clasificaría el libro, “Cuadernos y senderos” cuyo autor, Eduardo Carvajal, viene de ser una de las innumerables víctimas de Augusto Pinochet.

Eduardo Carvajal, escritor autodidacta, obrero del pan, ex marinero y ex boxeador, si en su etapa formativa – se nos ocurre–, no tomó contacto con la escuela de Recabarren, seguramente fue por falta de oportunidad y no por deasaveniencias ideológicas irreconciliables

El sistema ideológico del materialismo dialéctico forma en Cuadernos y Senderos, de Eduardo Carvajal, una férrea trilogía con la Pedagogía del Oprimido, formulada por Paolo Freire, y la Teología de la Liberación.

En el fondo de todo esto, se manifiesta un drama de la vida real: el drama de la antorcha de Prometeo extraviada y reencontrada. El drama de la bandera roja olvidada en campos desolados por la desesperanza; enseña rescatada y vindicada por el ánimo de un viejo proletario que ha sobrevivido, despúes del genocidio y la diáspora, a la debacle del `socialismo real´, y a la crisis existencial del intelecto revolucionario.

La tarea es ardua, y no es para menos. Desde el punto de vista literario, la tesis-ensayo de Eduardo Carvajal es quijotesca: Don Quijote, reescribiendo los cuadernos de la trilogía que conmocionó hasta la esquizofrenia a las oligarquías criollas de América Latina y al imperio del norte en toda la segunda mitad del siglo XX: materialismo dialéctico, pedagogía del oprimido, teología de la liberación.

Este eterno Don Quijote del taller experimental de la literatura (Eduardo Carvajal) está convencido que esa trilogía, para él, bandera, antorcha, sendero, es necesaria, tiene plena vigencia para el siglo que recién comienza, que no debe de morir, antes bien tiene que ser fuego y alumbrar. Además, como los estudiantes, hay que llevar briznas hasta los obreros para protegerlos del frío espiritual. Para eso empeñará todas las energías que su octogenaria humanidad pueda tener en reserva y no escatimará sacrificio alguno en el fragor de la contienda. Caballo no le falta, aunque ya no es rocinante, sino de fierro, tres velocidades y herrumbrante. Su Dulcinea (la señora Graciela), le espera con paciencia, avistando el horizonte, a medida que se apaga el día.

Llega él hasta ella y se sienta a su lado. Invariablemente la conversación gira alrededor de los tiempos que se fueron. De cuando cruzando el Atlántico, desde su penoso peregrinar a través de América Latina, se establecieron en Norra Gryta. Ahí, Eduardo Carvajal, recomenzó la lucha; abandonaba la cama entre las sombras de la madrugada, salía a la calle, lanza en ristre, y regresaba acompañado por las sombras del atardecido. La señora Graciela, al verlo llegar después de cada jornada, escanciaba para él, un vaso de vino tinto para que restañase las heridas del combate cotidiano. Después le servía, la cena, y a él, igual de cuando en Chile, siempre le pareció que en el plato había comida y jazmines.


Epílogo
`Cuadernos y senderos´de Eduardo Carvajal, fue acogido con general entusiasmo y las inevitables envidias, por la intelectualidad hispanohablante de Västerås. Entre éstos ha circulado profusamente un sólo ejemplar en forma de manuscrito. En la peña `Poetas del Mälaren´ esta obra quijotesca es considerada ya un clásico de las letras hispanas que se cocinan localmente a fuego lento.
Poco más de una década hace que `Cuadernos y senderos´, luego de la enésima revisión, llevada a cabo por el mismo autor, está listo para la imprenta, y si estas manuscritas páginas aún no ha sido pasto de las rotativas, se debe, no a otra cosa que a la sospechosa dejadez de las casas editoras, fascinadas acaso por los cantos de sirena del neoliberalismo, o por el cuento falaz que la historia ha terminado.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Reina de belleza

Ante un grupo de latinoamericanos recogedores de remolachas en Vejer de la Frontera, Slavko Multinovik, reportero del `Correo Croata´, desplegó para mostrar la copia de una carta escrita a mano, en idioma español. Había sido escrita en Zagrev, en condiciones que posteriormente fueron objeto de minuciosa investigación judicial. Multinovik buscaba añadir indicios a la pista que seguía.

Soy Paola, mi apellido no importa.Tampoco quiero decir de donde soy originaria. Sólo digo que para llegar a donde estoy, atravesé el océano. Que hablo sólamente español (por desgracia), pues si hubiese hablado inglés, me habría dado a entender en cualquiera de los países en donde he estado, y mi destino hubiese sido distinto. He tomado mi decisión suprema. Oculto mi identidad y orígenes, porque prefiero que quienes me conocieron, pierdan la huella de la que desde muy niña, las hadas escogíeron para ganar cuanto concurso de belleza cruzara en su camino, dado lo cual, su profesión idónea tendría que estar, sobre las grandes pasarelas de las grandes metrópolis del mundo. Nunca me hubiese dado por enterada, si no antes las hadas hubiesen convencido, de ello, a mis padres.

Estoy a punto de cumplir dieciocho años, y me niego a que me sorprenda esa fecha en este cuartucho de hotel, en un país de lengua incomprensible, del que ni siquiera conozco el nombre. Nunca lo oí mentar. No sabía que existía. Me trajeron los organizadores del concurso para optar a modelo titular, de una línea de cosméticos, cuya marca, por más que ellos la repiten, aún no sé pronunciar. Me condujeron hasta aquí, clandestinamente, para que puediese, sin presiones de ningún tipo, con prestaciones de otra índole, y mientras no tuviese asegurado el contrato, ganar el suficiente dinero para pagar las deudas contraídas por lo que se hubo invertido en mí: pasajes de avión a Estados Unidos, a Europa, hospedaje en hoteles de primera; vestuario y joyas (que no conservo yo, sino ellos, como una forma de garantía); tramitación de inscripción en otros prestigiosos concursos; no promocionados públicamente, pues se realizan ante públicos especializados; experimentados en seleccionar lo más virginal y tierno de la inagotable cantera de las juventudes del mundo. Su exquisita sensibilidad ha permitido a ellos, descubrir supermodelos, incluso entre tribus del profundo Africa, el profundo Afganistán, o profundísimos tugurios del Brasil.

