viernes, 10 de julio de 2009

La ballesta

Alguien le había jugado una mala pasada a Klaussen.
Su profesor de economía? Este aseguraba que el capitalismo goza de buena salud y larga vida.
Su amigo Otto? Este le demostró con hechos que Estados Unidos es mucho mejor que Alemania para hacer fortuna.
El engaño de su empleador era el más evidente. Le hizo firmar contrato individual, para alejarlo del engorroso contrato colectivo. Ahora se encontraba en el paro y sin protección sindical.
Se habría engañado a si mismo para echar la culpa de su fracaso a la recesión de la economía?

Tomó una cerveza, se sentó en el sofá, a meditar la idea de regresar a Alemania. Pensaba mejor bebiendo cerveza y viendo televisión al mismo tiempo. En cualquier dirección que dirigía su pensamiento, el panorama era nebuloso.

Encendió el aparato. El corazón le dió un vuelco. Como por magia, apareció en la pantalla un destello de esperanza. Era la primera vez que veía esa imagen despierto. Antes la había visto en sueños. La reconoció en seguida. Era ella! Los mismos ojos, el mismo pelo, la misma voz, las mismas maneras, la misma inocente coquetería! Y sobre todo tan necesitada de un salvador. Despertó un espontáneo enamoramiento que dormía en él aletargado.

En el transcurso del drama televisivo, reparó Klaussen que la angelical chica era centro de un laberinto de pasiones a causa de su mismo carácter ingenuo, liberal, desenfadado. Confiaba en todo mundo, hasta en los hombres más mal plantados; en consecuencia, amigos, y hasta parientes la hacían objeto de sus fantasías sexuales y conspiraban para poseerla.

Sintió un arrebato de celos. Entendió que la chica no sólo despertaba en él amor. El amor le conducía a la pasión, la pasión a la frustración celosa. Entre la frustración y el odio hay una leve frontera. Otras veces no la hay.

`Sólamente hace falta en ella, un poco del carácter renano, para ser perfecta. Sangre fría para todo, hasta en los momentos más emocionales. Absoluta desconfianza ante el forastero´.

La frustración aconsejó a Klaussen apagar el aparato, para no ver a la mujer de sus sueños coqueteando con los mismos que la acosan. El amor y la pasión se lo impidieron. Son cosas de la actuación escénica! Es posible que en la vida real ninguno de esos tipos tenga nada que ver con ella. Hasta es probable que los odie!

Klaussen esperó que finalizara el capítulo del serial, para enterarse del nombre de la actriz. Anotó en un papel y luego buscó ese nombre en la red Internet. Mientras buscaba, el corazón le palpitaba con fuerza. Pudo dar con la compañía para la que actuaba, teatro y horarios en donde protagonizaría en vivo durante toda una temporada, un drama de Tennessee Wiliams. Encontró incluso el correo electrónico de la joven

Después de varios intentos vía ordenador, pudo establecer contacto con la actriz. Le envió su fotografía y una apasionada carta en donde le preguntaba, qué le parecía la idea que un admirador suyo viajara desde Estados Unidos a España para verla actuar en vivo, estrechar su mano y depositar un beso en su mejilla.

Semejante aventura, significan puntos en el currículo de una actriz. Ella respondió, positivamente y halagada.

Antes de regresar a Alemania, a su viejo oficio de vigilante privado, envió Klaussen los primeros regalos, a los que adosaba cartas cada vez más declarativas a la joven. Eran regalos baratos; la crisis no permitía más. Cómo una criatura tan angelical no podrá entender la situación?

Cartas y regalos continuaron desde Kusel, Renania palatina. El detallismo, el rigor de la metodología, la mística supersticiosa, empujaron a Klaussen, ya en Madrid, a buscar un hospedaje en la calle Ballesta. Desde aquí recomenzó el envío de rosas y cartas. Pedía el enamorado a la actriz, le permitiera acceder a su camerino, luego de pasada la actuación. –No en el camerino; sí en el vestíbulo –contestó la carismática criatura.

En el drama de Williams, interpreta la chica, una adolescente dedicada a la travesura de seducir a un viejo obispo anglicano en grave crisis existencial. La perfección de la interpretación arrancaba grandes elogios de la crítica y del público. En Klaussen, sin embargo, hubo un arrebato de frustración que quedó oculto bajo su gélido carácter renano. La pasión amorosa le aconsejó sacar a su amada de ese mundillo tan falaz e hipócrita, que en aras de el arte y de ganar el pan, frecuente media el acto sexual, y sabe Dios si es real o fingido!

Finalizado el acto, –un admirador quiere verte –dijo alguien a la actriz. Fue hacia él. En las fotos mandadas no se veía mal, pero había algo en su fría mirada, en el tono de su voz… En fin, no era su tipo. Agradeció el ramo de rosas. Leería la carta en casa. Aceptó le acompañara a celebrar con sus colegas el éxito de la jornada, a la manera de la farándula, en un bar de copas. Y aceptó entregarle el número de su móvil. El le declaró su amor desesperado.
Ella respondió con desenfado: –Ya se te pasará. En el mundo de la actuación, suele suceder.

La escena celebrativa, con la participación de Klaussen, se repitió al final de cada función el resto de la temporada. Parecía que cada actuación servía para hacer a la joven actríz, más bella, más angelical y más carismática.

Antes de celebrar la última función de la temporada, dijo ella: –Tú estás enamorado de Alicia! Yo no soy Alicia!

Con una de sus enormes manos la tomó por el cuello; introdujo la otra mano a la mochila que siempre llevaba consigo, empuñó una pistola ballesta y disparó una flecha al rostro de la actríz. La chica fue ágil, volvió el rostro a un lado y la flecha pasó a un centímetro de ella.
Klaussen fue reducido por los colegas de la actriz. En su mochila se encontraron, flechas para la ballesta, grilletes, un recipiente con gasolina, una soga con nudo de horca, y una carta donde anunciaba, después del pretendido feminicidio, su propio suicidio.

jueves, 9 de julio de 2009

Estratega

El sacerdote se acercó a la cabecera de la esposa del alférez real y dijo: –Sosiégate hija y dime tus pecados.
Ella no le prestó atención y siguió con una sarta de incoherencias, mezcla de nahuatl y castellano que decía entre espumarajos que expulsaba por la boca.

En el Mercado, alguien le había dado una estocada en el costado, perdiéndose después el hechor entre la multitud. Dos semanas después, la gangrena le alcanzaba el cerebro. Las violentas convulciones que eso le provocaba, obligaba a cuatro sirvientes sujetar con fuerza cada uno de sus miembros.

–Cuatro caballos arreviatan a cada uno de mis miembros –decía–. Unos tiran hacia Tezcatlipoca. Otros hacia Satanás. Los únicos que conozco. Jamás se ha acercado a mí el Cristo redentor, de seguro porque los castellanos le afaman mucho, pero reniegan de él y le traicionan a cada paso… Dicen que a Cristo lo mataron judíos y romanos. Yo más bien creo que fueron los castellanos...

A cada palabra pringaba saliva que recaía sobre su cara. El religioso desistió de acercarle el crucifijo para que lo besara. Desde una distancia prudencial dibujó hacia ella una cruz en el aire. Tomó los santos aperos estrujándolos con ambas manos hacia su pecho y preguntó por el marido de la señora. –Salió hacia la funeraria, –le contestaron. Dio media vuelta el cura y abandonó el lugar. Antes de salir dijo a los sirvientes: –Es inútil. Está posesa, no se puede hacer nada. Dios se apiade de ella!

Poco antes de la llegada de los castellanos, acosaban a Chimalpain, señor de Paimala, al noreste los guerreros de Mahú Kutah. Al suroeste los guerrreros de Huitzilopotchtli. En diferentes fechas iban ambas fuerzas, cada año, a por el tributo.
La segunda esposa del cacique, Ximátl, Cacica de Xaltipa le convenció a que incluyera a la primogénita de éste (hijastra aún impuber de la cacica), entre las mujeres tributadas a los Mahú Kutah.
Ximátl alegó carencia de mujeres en el reino. Aseguraba además la sucesión al trono para su propio hijo.

Bastó un año para asimilar lengua y cultura de sus nuevos amos. La agudeza mental mostrada entre los mayas por la hija de Chimalpain, que había sido educada para la política y la diplomacia, despertó la suspicacia de la corte. Podría tratarse de una espía con instrucciones de su padre.

Recurrieron a la adivinación, los sacerdotes de Xibal Bal abrieron el pecho de un esclavo painala, examinaron su corazón, consultaron las constelaciones y dieron su veredicto. –El destino empuja a la hija de Chimalpain hacia la costa. Se unirá a un poderoso señor extranjero que viene a destruír a nuestro enemigo.

El cacique maya vendió a la hija de Chimalpain a un mercader xicalango.
Demasiada sapiencia en una mozuela es mal agüero. El xicalango la trocó por una carga de cacao a mercaderes putunchán que se dirigían a Chocan Putún, en donde éstos la vendieron al cacique. Chocan Putún juntaba el tributo que exigíeron los extranjeros al haber vencido en el campo de batalla: una carga de oro, una carga de plata, una carga de mantas, veinte mujeres y bastimentos.

Hernán Cortés repartió a las mujeres entre sus hombres. A la hija de Chimalpain rebautizaron, de Malinali a Marina, y fue asignada a Portocarrero. Marina protestó. Segun los augurios y las estrellas, ella debería desposarse con Cortés, el jefe. Cortés la miro de pies a cabeza. Sus ojos denotaban un brillo fascinante, pero sus pechos aún eran incipientes; sus caderas no eran pronunciadas, y desechó la sugerencia.

Demostró Marina acelerada asimilación del castellano. Dominaba además el maya, el nahuatl, la política, la diplomacia y la historia de la región. Entonces, envió Cortés a Portocarrero a España, y tomó a Marina para sí.

Marina puso en claro a Cortés qué pueblos eran los más poderosos enemigos de los mexica. Qué pueblos eran los pocos amigos con que los mexica contaban. –Sus enemigos, y aún los propios mexica os esperan como un dios libertador! –decía zalamera, Marina, al capitán general. No decía mentira, pero al propio Cortés le parecía un embuste.

Se unieron a Cortés los tributarios costeros de los mexica. A medida que avanzaba tierra adentro se le unían otros, y otros. Dió inicio a la campaña. Objetivo: México Tenochtitlán, capital de los mexica. Bajo el disfraz de amante del capitán general se ocultaba quien era la verdadera estratega política y diplomática de la gesta. Hernán Cortés continuó siendo un capitán general, ejecutor militar de la estrategia trazada.

Dos años transcurrieron de intenso enfrentamiento psicológico, diplomático, político y militar. Los combates decisivos fueron epopeya inenarrable. La debacle que sucedió a la rebelión de Cuautemoctzín hizo llorar a Cortés, porque se creyó sin estratega. Marina no aparecía en la reagrupación de sus leales derrotados. Pero ella lo esperaba en un recodo camino a Tlaxcala, única retirada posible. Cortés volvió a llorar. Esta vez de alegría. La victoria final de los castellanos estuvo asegurada.