Como toda profesión, ésta tiene sus particulares seguros ante situaciones de crisis. Y también tiene su particular diversificación de actividades. En los breves momentos que me es permitido salir de este cuarto hacia el comedor del hotel, he podido observar que hay en el mismo gremio al que pertenezco, niños cuyo papel es el mismo que yo he venido desempeñando desde que las hadas me niegan la gracia de ganar otro concurso de alto nivel.

Este detalle de mi nueva condición, me irrita. Además del público debo servicios, a managers y fotógrafos, quienes están excentos de pagar, a pesar que sus exigencias suelen ser de lo más extravagante.

Mañana, cumpliré un mes de haber llegado a este país extraño, después de haber recorrido mucha Europa, aunque sólo he conocido de ella, sombras nocturnas y cuartos de hotel.
Esta vez ha habido alboroto por culpa de dos chicas. Querían regresar a su país. Según me pude enterar, está en las cercanías. Al parecer ántes formaban con éste, un sólo país. Esas chicas descontentas de no tener control de sus pasaportes, aprovecharon el manejo de ésta lengua y se fugaron hacia la estación de policía. Después vino el escándalo. Por suerte, el juez investigador, y el director del periódico, son clientes de este hotel. Según mi manager, todo se resolverá satisfactoriamente.

Sin embargo, no estoy dispuesta a esperar mi cumpleaños en estas condiciones. Quiero dormir y no despertar jamás. La bebida blanquesina que contiene esa copa sobre la mesa, me entregará en brazos de Morfeo de una vez y para siempre, dentro de unos instantes.

Ya lo tengo decidido. Me conozco suficiente. No daré marcha atrás. He corrido el pestillo de la puerta para que mi manager no pueda interrumpir este rito íntimo y liberador. Es mi deseo llevarlo a cabo después de escribir esta carta.

No sé exactamente si hay un propósito al escribirla. No es denuncia, ni traición. Lo actuado por mí ha sido por convicción propia. Sólo quise vivir lo que me deparaba el destino. Talvez sea sólo intención de dejar una leve huella al partir, o que el reflejo de justificar la propia razón de ser, acompaña a las personas hasta los últimos segundos de su existencia.

Escuché muchas veces el concepto de enfermedad venérea desde la difusa lejanía; hasta que vino a mí, a darme esta sensación de podredumbre y asco hacia mi propio cuerpo. Talvez sea ésto lo que me lleva a tomar esta decisión que es irreversible. No sé…

Reconozco. Todo bregar a una meta requiere de sacrificios. Nunca conocí otras perspectivas de la entrega, y de complacer, que como herramientas de trabajo.

El día que entregué la virginidad fue un día extraordinario sólo porque fue mi debut en ésta que creí eventual ocupación, y aquél que podría haber sido mi abuelo había pagado por ello una cantidad exuberante, no a mí, claro!, sino a mi manager. Aunque la cantidad pagada no sirvió para dotarle una erección suficiente.

Ni siquiera me motivó alguna lujuria, todo ha sido un oficio, no otra cosa, y talvez una vía de pertenencia a lo que para cierto escritor cuyo nombre he olvidado sólo es "la comedia humana" …
Y basta!… Ahora coloco ante mí esta copa, lúgubre pero liberadora, la tomo firmemente por el cáliz y tan sólo un segundo antes de este amargo brindis definitivo, estampo para quien quiera tomarlo, este último adiós….

En su línea investigativa, el destino de Slavko Multinovik no era, sin embargo, Vejer de la Frontera. Se dirigía a un país latinoamericano que me abstengo de mentar para no herir susceptibilidades patrióticas. Y fue sincero. No buscaba resolver un crimen, sino escribir un sonado reportaje para optar al premio anual de periodismo.

martes, 3 de marzo de 2009

Testimonio


Porqué me volví rebelde!

Me abstengo de revelar mi nombre, porque mi nombre no importa. Importa más lo que he vivido.

Existe la necesidad natural de aclarar las razones porque las que se ha participado de la rebelión en contra del poder establecido, para dejar sentado que se actuó precisamente en favor de la sociedad civil, la preservación de libertades y derechos inalienables del ser humano pisoteados hasta provocar la justa rebeldía de sectores amplios de la sociedad a todos los niveles, expongo algunas causas que afectaron mi existencia de manera directa.

La primera vez que pude percibir la peligrosidad de las fuerzas gubernamentales para mi entorno fue en 1961 cuando a la edad de diez años, mi abuelo, me refirió los hechos que siguen:

En sus años maduros, él Pedro Pérez López, ex soldado de infantería, orgulloso de haber servido a la patria, y reconvertido de nuevo a la sociedad civil, campesino sin tierra, casado, padre de cinco hijos, vivía la cotidianidad de pertenecer a los descendientes de la estirpe indígena que perdió el acceso a las tierras que fueron de sus parientes, como consecuencia de triquiñuelas estatales, combinadas con la represión feroz de la Guardia Nacional en el campo, por lo que se dedicaba a la aparcería para poder cosechar el maíz y los cereales necesarios para la manutención de su familia, en terrenos de terratenientes a cuyas manos habían venido a parar las tierras arrebatadas a los indígenas.
La aparcería, convenio sumamente ventajoso para el terrateniente, que cede pequeñas parcelas a los campesinos pobres para su cultivo a cambio de el cincuenta u ochenta porciento de lo producido, mantenía sumergido entre los pobres más pobres del campo a la familia de Pedro Pérez López. A pesar que éste se desgañitaba de sol a sol cultivando y arrancando generosas cosechas a la tierra.