Vino la pacificación y el reasentamiento. Dio a luz Marina a Martín Cortés, justo cuando el padre del chico daba por concluidos sus servicios estratégicos.

Casó marina con Juan Jaramillo, quien vendría a ser alférez real.

El capitán general, se volvió de mirada huidiza y meditabundo. Hablaba solo. Unos decían que le atormentaban innumerables muertos. Nuño Guzmán aseguraba que lo que realmente le atormetaba era la seguridad de los tesoros que tenía escondidos y que superaban en volumen lo entregado al rey. Le acusaron además de aspirar al virreinato, para luego coronarse rey independiente de España.

La acumulación de pruebas sería una tarea ardua. Alguien advirtió a Nuño que el archivo en donde con seguridad se encontrarían las pruebas necesarias, era la prodigiosa mente de Marina, hoy de Jaramillo.
Se formularían cargos. Se llamaría a Doña Marina a declarar.

Enterado Cortés de quien sería testigo principal, en la conjura. –dicen–, puso un kilo de plata y una daga herrumbrosa en manos del más fiel de sus leales. Un kilo de oro del tesoro de Moctecuhzoma sería entregado después de ejecutada la misión.

martes, 23 de junio de 2009

Amaguaña, Cacuango, Benedetti

La estrella del premio Eugenio Espejo, que se concede en Quito a luchadores sociales, estuvo ausente del acto. Los brindis de la fiesta hicieron que nadie, excepto Diego Montenegro, periodista, se preocupara demasiado.
Subió Montenegro sesentiseis kilómetros faldas arriba del Cayambe. En la Chimba encontró a Tránsito Amaguaña tomando el sol afuera de su choza.
Los kechua, muestran consideración a un anciano pobre, mediante una hogaza de pan.

–Porqué no me trajiste pan? –preguntó la anciana artrítica. Luego explicó–: La invitación vino muy tarde, y no preguntaban, si sería yo capaz de andar hasta Quito como cuando la lucha sindical; o si tenía dinero para pagarme un pasaje de bus.

El periodista se ruborizó, pero las preguntas continuaron. Una vez más, tuvo oportunidad, la anciana, de repasar los acontecimientos memorables de su vida.

Gran parte de la cosmogonía kechua mantendrá su carácter oral hasta la consumación de los siglos, accesible sólamente para quien masca la hoja de coca con el estómago vacío. Se explica entonces que entre los kechua, los más pobres sean los más sabios. Es la única forma de preservar la tradición oral en su estado puro. Aquí se establece que el infierno y la paz son períodos transitorios alternantes en el tiempo. Que en las entrañas del infierno anida el germen de la lucha entre el bien y el mal. Es hasta que vence el bien que sobreviene un período de paz. Esta victoria sólo es posible mediante la lucha despiadada, como la que elevó a Inti, al trono de los dioses.

Comenzó por recordar, Tránsito ante el periodista, que aquel señalado día, la reunión hubiese terminado a una hora prudente, y ella, hubiese podido regresar a su choza con las primeras sombras del atardecido; pero el carisma y los argumentos de Dolores Cacuango, mantuvieron en vilo a los sindicalistas durante toda la noche.
Regresó, de madrugada, sola, entre el valido de las alpacas, ladeando las estribaciones del Cayambe. Masticaba hojas de coca para combatir el hambre. Caminando, dedicaba un pensamiento a su hijo muerto, y a sus dos hijos vivos que eran la esperanza. No le preocupaba haber estado ausente de la familia la noche entera, porque al salir había dejado en el hornillo, una tinaja rebosante de gazpacho. El pensamiento que más ocupaba su mente, mientras caminaba, era el de trastocar su infierno personal hacia un período de paz.

Viéndola acercarse con pasos apresurados, –aquí estás puta desgraciada! –le gritó el marido desde el umbral de la choza– Dónde has estado? Putiando toda la noche?
No eran los celos que le impulsaban a gritar a su mujer de esa manera, sino la borrachera.

–Aguarda! –contestó sin detenerse–, arreglemos ésto sin necesidad de asustar a los niños!

Por toda respuesta el hombre se abalanzó hacia ella intentando afianzarla del pelo. Tránsito dio un paso atrás, el agresor manoseó el aire y cayó de bruces sobre el suelo. Se puso de pie y volvió a arremeter. Se liaron a trompadas. En el fragor de la batalla decía ella jadeante:

–Se llegó el día que tengo que saber qué clase de bestia eres! Eres mi marido o no eres mi marido? Soy yó tu mujer o no soy yó tu mujer? Merezco o no merezco respeto? Me matas tú o te mato yó, carajo!

–Si mueres, mueres en mis manos! –decía él.

–Si me matas, en tus manos he de morir! –replicaba ella, sin aflojar las trompadas, los arañazos y las patadas.

La batalla se prolongó todo el día y toda la noche. Acordaban treguas sólo para beber agua. Al atardecer del siguiente día habían las acciones amainado por agotamiento, pero la lucha continuaba inexorable. Los contendientes estaban exaustos y sangrantes; los moretones, cubrían el cuerpo a ambos. Los niños lloraban de hambre y miedo.

Según la tradición kechua, al atardecer del segundo día de irresoluta batalla marital, se hizo presente la comunidad en pleno. Los más ancianos juzgaron y emitieron su veredicto. Dieron de comer a los niños; hicieron dormir a los esposos en chozas separadas. La madrugada del día siguiente, el marido de Tránsito, con sus pertenencias al hombro, abandonaba la choza gritando: –Ahi te quedas vieja puta, por comunista!