Cierto día, viniendo de la parcela, después de una jornada especialmente agotadora, todavía con los aperos de labranza al hombro, hacia su choza en el ”rincón del zope”, se encontró Pedro Pérez con el mitin político promotor del Doctor Arturo Romero, civil que luchaba por terminar con la dictadura militar instaurada desde la gran represión anticomunista de 1932.

El Doctor Romero, enfervorecido orador, atrapó con su verbo al humilde aparcero cuando al momento de pasar por el lugar, manifestó encendidamente que su lucha era en favor de los pobres y para que los pobres tuvieran tierra propia para cultivar su maíz. Pedro, se detuvo breves instantes para escuchar mejor y no pudo evitar que el corazón le galopara emocionado al percibir que habían intelectuales importantes que se preocupaban por los desheredados como él. A los pocos minutos, rompió la asistencia en estrenduoso aplauso y una voz surgida de un lugar no identificado gritó: -Viva el Doctor Arturo Romero!-. A lo cual el público respondió a coro:-Que viva!-. Pedro Pérez acompañó el coro con tanta emoción que levantó hacia arriba la mano en que traía agarrado el machete. El mitin siguió su curso, sin embargo, Pedro siguió caminando hacia su choza atenazado por un hambre voraz.

Un machete con la punta señalando el cielo, levantado por un brazo campesino agitado políticamente, para cualquier burgués en el mundo, es además de un terrorífico icono, una señal premonitoria, un augurio negro y devastador.

Había caminado solamente unos pasos cuando se cruzó con Jimeno Matutes, rico tendero quien le miró con odio y le dijo: -Comunista de mierda, ya verás lo que te va a pasar!-. Pedro Pérez no sabía que era ser comunista, pero era hombre de armas tomar; sintió que le halaban las orejas y se le encrespaba el pelo. Sin soltar sus aperos, afianzó el machete en guardia y se dirigió a su interlocutor para responder: -Comunista será su madre, don Jimeno!- y esperó respuesta... Jimeno Matutes, acostumbrado a hacerse respetar por su sola influencia económica y sus vínculos políticos, palideció y desvió su torva mirada hacia otro lado.
Puesto que éste acaparaba el comercio de los productos básicos del hogar en el ”rincón del zope”, aconsejó la prudencia a Pedro Pérez que tomara la palidez de aquel rostro como muestra de disculpa. Se mordió los labios y siguió de largo. Llegó a su choza pasada la oración, arrinconó los aperos en una esquina , y colocó la cebadera con las primeras viandas de la cosecha sobre la mesa. Casi en silencio, Augustina, su mujer, le sirvió de comer, tortillas tostadas, frijoles amelcochados y un trozo de queso duroblandito, tomado al crédito de la tienda de el hermano de Jimeno Matutes. Mientras comía, meditaba Pedro, sin decir nada a nadie, de la siguiente manera:

Mucho antes que el general Martínez usurpara el poder del estado, había él, Pedro Pérez López, prestado su servicio militar, y como soldado ya había sido educado para ”preservar la patria del peligro comunista”, aunque él nunca había entendido nada pues el método de enseñanza militar para los soldados era la obediencia ciega y el castigo brutal provocado por ”preguntas estúpidas”.

Cuando el general Martínez, con fusiles Mauser, desató la gran matanza de campesinos en su cruzada anticomunista, él Pedro Pérez, casi no se enteró de los acontecimientos, hasta mucho después, puesto que las zonas convulcionadas fueron el occidente y el oriente del país y los campesinos sin acceso a los medios de comunicación, en las zonas no conflictuadas estaban marginados de toda información.
Aunque acostumbrado como estaba a un régimen represivo, eso sí, percibió muy bién un aumento visible de miltarización en la sociedad, y de medidas coactivas en contra del pueblo trabajador. Ahora se daba cuenta que el comunismo es tan peligroso que bastaba con tirar vivas a un médico con fama de generoso como el Doctor Arturo Romero, para atraer sobre sí la sospecha. En fín el comunismo venía a ser como la tuberculosis, que no se le ve venir ni se le entiende, pero de pronto, en el momento menos pensado, te contagia y no se tiene escapatoria. Con el último bocado de comida, Pedro comenzó a sorber de su jícara cuando escuchó un griterío y un tropel en la única calle del ”rincón del zope”. -Que será?-se preguntó- pues siendo esa una tranquila zona semirural, tales murmullos en la nocturnidad sólo se escuchan los días de celebración de procesiones católicas que reunen centenares de campesinos rezando y entonando cánticos en voces altas. Pero no eran cánticos en ordenado coro los que se oían, sino gritos y voces caóticas, una especie de zafarrancho de combate. Pedro, se levantó de la mesa azuzado por la curiosidad y vió a través de la ventana una escasa pero vociferante muchedumbre dirigida por patrulleros paramilitares y guardias nacionales. Percibió claramente un grito: -Muerte a los comunistas!- y una respuesta tumultuosa:- Muerte!-. El mitin del Doctor Romero había sido disuelto y las turbas gobiernistas se habían lanzado a la persecución de los participantes. Un grupo de ellos se acercó amenazadoramente a la choza y el cabo de la guardia preguntó en voz alta: -Donde vive ese tal Pedro Pérez? -Un hijo de Jimeno Matutes respondió señalando con el dedo: -Allí, allí!-. El cabo, seguido de otros guardias, con sus fusiles Mauser en guardia, enrumbaron hacia la choza y Pedro que no daba crédito a sus ojos; ya no respondió a lo que preguntaba Augustina: -Que pasa? Por Dios que pasa?-; sino que dio media vuelta, de un salto, alcanzó su machete y su sombrero, salió por la puerta trasera y se internó en la oscuridad del cafetal que comenzaba justo al lado de atrás de su choza. Una escapatoria que duró años.
El no se dió cuenta de lo que sucedió después en la choza, pero todo mundo sabía que esas acciones represivas son lo más terrible que le puede suceder a un ser humano. Esa debe haber sido una de las poderosas razones que hicieron que después del regreso de Pedro Pérez a casa un par de años más tarde y pasada la represión, Augustina, su mujer, se negaba a dirigirle la palabra, más que para lo necesario. Cuando regresó, había traido cierto dinero que había ganado como jornalero en varias comarcas que había recorrido como exiliado, pero estaba claro que era un hombre extraño, pues a pesar de ser un simple jornalero, sólo asistía a la iglesia en ocasión de celebraciones muy importantes, y se atrevía a criticar muchas veces en voz alta a las mismísimas autoridades eclesiásticas o gubernamentales, igual a los patrones; y en lugar de traer consigo la prosperidad de la economía, era capaz de arrastrar tras de sí, desgracias, como fue el allanamiento de su morada por las turbas paramilitares del general Maximiliano Hernández Martínez.