En el período de paz que sobrevino, iban y venían Tránsito Amaguaña y Dolores Cacuango por la Pichincha y faldas del Cayambe. En esas idas y venidas, encabezaron veintiseis marchas sobre Quito. Libraron incesantes combates contra el acial, el garrote y las jaurías de perros de los hacendados, contra las marcas patronales en las carnes de los indios.
Pisambilla, Cariacu, Paquistancia, Mayurco, Cahupi, San Pablo, Pesillo, La Chimba, fueron testigos del nacimiento de El Inca, Tierra Libre, Pan y Tierra, sindicatos agrícolas. Después de éstos vieron nacer, la Federación Ecuatoriana de Indios, la Federación de Trabajadores Agrícolas del Litoral, y cuatro escuelas bilingües para niños y adultos de La Pichincha.

No eran, la Cacuango y la Amaguaña, ajenas al asecho de la tentación. Se les presentó en la quebrada de Yanahuaico, en la figura del cura de Cayambe. Les alargó el brazo con un fajo de cincomil sucres. –Tomen ésto y vuelvan al pacífico quehacer de sus hogares –les dijo el cura.
Ellas se tomaron de la mano y corrieron alejándose. Atrás resonaba la maldición del ministro de Dios: –Malditas brujas comunistas! A vosotras no es el reino!

Habrían de dar un salto las dos mujeres. Dolores Cacuango buscó estribaciones más altas de la cordillera. Tránsito Amaguaña cruzó el mar de las Antillas, a enlazar con el Che Guevara. Cruzó el Atlántico a contactar los soviet obreros y campesinos. Regresando, fue apresada y torturada, conminada a entregar las armas soviéticas que seguro traía consigo….

El periodista regresaba a Quito, con una buena historia que contar. No trajo pan, pero obsequió a la anciana un poemario de Mario Benedetti. Desde que leyó esos poemas la vieja, soñaba que la muerte en forma de poesía vendría a llevarla.

Sucedió al revés. Un domingo de mayo, durmió para siempre Tránsito Amaguaña, un domingo después hizo lo propio Mario Benedetti.

miércoles, 17 de junio de 2009

Envidia letal

No hay envidia más homicida, que la envidia al intelecto.

No se ponía el sol en ese imperio. Pero había asfixia de penumbras, humaredas y hogueras.

Nació la niña prodigio. A los tres años dominó su lengua materna; a los cinco, la gramática.
A hurtadillas en la biblioteca del abuelo, leyó a Herodoto, Plutarco, Homero, Ovidio, Séneca, el antiguo, el Nuevo Testamento…

Acompañando a su hermana mayor, a las lecciones de ésta, aprendió latín a los ocho años. Asimiló el idioma nativo, poniendo atención a lo que conversaban entre ellos, los nativos.

Su madre aflijió: tales habilidades en una mujer, en ámbito pueblerino, son camino seguro hacia la hoguera.
Envió entonces a su hija a la mayor tolerancia de la capital del virreinato. Ahí obtuvo la protección de la virreina, en cuya corte comenzó a servir y a deslumbrar. Pronto, se vio ungida como, poetisa de la corte.

En una reflexión descubrió el axioma: `No hay cosa más libre que el conocimiento´. Lo suyo no era la lírica, sino, la ciencia; pero a las mujeres eran vedadas las universidades. Pensó vestirse de hombre para acceder; desechó la idea, por complicada.

Engendraba una montaña lírica, pero lo hacía por encargo. Utilizaba los versos encargados, para el trueque.

Tampoco era suya la religión, sino la filosofía.

Ciencia, filosofía, transvestismo, en una mujer significan brujería y hoguera.
Encontró un mínimo resquicio: profesar votos religiosos. Capaz de todo por acceder a un medio que le permitiera cultivar el intelecto, se dio a las Carmelitas Descalzas. Se equivocó. Estas despreciaban el conocimiento. Lo suyo era el martirio de la carne.

Quebrada físicamente por su experiencia descalza, renunció a esa orden.

En ésto, recibió convocatoria del virrey. El virrey la colocó al frente de cuarenta examinadores de nivel universitario: teólogos, matemáticos, historiadores, poetas, humanistas… En la sesión, de examinada pasó a examinadora.

Volvió al aislamiento. Esta vez al convento de las Jerónimas. Intercedió la virreina en persona para que se le instalase doble celda, provista de extensa biblioteca, escritorio, papel, tinta, plumas, instrumentos de música y matemáticas.

Desplegó el enorme potencial de su peculiar arte: formular con iluminada retórica, los encargos del alto clero, de los virreyes y la nobleza: autos sacramentales, versos sacros, profanos; villancicos, poemas de ocasión, consonancias, comedias, tratados de música.

La retórica y la gramática, fueron maleable arcilla en su iluminada mente: descubría nuevos verbos a partir de un adjetivo; nuevos adjetivos partiendo de un verbo. Acumulando adjetivos sobre un sólo sustantivo, formulaba una sucesión infinita de versos; y viceversa. Igual que agotando las posibles variaciones de un retruécano.

El místico resplandor que surgía desde el jerónimo claustro, llegó a opacar las débiles luces que en ese entonces, alumbraban el mismísimo obispado.
El mitrado no percibía, sin embargo, resplandor alguno, emanado desde esos muros, sino hidras salidas de la cabeza de la Gorgona. Su mística era otra. He aquí que una vez más percibió la voz de la hermandad custodia de los requerimientos de la fe. Pertenece al hombre la reflexión; a la mujer la obediencia.