Relacionando esos acontecimientos, con otros de los que yo mismo había sido testigo, no tardé en darme cuenta que la represión del Estado pendía peligrosamente como espada de Damocles sobre mi gente. Corría el tiempo de la dictadura del coronel Oscar Osorio y talvez por aquello de que al enemigo poderoso vale más unírsele que combatirlo, algunos parientes cercanos de Pedro Pérez López, habían entrado al servicio. Margarito Crespín, hermano menor de Augustina, mi abuela, servía en la policía municipal; Pedro Pérez hijo, servía en la policía nacional y Daniel Pérez, segundo hijo de Pedro, era sargento de la quinta brigada de infantería. Pronto la cruda realidad demostró que tales servicios eran insuficientes para un monstruo impredecible como la dictadura militar:

Era un día aparentemente normal, yo tenía cinco años, mi primo Raymundo apenas gateaba y con otros primos de las mismas edades jugábamos entre gallinas y perros en el pequeño patio bajo la enramada que sostenía una mata de ”huisquil”, y la atenta mirada de la abuela mientras ella se dedicaba además a los quehaceres domésticos. Ella era la única adulto que nos acompañaba, pues los demás atendían sus respectivos trabajos. La vieja choza de los Pérez se había transformado en una casa de adobe con una puerta de madera hacia la calle, y otra puerta trasera. Los chicos nos entreteníamos viendo a la abuela dando de comer a unos polluelos, cuando sin previo aviso, en el interior de la casa, aparecieron dos parejas de policía de hacienda, de uniforme y armamento similar a la guardia nacional y espetaron un tenebroso: ”Buenas tardes señora!”. La abuela, sentada en un taburete, en su amplio delantal sobre las piernas, recogía uno a uno los polluelos y les obligaba a tragar un amasijo de maicillo. Al escuchar el tétrico saludo de los policías de hacienda, levantó la vista estupefacta y trató de levantarse, pero el cabo que los comandaba se lo impidió poniéndole la mano en el pecho. -Quédese donde está que le vamos hacer unas preguntas y vamos a registrar la casa -le dijo, vertiéndole en el rostro un nauseabundo aliento alcohólico. En el acto, aplastó el policía con su bota uno de los polluelos que la abuela cuidaba con tanto esmero. El rostro de la abuela pasó de pálido a rojo, pero comprendió que era inútil oponerse. Nosotros, los chicos acudimos a ella a refugiarnos tomándonos de sus enaguas. La buela tomó al más pequeño de los nietos y lo acunó en su regazo.
-Que es lo que quieren preguntar señores? Y que es lo que buscan?-dijo ella.
-Queremos saber donde entierran ustedes los cántaros de la chicha que fabrican! -respondió el cabo con visibles síntomas de ebriedad.
La criatura que la abuela acunaba contra su pecho comenzaba a dar muestras de impaciencia y ella trataba de consolarla mientras respondía de la manera más franca posible:
-Seguro que ustedes se han equivocado, pues en esta casa no se fabrica chicha!-. Adentro de la casa los otros policías, desbarataban las humildes pertenencias y con las bayonetas escarbaban el piso de tierra en busca de cántaros de chicha, derramaron el maíz en el suelo, quebraron los cántaros con agua, destrozaron las camas, rompieron las puertas de los aparadores, destrozaron los hornos de la cocina. La abuela que se daba cuenta de todo, mantenía la compostura, pero sus nietos rompimos a llorar. Los perros de la casa comenzaron a ladrar frenéticamente por lo que afuera de la casa se reunió un grupo de curiosos entre los cuales estaba Paco, el hijo de la tía María quien corrió hasta su mamá gritando:-Quieren matar a la tía Tina, mamá! Quieren matar a la tía Tina!!-.

La tía María, que sabía lo peligroso de esas situaciones, mandó a su hijo:-Corre avísale al señor cura!-. El señor cura que no era gobiernista, pero sabía de la peligrosidad de esas situaciones, dijo a Paco: -Corre avísale al señor alcalde-. El alcalde respondió: -Si el río suena es porque lleva piedras, si algo se debe, pues que se pague-.