No le extrañó a la monja que el señor obispo le llamase a su presencia. Alrededor de profundas discusiones teologales, había germinado entre ellos cierta familiaridad (la amistad en ese ámbito y jerarquía, es proscrita por el santo oficio).

Comenzó el monseñor por denunciar ante la monja, con toda vehemencia que le fue posible, la altanería de ese hermano que osó predecir que superaría en el sermón del Jueves Santo, toda anterior formulación clerical acerca del amor del mesías a los hombres. –El Sermón del Mandato –dijo el obispo a la sor–, fue retóricamente perfecto, mas la petulancia de su predicción demuestra que fue inspirado por el enemigo!

Pasó el prelado a demostrar a la religiosa que la elocuencia de ese hermano era nimia, comparada con la retórica de ella; luego de lo cual le encargó refutar (por supuesto, brillantemente), párrafo por párrafo el sermón del Jueves Santo

Aunque fácilmente superable, el Sermón del Mandato, le pareció a la monja innecesario hacerlo, pues expresaba en justa medida la coyuntura.
Ante tanta insistencia, ella se negó tres veces. La incisiva mirada del mitrado, y un brusco giro en el tono de su voz, le recapacitó, que lo suyo era escribir por encargo; y cuando el encargo viene de la mano que `te da de comer´, es ineludible!

Ignoraba ella (él no), que alrededor del Sermón del Mandato, eran un sólo haz, las altas autoridades de la política y la cleresía.

La Carta Atenagórica, escrita por la religiosa en refutación y por encargo, parecía haber sido dictada por un coro de ángeles. Quizá fue esa la razón por la que la alta sociedad se apretujó aún más en defensa del Sermón del Mandato.

A la autora, le fue retirada la protección de los virreyes, y la amistad de la intelectualidad del virreynato.

Recibió carta firmada por una desconocida sor Filotea, en la que le llamaba al orden, al arrepentimiento, a la reconversión. Reconoció en esa carta, la caligrafía y el estilo del obispo. Le invadió el terror. Pero tuvo la entereza de contestar con otra brillante misiva que opacó completamente la recibida: Carta Autobiográfica.

Le fueron confiscadas las comodidades que gozaba; se le redujo de nuevo a una estrecha celda. Pudo salvar su biblioteca, mas no la librera. Tuvo que guardar los volúmenes en cajas de madera que colocó debajo de la cama.

–Tengo, mis libros –dijo–, no he perdido nada!

Vino a ella su confesor. Le ordenó, vendiese esos libros y entregara el producto en calidad de limosna.

Se dedicó a las víctimas de la peste. Al aparecer los primeros signos de contagio en su propio cuerpo, se le vio el rostro iluminado de alegría.
Se despidió del mundo con un par de versos, que hacía mucho había escrito por encargo, en dos diferentes coyunturas: `A quien más me desdora, el alma ofrezco/ A quien me ofrece víctima, desdoro…´ –hizo una pausa y repitió–: `…Hombres necios que acusais a la mujer sin razón…´

martes, 9 de junio de 2009

Táctica

Tomó la palabra el emperador:

”Mayor peligro es la codicia de nuestros patricios que las hordas que nos asedian!
Los artesanos trabajaban día y noche, acuñando montañas de moneda sólo para pagar a los acreedores del Estado.
Tales acreedores ocupan asientos aquí mismo en el senado.
La plata sólo alcanzaba para bañar el bronce.
Los mercaderes replicaban elevando precios hacia el infinito.
Una carga de monedas por una hogaza de pan. Un odre de monedas para una túnica….Un carromato repleto por un techo precario.
Unicamente los patricios bebían vino.
El hambre aconsejaba rebelión a los ciudadanos….
Sólo la audacia de mi padre (putativo), que le condujo a las minas de plata de los britanos, pudo salvarnos del desastre….”

El senado aplaudió de pie. Después aprobó erigir una estatua al padre putativo del emperador, en Camulodunum, capital de los Trinovantes.

El presupuesto presentado para construír el pedestal estaba notoriamente elevado, porque el subsuelo del sitio escogido por el gobernador era cenagoso. El presupuesto se aprobó. Razones de incumbencia sólamente para el ministro de obras, determinaron que el maestro a cargo del pedestal tuviera que proceder sólamente con la mitad de lo presupuestado; entregara la obra a tiempo; y no ha lugar a cambio de sitio.

Murió Prasutago, rey de los icenos. A Boadicea, su mujer, aliviaba la congoja, el hecho que por carecer de un hijo varón, el rey había nombrado heredero de su reino al emperador.

El emperado no era de compromisos con los débiles. Sus tropas se lanzaron a la rapiña. Incautaron las tierras, saquearon las propiedades, violaron las mujeres; incluso a la viuda del rey y a sus hijas. Desde entonces, la única razón de las hijas de Boadicea y de ella misma, fue combatir al ocupante. Vencer o morir en el campo de batalla.

Sesionaba el consejo de Icenia. Habían dos tendencias. Una, la de imitar los métodos imperiales de guerra: dejar la familia en el hogar. Marchar al frente en formación legionaria, detrás de escudos tan grandes como la estatura de un hombre. Industrializar la elaboración de picas y espadas. Descartar a las mujeres como combatientes.

La otra tendencia, mayoritaria, consideraba indigno combatir de ese modo. El ánimo de las mujeres es necesario en el campo de batalla. Las familias deben asistir al combate en calidad de auxiliares. Cada combatiente deberá elaborar sus propias armas inspirado por el dios de la guerra. Evitar la indignidad de gruesas corazas y pesados escudos. Evitar la indignidad de combatir como un armadillo acorazado por los cuatro costados, como hacen las legiones imperiales.