Paco regresó desconsolado. Nadie había querido dar aviso al puesto de la guardia nacional, porque ya se sabía de los famosos operativos combinados en los que las diferentes fuerzas policiacas actúan perfectamente de acuerdo. Pero esta vez, por fortuna, cuando el rumor llegó a oídos del sargento de la guardia nacional, éste decidió:-Este es territorio de la benemérita Guardia Nacional y estos jodidos (policías de hacienda), están actuando sin nuestro consenso. Es un agravio a nuestra autoridad! Tenemos que demostrar quién manda aquí!-.
Acto seguido se encaminó con sus guardias hasta el lugar de los hechos. Al llegar, la casa estaba destrozada por dentro y Augustina y sus nietos completamente aterrorizados. El sargento de la guardia quien tenía un grado más que el cabo de la Policía de Hacienda, se dirigió a él con autoridad: -Han encontrado algo de lo que buscan? -No!-contestó el cabo-Esta vieja está dura de pelar.
-Entónces retírense en el acto que aquí es jurisdicción de la Guardia Nacional-replicó el sargento. Los de hacienda, sintiéndose en desventaja por actuar en estado de ebriedad, obedecieron sin chistar y abandonaron la escena. Detrás de ellos desaparecieron los guardias nacionales; ambos cuerpos no se molestaron en dar las mínimas explicaciones de lo sucedido.

Los vecinos, talvez por temor, a pesar de estar seguros de la inocencia de los Pérez, no dijeron nada. Solo la tía María y su hijo Paco, se apersonaron a consolar y solidarizarse con la Abuela Augustina, mientras esperaban que los adultos de la familia Pérez volvieran de sus trabajos.

Tiempo después se supo que todo había sido una conjura de los hijos de Gertrudes Cucufate(*), paramilitares al servicio del régimen quienes pretendían apoderarse del predio de los Pérez por medio del terror y la complicidad de corruptos agentes de la hacienda.

Puesto que se trata de encontrar el porqué de las cosas, no se debería descartar traer a cuenta alguna de las consecuencias de estos hechos abominables, puesto que son atentados en contra de la gente del pueblo, a quienes los que ejercen y se benefician de ese modo del poder político del Estado, deben su condición privilegiada.

En cuanto a ésto, pude ser testigo poco tiempo después de una de las formas en que se manifiesta el trauma psicológico como secuela de tales acontecimientos. Los hechos sucedieron de la siguiente manera: En el barrio Lourdes de San Salvador, alquilaban mis padres, humildes trabajadores, una pequeña pieza que era su residencia. Por circunstancias propias de las necesidades de los trabajadores, mi primo Raymundo y yo pasábamos temporadas con los abuelos en la zona semirural del ”rincón del zope” y temporadas con nuestros padres en la ciudad, pues tía Nati, la mamá de mi primo, por trabajar a tiempo completo al servicio de una residencia particular, no disponía del tiempo necesario y de ese modo la abuela colaboraba con sus hijas a sobrellevar la carga de los críos. Cierto día, mi primo Raymundo, que por ese entoces tendría ya seis años, caminaba por la acera hacia la pieza del Barrio Lourdes, ”nuestra residencia” cuando se topó con una pareja de guardias nacionales que caminaban en actitud de patrullaje. Los guardias caminaban lentamente confundidos entre los transeuntes en actitud de alerta. Mi primo los descubrió de pronto a unos pocos pasos de él y quedó paralizado. Al ver que uno de los guardias caminaba en dirección a él, cayó presa del pánico, lanzó una especie de grito de guerra y rompio a llorar desesperadamente completamente petrificado por una especie de histeria incontrolable. El guardia nacional se detuvo delante de él deliberadamente largos minutos en actitud desafiante y el pánico del pequeñuelo fue mayor. Alguien de nuestra gente llegó hasta él, lo tomó de la mano en actitud conciliadora para conducirlo, pero no pudo hacerlo caminar , pues Raymundo que se negaba a acercarse un solo centímetro más hacia el guardia nacional que le cerraba el paso sólo para divertirse, parecía haberse fijado al suelo. Hasta que el guardia colmó su afán y la psiquis de mi primo amenazaba el colapso, siguió caminando para ponerse a la altura de su compañero que avanzaba por la calle continuando el patrullaje. Yo le oí decir al otro en un susurro mientras avanzaban: -Estos monitos hijos de puta se hacen ensartados a la bayoneta...-.

Ciertamente, varios años después, se dieron gusto los guardias nacionales ensartando niños en las bayonetas, en León de Piedra, La Cayetana, El Calabozo, El Mozote y tantos otros lugares cuando el campesinado se fue otra vez a la lucha.

La tarde del incidente del Barrio Lourdes, el pequeño Raymundo perdió el apetito, se durmió temprano y hablaba jerigonzas extrañas mientras dormía. Años más tarde, llegué a comprender que seguramente sufría del síndrome post traumático que a un niño dejan experiencias como las que habíamos vivido antes.
Pasado el tiempo, Raymundo creció como un joven alegre, desenfadado y jodedor, supuestamente superó el sindrome post traumático, pues ya en su juventud, se encontraba con tales ”representantes de la ley” sin mostrar signos de alarma. Mi primo Raymundo generoso muchacho como fue siempre, llegó quizá a olvidar las ofensas recibidas siendo niño, por parte de la guardia nacional. Buen cristiano como ha sido, creo que llegó hasta perdonarlos.

Yo, por mi parte nunca pude perdonarlos, talvez porque no llegué a superar mi propio trauma, lo que probablemente se deba a que lo aquí relatado, sólo son los primeros de una larga lista de hechos, que a la vez apenas son una pequeña parte de lo que se configura como todo un sistema político de represión, imperante desde tiempos de la colonia, que tiene como regla aterrorizar a la población y trata de suprimir la dignidad humana de mi gente que siempre ha sido humilde, honrada y trabajadora, todo lo cual ha sido una de las tantas causas por las que un buen día me volví rebelde.


(*) Este y otros nombres de protagonistas han sido cambiados, para protección de la fuente

domingo, 1 de marzo de 2009

Polío



Dicen que cuando Leopoldo estuvo ante el compañero Wilber, éste, se dirigió a él de la siguiente manera: -Así que eres tú, muchachito, el que quiere ser guerrillero? No sería mejor que estuvieras en la escuela? que dirían tus padres?
-No tengo padres -mintió.