Pidió Boadicea votar. Por la primera tendencia se oyó un murmullo desaprobatorio. Por la segunda, estalló un estruendo de voces y un bosque de picas alzadas.

Se oyó el tropel de un caballo. Era un heraldo trinovante llegado de Camulodunum. Se dirigió a Boadicea y dijo. –El gobernador y las legiones embarcaron hacia La Mona bajo la lluvia. Cesada la lluvia, la estatua estaba en el suelo!
La viuda del rey buscó los ojos de la hechicera. –Es el designio de los dioses; el augurio que esperábamos! –dijo.
De nuevo estalló el estruendo de voces y se alzaron las picas hacia arriba.

Sin pérdidad de tiempo bajaron los icenos hacia Camulodunum. Adelante marchaba una informe masa de infantería de breves escudos, y armas igeniosamente disímiles; algunas de ellas recién inventadas. Atrás de la infantería una inconcierta y grande agrupación de carros tirados por caballos. Eran carros de combate. El primero de ellos era conducido por Boadicea. Su hija mayor tripulaba como flechera. La menor como lancera. Atrás de los carros las mujeres, los niños y los viejos, a paso más lento marcaban el paso del resto.

Al alba, en el mismo orden que marchaban irrumpieron entre las defensas de Camulodunum. Llegado el sol al cenit toda construción imperial estaba en llamas; al caer la tarde, todo prisionero pasado a cuchillo.

Atendieron sus heridos, comieron, bebieron los icenos y durmieron entre las ruinas.

Al alba del día siguiente continuaron hacia el sur. El grueso avanzó sobre Londinium. Un tercio rodeó la ciudad a colocar una emboscada por la única ruta que accedía desde el sur. A la misma hora que era incendiada Londiniun, en la emboscada estaba siendo aniquilada la legión que acudía en auxilio.
Utilizaron la mísma táctica con idéntico resultado sobre Verulamium.

Volvió el gobernador a toda prisa con un ejército numeroso. Descifró que la meta de los rebeldes eran los asentamientos de la costa sur. Desembarcó. Colocó sus legiones a dos días de marcha sobre la ruta traída por el enemigo, a fin de descansar lo suficiente.
Los dioses favorecieron al gobernador. Lo colocaron sobre un paso obligado en forma de callejón de paredes escarpadas. Las paredes le protegían los flancos. Al extremo sur del callejón colocó, al centro la infantería; a ambos flancos la caballería, y se puso a esperar.

Aproximadas la huestes de Boadicea al extremo opuesto del paso, avanzaron dispuestas a arremeter en el mismo orden que marchaban.

Las líneas delanteras de las cohortes legionarias colocaron sus grandes escudos hacia los atacantes, borde con borde, formando una sola pared de cuyos intersticios, sobresalían largas picas afiladas; las líneas interiores colocaban los escudos sobre sus cabezas.

Lanzaron los icenos flechas y venablos sin concierto alguno. Las legiones lanzaban ordenadas andanadas a la voz de un centurión. Arremetieron en furiosa masa los icenos. Las picas legionarias eran largas, los escudos icenos, breves. La pimera oleada dejó la vida a los pies del borde delantero. Sucedió lo mismo con la segunda, la tercera, la cuarta ola de ataque….. Las legiones formaron en `cabeza de jabali´ para iniciar el contraataque. Se dió señal a la carga de caballería. La masa de atacantes era tres veces superior al número de legionarios. Retrocediendo en estampida los icenos, chocaron contra sus propios carros. Se formó el caos. En formación de `cabeza de jabalí´, avanzaron las legiones entre el caos, y comenzó la gran matanza.

Aquellos que sobrevivieron, entendieron la importancia decisiva, de la reacomodación de la táctica según las circunstancias.

lunes, 1 de junio de 2009

Arresto Domiciliar


Desde la terraza del palacio, hacia el noreste se domina el mar. Hacia el suroeste, un paisaje de torres extractoras de petróleo sobre el desierto. Al oriente, entre el mar y el desierto, un monte cuyo nombre da lugar a una disputa fronteriza e idiomática.

Desde lo alto, hay una extraña perspectiva. El techo del kiosko del jardín de los granados es la conjunción por sus vértices de cuatro triángulos equiláteros. Las jaulas de los guepardos se ven como un pequeño tren sin locomotora. El techo de la caballeriza es una innumerable sucesión de minúsculas geometrías; el patio de las palomas mensajeras una ciudadela de pagodas.
Hoy que el hijo del emir permanece día y noche en el palacio, triplica la servidumbre el esmero por la eficacia y la disciplina. Conocen su temperamento. Hacen un supremo esfuerzo por no provocarlo.

Hacia el borde sur de la terraza, en una mesa de cedro a cuyo costado hay un sofá colgante, también de cedro, está servido el desayuno. Una jarra de zumo de granadillas; pan ázimo; queso de cabra bañado con aceite de oliva aderezado de azafrán; huevos pasados por agua hirviente; un cuenco de plata rebosante de dátiles maduros; y una tetera que exhala el aromático vaho del té ceilandés.
La mesa está bajo un quitasol cuya tonalidad hace juego con el despejado azul del cielo, que hacia el noreste declina progresivamente hasta unirse con el azul del golfo.