Era común en ese tiempo la trágica abundancia de huérfanos. Wilber, no dudó mucho, pero inquirió: -y que pasó con ellos?
-Fueron atacados por un toro feroz -siguió mintiendo.

-Que caso más extraño! -pensó Wilber.
Continuó el interrogatorio: –Y suponiendo que te aceptamos como combatiente, qué seudónimo escogerías?
-Polío -dijo sin pestañar. -Porqué Polío?
-Por Don Luis Alonso Polío, que se ganaba la plata soplando una trompeta, sin joder a nadie.

A los once años, Leopoldo había descubierto que sentado a la orilla del riachuelo, que corría a unos cuatrocientos metros de su casa, mientras observaba el correr del agua, se le ocurrían buenas ideas. Había llegado a entablar con esa nimia corriente de agua, una relación como la que se entabla con un confidente. En esa costumbre invertía más tiempo del prudente, pues descuidaba menesteres obligatorios de la casa, como, asegurar el agua, y el pienso en el comedero del novillo, sebucano, que con grandes sacrificios había adquirido recientemente Eusebio, su padre.

Eran de temer las irascibles reacciones de Eusebio. Arrastraba el duro lastre del analfabetismo. Sucedían cuando descubría una deficiencia en las tareas asignadas a Leopoldo en relación al cuidado del toro. A la edad que tenía su hijo, Eusebio había padecido sobre sus espaldas el látigo de los capataces de los algodonales, y el látigo de su propio padre. No conocía otro método más que ése para hacer del chico un hombre de bien.

En aquellas confidencias con el riachuelo, Leopoldo llegó a descubrir, secretos escenciales del sexo opuesto. Ocurrió después de haber encontrado el mejor ángulo para observar, sin ser observado desde una aceptable distancia, a las bañistas de la vecindad, que dicho sea de paso, eran más asíduas que él a las orillas del arrollo. De manera desenfadada, cuando se bañaban, o lavaban ropa, creyéndose a solas, examinábanse cualquier parte del cuerpo y comentaban entre ellas sus opiniones y experiencias, en voz baja, para luego estallar en estruendosas carcajadas. Probablemente, no había otro ánimo que instruír a las menores presentes, acerca del sexo. Insistían en el tema una y otra vez, para complacencia de Leopoldo.
Probable era también, en esas mujeres, la intuición, que si la existencia humana fuese una escuela, la sexualidad como materia, al final de la vida, se muestra reprobada por los seres humanos, sin distingo de clase social y de cultura.

Asaltábale la memoria a Leopoldo la imagen del torete durante sus correrías por el riachuelo. Daba un salto de susto y corría como desesperado perseguido por la imagen de su padre con un cinturón en la mano, a comprobar que todo estuviera en el lugar que debería estar para comodidad del toro, agua fresca, pienso nuevo, el estiércol retirado, como debe ser propio de un semantal del que se espera la multiplicación de un saludable hato ganadero. Ante Eusebio, tales obligaciones con el novillo eran las principales, mas no las únicas de Leopoldo, que además debía asistir a la escuela cuando el enfrentamiento entre insurgentes y tropas gubernamentales lo permitía.

-Algo no andaba bién –según Leopoldo –, en casa. Viendo televisión en la tienda de Las Colindres, le había sido revelado la importancia que tiene una pistola en la vida de los hombres. -A punta de pistola se apoderaron los gringos de las tierras de los indios. A punta de pistola se acumulan las más grandes fortunas, y así se gana el respeto de los grandes señores.
Había observado a través de la pequeña pantalla, individuos que se levantan desde el fondo de la desgracia con la ayuda de una pistola, para luego transformarse en honorables ciudadanos de gran influencia política.

Lo que no andaba bien en casa, según Leopoldo, era que su papá tenía una revólver, pero lo mantenía envuelto en una franela al fondo del cofre de sus pertenencias, como si nunca pensara darle uso. Ese revólver, según él, no era ninguna vergüenza. No era el más grande, pero tampoco el más pequeño de cuantos había visto, ni el más nuevo, pero tampoco el más viejo. Algunas veces, de la manera tímida a que era obligado, Leopoldo había comentado a su padre, la percepción que le dejaban las cosas que observaba por la pantalla del televisor. Eusebio las respondía con un silencio absoluto. Temía que rebajándose a discutir las tonterías de un niño, terminaran por volverle loco a él mismo; aunque otras veces, haciendo acopio de su mayor capacidad de abstracción, y de paciencia, aleccionaba a su hijo: ”el hombre más justo era Don Luis Alonso Polío, que se ganaba la plata soplando una trompeta sin joder a nadie”.

Eusebio, no era un hombre irresoluto en cuestión de armas, al contrario, sabía muy bien en qué condiciones se utilizan las herramientas de matar, por eso es que mantenía el revólver donde lo mantenía, con el único propósito que no perdiera lubricante; para que pudiera responder con la mayor eficacia en caso necesario.
El padre del chico pertenecía a la generación que concibe el diálogo entre padres e hijos de modo unidireccional y vertical, de lo superior a lo inferior, y era la manera más eficaz para él, de anteponerse a la certidumbre que su hijo, con el tiempo llegaría a ser más fuerte y más temperamental que él mismo, según demostraban algunos rasgos inocultables; lo cual abría la posibilidad de que el hijo escapara al control paterno; y que un buen día intentase a anular su papel indiscutible de cabeza de familia.