Sentado sobre el sofá colgante, el príncipe se muestra inapetente. Hay melancolía en sus ojos y mira el mar con indiferencia. Por orden del emir le está prohibido salir de su residencia. El príncipe cumple, aunque no hayan guardias que custodien las salidas del palacio. Es que hay en el principado, algún guardia capaz de profanarle impidiéndole el paso?

La gravedad de la crisis parece no estar en los hechos mismos; sino en el idetenible desarrollo de la tecnología.
El invento de la cámara de video ha venido a desbaratar la infalibilidad de la palabra de los príncipes.
Ha negado con rotundidad los hechos que le imputan, pero existe una secuencia que él mismo pidió filmar, para divertirse después y divertir a sus amigos.

Sus órdenes aún son infalibles, aunque sólamente dentro del principado. Ordenó la absoluta destrucción del archivo de su filmoteca particular, y así se hizo. Un traidor sin embargo, ya había hecho circular parte del archivo por la red Internet.

Unos treinticinco años habrán transcurrido desde esa tarde que, aún impuber, por expreso deseo de su madre acudió al consejo del muftí. Le dominaba la tendencia a la mordacidad, al escarnio, al goce ante el sufrimiento y la desgracia, ajenos. Esto terminaba por alejar de él las amistades que más apreciaba; mas lo peor de todo era que cuando quedaba solo, le asustaba escuchar la voz de su propia conciencia que le recriminaba.

Las perspectivas trazadas por el muftí, extrapolaban largamente hacia el futuro objetivos a muchos años plazo; de modo que no sólo le consoló y absolvió. Además le animó a enfrentar con autoridad principal la voz de la conciencia. –Hay cosas que para los demás están vedadas y castigadas –le dijo–, pero no para vos, porque vos sois príncipe. Al pueblo alcanza los designios del creador en las palabras salidas de la boca de los príncipes, y obra el altísimo a través de sus actos.

Pasado el umbral de la pubertad, el hijo del emir, experimentó en sí mismo, el imperioso mandato de las hormonas. Ya no le bastó que el azar colocara ante él la desgracia de otros. Sintió el irrefrenable impulso de provocarla. Trascendió, mucho más allá de efrentar con autoridad la voz de su conciencia. La anuló, la maniató; dispuso encerrarla en un calabozo a cadena perpetua. Lo hizo. Luego de correr el cerrojo y cerrar el candado de la reja, lanzó la llave al profundo foso de los caimanes.

No obstante, nadie, ni siquiera sus guardaespaldas, podrían asegurar que llegara a realizar todos los actos que se proponía. Sea por inoportunidad, o por evitar caer en evidencia, no pocas de las principescas aventuras quedaban en la categoría de fantasía o sueño. Estas podían, incluso, ser más frecuentes que los hechos concretos, y le satisfacían de igual manera. Le llevaban a una especie de culmen orgásmico. Pasado lo acontecido, evidentemente, obviaba el plano en que había sucedido.
Fantasía?, sueño?, realidad? No tenía la menor importancia. Lo importante era el orgasmo.

Algunas mentes perversas, dan a entender que se trataba de planes morbosamente concebidos y cuidadosamente planificados, pero las evidencias significan lo contrario. La casualidad, no la causalidad, o talvez una suerte de tedio existencial, jugaba un papel indefinitivo.

Se despojaba de atuendo reales y salía a la calle de incógnito, acompañado de sus guardaespaldas. Tripulaban camionetas todo terreno con vidrios polarizados. Su blanco favorito eran inmigrantes.

En el video de la polémica protagoniza una escena en varios actos:

En el acto primero, aparece maniatando a un inmigrante, le introduce arena en la boca, mientras le grita acusándolo de ladrón estafador.

En el segundo acto, echa mano a un fusil de guerra y dispara sobre el hombre maniatado, con el cuidado que los disparos sólo rozen la piel de su objetivo. Aterrorizado, el inmigrante llora y suplica por su vida.

Acto tercero, deja el fusil, toma una picana eléctrica, aplica descargas a los genitales y al ano de la víctima; golpea el cuerpo yacente con una tabla profusa de clavos; le vierte un líquido inflamable sobre la ingle y prende fuego; luego de lo cual, pide a gritos, sal a sus asistentes, y aplica sal sobre las heridas del hombre que gime desesperado.

En el acto final, se coloca el príncipe al volante de un auto de doble tracción; lo hace retroceder procurando que las llantas traseras trituren el cuerpo que sangra sobre la arena. Después, se alejan de la escena, festejantes, los hechores, creyendo dejar atrás un cadáver. Pero el hombre no estaba muerto.

No tuvo otra alternativa el emir, que ordenar el arresto domiciliar.

jueves, 28 de mayo de 2009

Bárbaro

Antes que vuelva salir el sol estaré muerto. Lo sé. Nunca me interesó la hechicería, pero cualquiera sabe que en la sangre está la vida, y estos farsantes que me rodean no han podido detener el hilo de sangre que mana de mi nariz.

Dormí un instante, me soñé llorando y al despertar me invadió la melancolía. Mal augurio. Como los hombres de mi pueblo, no recuerdo haberlo hecho nunca. Claro! No he sido ajeno al llanto! Todo hombre o mujer llora al nacer.

Esto comenzó por la mañana. Se ausentó de mí la memoria. No recordaba que horas antes había desposado con Ildiko, hija de nivelungos; ni que estaba en ciernes mi unión con Honoria, hermana de Valentiniano. No supe qué hacía ahí, en campo abierto rodeado de mi séquito avistando el horizonte. Hizo presa de mí un fuerte mareo, como si hubiese bebido demasiado Sekah (leche de yegua fermentada), y caí del caballo. Mis asistentes me ayudaron a retomar la cabalgadura pero no pude. Los hechiceros han no podido evitar que mi nariz siga sangrando todo el día.