-No es que abrigue intenciones asesinas contra mi propio engendro, lo que intento es sujetarlo con firmeza para que un día no se vea tentado a faltarme el respeto -decía Eusebio para sus adentros-, pero supongamos que mi hijo se hace malo y llegara a arrebatarme lo que tengo, -pensaba-, ... y si no tengo más que esta casucha hipotecada, el solarcito que no son ni diez manzanas, y el toro que acabo de comprar, no es mucho! Por ahora! -decía, y cuando se acordaba del novillo, se encaminaba ansioso a comprobar que Leopoldo cumplía con sus obligaciones. Llegaba hasta el corral, estiraba la mano hacia el toro receloso, para que se acostumbrara al olor de su nuevo dueño. El semental respondía con bufidos belicosos. Contemplando al animal meditaba:
-Talvez lo de más valor que poseo es mi orgullo..., pero por mi dignidad y mi orgullo, soy capaz de quitar de enmedio a cualquiera... a un hijo con mayor razón, pues soy el padre!
Luego se preguntaba: –pero, que es el orgullo? que es la dignidad?... Indudablemente! Que no me levanten demasiado la voz! …No, no es sólo que no me levanten la voz... –reflexionaba. Mas cuando intentaba ahondar la reflexión para resolver las interrogantes que él mismo se planteaba, le atacaba un vértigo, tal que mandaba al carajo las ideas y se dirigía a sus menesteres campesinos con ardor, hasta dejar acabadas las tareas del día.

Donde quiera que iba, dedicaba sus más placenteros momentos a fantasear con el torete sebucano. En un plazo prudencial, el oficio del semental le permitiría, pagar las deudas con el banco. Esto lo mantenían al borde de la bancarrota. El objetivo era independizarse económicamente de una vez y para siempre. En el sebucano había invertido todo y cifrado las mayores esperanzas de futuro. La inversión le había hecho tocar fondo en su propia economía, mas escuchaba con atención el mensaje gubernamental, que la salida de los pequeños campesinos, a su eterna precariedad, es imitar los procedimientos de los grandes terratenientes y sumarse a los grupos paramilitares.

El cantón ”Jocote Dulce” donde vivía con su familia, se revelaba como zona en disputa, de manera que cuando se retiraban los soldados gubernamentales, aparecían los combatientes insurgentes y viceversa. El combate decisivo estaba en ciernes permanenrte y los pobladores lo presentían en el momento más inesperado, como quien espera un terremoto pronosticado.

En las escasas horas de sueño que le permitían las treguas del insomnio, atormentaba a Eusebio una pesadilla en la que era obligado a caminar sobre el filo de una navaja muy grande. Su lucha estaba dedicada a evitar caer en un escalón más abajo de su existencia. Quien pierde la tierra, si no emigra a los Estados Unidos, es obligado por el ejército a incorporarse a las milicias paramilitares. -Te ponen bajo las órdenes de cualquier sargentíllo de mierda, -se decía indignado-, y de paso te obligan a convertirte en un asesino sin remedio, como le pasó a Chamba Merino, que terminó loco después que se vió obligado a eliminar a su propia parentela!...Hacía un esfuerzo por abstraer sus razonamientos y se consolaba, a veces en voz alta : ”...el hombre más justo era Don Luis Alonso Polío, que se ganaba la plata soplando una trompeta sin joder a nadie...”

Cosas diferentes intrigaban a Leopoldo: -Un fusil, tiene mucho más poder que una pistola -se decía, y volvía a repasar los comentarios que se suscitaron desde el día que sólo un puñado de fusiles insurgentes sobre el Cerro Pelado, habían detenido el avance del batallón ”Cazadores” de la sexta brigada de infantería. Cuando se retiraron los insurgentes, el coronel Astacio, que comandaba a los cazadores, llegó a coaccionar duramente a algunos pobladores para que afirmaran que era un batallón guerrillero el que habían tenido por delante!

Eusebio salió muy de madrugada hacia la ciudad a fin de negociar más crédito para adquirir un par de vaquillas que serían junto con el torete sebucano, punto de partida para el soñado hato ”de pura raza”. Leopoldo supo, entonces que tenía todo el día para sus propias cosas. Ya entendía que a causa de su edad y de su sexo, su madre no tenía voluntad de impedir sus propias iniciativas. Lo primero que hizo fue levantarse un poco más tarde y no ir a la escuela. Tomó desayuno sentado en el lugar que acostumbraba su padre, despues se dirigió al cofre de las cosas de Eusebio, tomó el revolver, se lo colocó en la cintura bajo el pantalón y la camisa y salió hacia afuera, con la seguridad que ya había crecido lo suficiente.
A cien metros de la casa, bajo un aceituno centenario, estaba el corral donde permanecía encerrado el torete mientras se acostumbraba al ambiente. El corral estaba construído sencillamente, por un círculo de postes empotrados en el suelo, unidos por cuatro hileras de alambre de púas. En la ostentación de libertad que hacía Leopoldo, bien hubiera podido dirigirse a cualquiera de los puntos cardinales que se le presentaban ante sí, parado en la puerta de su casa. Se hubiera podido dirigir al arroyuelo, por ejemplo, al potrero, o a la montañita del tepezcuintle. Pero se dirigió al corral del torete, con la inquietud de desentrañar el secreto, de porqué su padre le entregaba tanto amor y vivía pendiente dia y noche, de aquella bestia nada mansa, mas bien furibunda. Fue hasta allá, llenó la canoa de agua fresca, al animal, le renovó el pienso y observó su forma de comer, nervioso, escarbando amenazadoramente con las pezuñas delanteras; resoplando con fuerza por las enormes fosas nasales.
Leopoldo observaba que el torete no era más pesado que Eulalia, la vaca de la casa, lo cual producía en él el efecto que, el brío y los nervios de la bestia no le infundían temor, más bien, le invadía el morboso deseo de enfrentar sin barreras, directamente, al animal, para comprobar sobre el terreno quién era más listo que quién; la bestia o él, que representaba al género humano. Ante un animal peligroso, el hombre representa las fuerzas del bien en el contexto de la naturaleza de las cosas.