La vida escapa de mí por la nariz. En los intermitentes momentos que duermo, sueño con el tiempo que ya pasó, y con la loba.

Ah Teodosio! Valentiniano! Marciano! Bárbaros nos habeis llamado, porque nuestras costumbres no son agradables a vuestros ojos!
Estamos a mano porque a nos, lo abominable anida en las costumbres vuestras.

Nosotros vivimos libres bajo el ancho cielo, respirando aire puro, compartiendo los bebederos con las criaturas de la naturaleza.

Vosotros vivís amurallados, hacinados en la insalubridad, respirando el hedor de vuestras propias excresencias, asociados a las ratas, las moscas y las cucarachas, asolados por la peste que revive cada cierto tiempo de vuestras propias inmundicies.

Bárbaros nosotros, porque desconoceis nuestra lengua?
Nuestro idioma es prohibido a los vasallos. Con los vasallos tratamos en su propia lengua.
Vasallo es quien paga tributo a un señor!
Decid!
Quién paga tributo a quién? Atila a Roma, o Roma a Atila?
Con vuestros embajadores tratamos en Latín, con los griegos en Griego, con Alarico en Godo, con Genserico en Vándalo, con Teodoredo en Visigodo…, sin auxilio de traductores!

Cierto, no escribimos nuestra historia, nuestras tradiciones, el devenir de nuestra política y gobierno. Acaso lo necesitamos?
Historia, tradiciones y leyes, las guarda cada hombre, cada mujer, cada funcionario, cada caudillo nuestro, en la memoria.
Cada tarde cultivamos la memoria, bajo las estrellas, después de saciado el hambre alrededor del fogón, tertuliando los relatos de los viejos.

Me acusais de fraticida!
Desconoceis el viril ejercicio que dirime la irreconciliable opinión entre dos hermanos: el duelo total, con toda arma y sin testigos. Uno sólo es el ungido de los dioses!

Me acusais de rapiña y perjurio!
Pretendeis ignorar que la codicia de vuestro obispo en Margus, le empujó a profanar, y robar las tumbas de nuestros padres, quebrando así el tratado de paz vigente?

Decís de mí, derrotado en los campos catalaúnicos!
Y omitís que en el contraataque el supuesto derrotado vence en Aquileya, Padua, Mantua, Vicenza, Verona, Brescia, Bérgamo, Milán…. Media Italia!

No ha lugar me acuseis de tiranía, de soberbia o megalomanía.
En guerra o en paz, en cualquier sircunstancia, mi presencia es accesible al caudillo de más alto rango o al más humilde combatiente. Al extranjero es prohibido pronunciar mi verdadero nombre. Sólo le es accesible mi cometido, Atila, que significa `padrecito´. Por grandes sean los festejos, nuestra moral de gobierno exije, mientras a la corte se sirve en bajilla de plata, al padrecito se sirve en cuenco y copa de madera.

Incapaces de complicados cálculos, ejercicio intelectual, y empresas, nos decís!
Queréis desconocer que nuestro punto de partida es el invento del arco recurvo asimétrico, cuyos dardos superan en dos tercios el alcance de los dardos romanos, con una fuerza de choque capaz de atravesar las corazas de vuestra caballería?

Quereis ignorar que el territorio sobre el cual hemos organizado la pacífica convivencia de innumerables pueblos, va desde las estepas del Asia central, hasta Germania, y desde el Danubio hasta las islas del Mar Baltikum…?

Quereis obviar que nuestras unidades ofensivas, por reglamento militar, se componen de sesenta mil combatientes a caballo?… Que somos capaces de dirigir hacia un sólo punto, decenas de unidades ofensivas…?

La fabricación del arco recurvo implica un año. Teneis idea de los cálculos necesarios, para garantizar la puntual armamentización de cientos de miles de combatientes, dispersos por todo nuestro territorio; el ejercicio intelectual requerido para que impedimenta, pertrechos y vituallas para sesentamil hombres y el doble de caballos, avancen al mismo ritmo de la fuerza, y se aproximen en secreto a su objetivo?

Es risible que afirmeis que la mano alzada de León I, ese viejo de mirada melancólica, nos impidiera el paso hacia vuestra capital occidental. No estaba en nuestro plan! La oceánica vastedad de nuestras tropas, nos obliga a actuar como el mar. Fue el momento de reflujo, que nos hizo volver grupas y regresar….

… Un humilde pastor puso en mis manos el poder de la venganza. La adoración de un dios usurpador dividía a los hijos de la loba. En sentido contrario siguió el rastro de sangre que traía hacia él una res herida; lo condujo hasta la espada de Marte que yacía semienterrada. Puso el pastor esa espada en mis manos. Al instante escuché la voz que me decía, con esta espada me vengareis…

…Sólo arrasamos ciudades negadas a nuestra misión vengadora y al vasallaje…. Nuestro mensaje ha sido de convivencia entre los pueblos…. Los hunos no somos tantos… Esas miríadas de miríadas de combatientes bajo nuestras órdenes, son miles de otros pueblos que encarnan la venganza… El mensaje de los hunos ha sido la vida al aire libre, en armonía con las criaturas de la naturaleza… Un mensaje fraternal y no de odio…
…Son vuestros frailes avasallados por el temor y el escándalo con que los educaste vos, que a la vista de nuestros estandartes, corren despavoridos, gritando, ahí viene!, ahí viene!, el azote de Dios! …………………