Dió un rodeo afuera del corral hasta colocarse al trasero del torete, escaló las cuatro hileras de alambre espigado del perímetro y saltó hacia adentro. La vibración que se produjo en el suelo, hizo saltar al toro y se volvió con la rapidez de un rayo. Ambos pares de ojos, se encontraron a pocos metros, y ambos experimentaron la sensación de parálisis que produce el pánico ante el peligro inminente. Un desmayo invadió el cuerpo de Leopoldo. Presintió fugazmente que había calculado mal aventurándose hasta donde no hubiera debido hacerlo; pero otro impulso interno de sentido contrario, le hizo reaccionar inmediatamente. Este nuevo impulso le decía que ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. No había concluído de razonar, cuando vió venir a la bestia, en tropel, directamente hacia él, envuelto en una nube de polvo, y las astas en posición de embestida. El chico había ensayado muchas veces el movimiento que haría en una situación como esa: el toro buscaría su cuerpo con los cuernos; él haría una tirada ”de guardameta” en sentido lateral a la embestida, por lo que el toro embistiría el aire, mientras él rodando por el suelo, con un movimiento de resorte se pondría de nuevo en pié...; y lo hubiera hecho impecablemente, a no ser porque el ángulo en el que el toro lo envestía, le obligó a tirarse por el lado menos ágil, de modo que el fue cogido duramente por la tibia, aunque no con la punta, sino con un lado del cuerno del animal. Al caer al suelo, no se pudo levantar ágilmente, sino que lo hizo renqueando. Cuando se erguía trabajosamente, el torete ya había virado en redondo y venía en segunda embestida. Esta vez, Leopoldo se tiró impecablemente por el lado más ágil, pero al caer al suelo, comprobó con horror que ya estaba exausto y el toro, sin embargo, apenas comenzaba a exitarse. El toro pasó de largo en su arremetida y se estrelló contra uno de los postes; el poste se ladeó. Regresó el novillo con la cola parada y cagando un chorro de excrementos hasta el centro del ruedo. Se preparaba para la lucha, apenas. Leopoldo había caído justo junto al perímetro del corral, pero ya no tuvo voluntad de pararse de nuevo ante el toro que esperaba y hacía otro invite. Rodó por el suelo bajo la primera hilera de alambre, que se levantaba unos treinticinco centímetros de la superficie, y se situó en las afueras del corral. El toro, corrió en dirección de su rival, pero no embistió la alambrada que los separaba, sino que se paró sobre las patas traseras, y como si de una gacela se tratara, alcanzó también las afueras del corral. Sin dejar de saltar, recompuso su dirección de ataque y arremetió de nuevo contra Leopoldo que sólo se había levantado a medias del suelo. Esta vez le cogió tan de lleno, que el cuerpo del muchacho quedó aprisionado entre los dos cuernos. El toro lo contraminaba en el suelo. El revólver que Leopoldo andaba llevando, cayó pesadamente entre su cintura y su mano derecha, lo buscó a tientas, lo encontró, oyó como un rayo la voz de la providencia. Sin pensarlo, en un acto reflejos, endilgó el cañón del arma entre los ojos del animal y haló el gatillo…
Cayó la bestia pesadamente a un lado sin el menor álito de vida. Por la posición del arma al disparar, la onda expansiva, apañada por la cabeza de toro, el torso de Leopoldo, y el suelo, se dejó escuchar como un golpe sordo, como quien golpea un palo seco contra otro palo, así que Guadalupe, la madre, quien se encontraba en el interior de la casa, ante el fogón, aliñando las viandas, no prestó mayor atención al ruido.
Leopoldo estaba magullado, asustado, lleno de polvo hasta en las cuencas de los ojos, pero sin heridas sangrantes.

Entró a la casa apresuradamente. Mientras pasaba, Guadalupe lo incitó a que, de no ir a la escuela, debería ocuparse de alguna tarea que fuera del agrado de su padre. Leopoldo no contestó nada, llegó hasta el cofre de Eusebio, depositó el revolver de la mejor manera que pudo, echó mano a una cajita de madera donde su padre guardaba algún dinero, tomó diez colones y salió hacia afuera con la misma premura. Su madre volvió a recriminarle, por la forma disoluta de sus movimientos. Tampoco volvió a tener respuesta.
Afuera Leopoldo, comenzó a caminar sin rumbo, con una sóla obsesión en la cabeza que le hacía abrir los ojos desmesuradamente y voltear nerviosamente en todas direcciones: que no fuera a encontrarse con Eusebio. Caminó casi media hora por el monte, paralelamente a la carretera, para evitar en lo posible, encontrarse con el autobús donde vendría de regreso su padre, salió a la vía por un punto donde creyó estar a salvo del temido encuentro, y abordó el primer autobús que apareció, con rumbo a ninguna parte. Intentó sosegar sus pensamientos. Primero pensó buscar refugio en casa de su tío Gustavo en las afueras de la ciudad de Usulután, -imposible! -concluyó rapidamente-, me encontrarían sin remedio! Entonces iría a la capital y se mezclaría entre el gentío: -Nó! -por una razón desconocida, tenía fobia a las multitudes de la ciudad.
Descartadas las dos iniciativas primeras, se le reveló una idea distinta, que surgida de algún lugar de el subconsciente, se arraigó en su pensamiento, rápidamente, de manera definitiva. Sabiéndose a la altura de la bahía de Jiquilisco, se bajó del autobús y comenzó a alejarse de la carretera panamericana hacia el sur, en busca de los manglares de Sisiguayo, donde se rumoraba, tenía su campamento principal, el compañero Wilber Mendoza, que acaudillaba la rebelión de los peones de la hacienda ”Nancuchiname”; capitana de la muchas propiedades del clan Dueñas, grandes terratenientes cuyos deseos fueron ley, durante mucho tiempo en aquellas extensas comarcas.