miércoles, 9 de septiembre de 2009

El secreto

–¡Pero hombre! El experto internauta eres tú! Según lo poco que yo sé, sólo un habilísimo hacker podría retirar un video de la red, sin consentimiento de quien lo colocó; de lo contrario, sólo es posible hacerlo, para el que lo colocó.
–¡La que lo colocó!
–¿Una mujer?
–¡Es mi más fundamentada sospecha!... Pienso entrevistarme con ella; demostrarle que tengo armas con que destruir su reputación de esposa, si no retira de la red ese video que filmó de mi actuación, sin yo saberlo.
–Sé que no eres experto internauta, ni es una consulta técnica lo que quería hacerte. Busco una pista que me permita desembrollar la maraña en que se ha convertido mi vida.

“… Mi sueño es casarme con Matilde, formar un hogar con ella, darle muchos hijos; y que envejezcamos juntos. El amor que siento por ella es tan inmenso, y ella tan inocente, que siento asco de mí, y para no mancillarla con mis inmundicies, la evito en los momentos que ella, seguramente, más ansía de mí.

Creo en Dios por sobre todas las cosas. El sabe que hago lo que hago por necesidad.
Tengo focalizados los puntos de referencia que me permitirán salir de este laberinto; pero necesito conversarlos con alguien de mi entera confianza como tú.
Tu sabes, tengo diez años de andar en esto, pienso dejarlo todo, el físico culturismo, la danza, y lo demás, dentro de dos años, cuando cumpla los treinta; luego casarme. Para entonces Matilde habrá cumplido dieciocho. Un día de éstos pienso declararle mis intenciones.

Mis intenciones son honestas; en todos los años vividos de esta peculiar clandestinidad no he perdido el sentido de la ética que adquirí en las aulas universitarias. Lo demostré esa vez que me contrataron dos jovencitas. Me parecieron casi niñas, les pregunté la edad. –Dieciocho –me dijeron; pero cuando con engaños pude consultar sus carnets de estudiantes, supe que eran quinceañeras. Ahí mismo deshice el trato y me alejé de ellas. Un problema con la justicia sería letal para mi futuro; pienso retomar el ejercicio de mi carrera profesional.

Mi falta de idoneidad; en otras palabras, los escrúpulos que aún me acompañan, son signo que tengo capacidad para salir de esto. Por ejemplo, soy incapaz de hacer efectivos mis servicios a clientas demasiado desagradables, a las demasiado viejas, a las minusválidas, o a homosexuales masculinos, aunque sean funcionarios del gobierno. Estos son de los que mejor pagan, pues también compran el silencio profesional. Como aquel ahora ex ministro que sin yo exigirle, aún me retribuye, para que no mencione su nombre en ninguna conversación. De ministro, organizaba orgías con jovencitas, en las que yo ejercía de fauno. En el culmen del bacanal, el funcionario disfrazado de mujer yacía con uno de mis colegas.

La mayoría de mis colegas no hacen excepción alguna; y no los culpo, la necesidad tiene cara de perro.

Mi falta de profesionalismo en estas lides, no deja de ser espada de Damocles que amenaza mi propia existencia, como aquellos casos: el religioso que me anunció el potro de los tormentos; y el militar, la muerte por sicariato, porque me negué a acceder a sus requerimientos.
A lo que se saca mejor partido de este negocio es que se cobran dos tarifas por separado: la de striper que es espectáculo visual; y la de la satisfacción física. Rara vez el cliente prescinde de lo segundo. Pero cuando me contratan sólo como striper, no permito que me pongan las manos encima.

No es el aspecto físico del oficio lo que me sumerge en la maraña emocional que me tiene en constante jaque; sino el fenómeno psicológico, como la vez en que aquella mujer requirió de mis servicios para hacer un triángulo con su mejor amiga. Me recogió en su auto en Metrocentro y me llevó hasta su casa. La amiga de la mujer era mi tía materna. Desde luego que no hubo triángulo, sino una situación confusa muy cargada psicológicamente. El choque fue de un impacto hasta entonces desconocido. Ni ella ni yo damos muestra de superarlo. Desde entonces nos volvimos un par de desconocidos que evitan en lo posible encontrarse frente a frente.

En este territorio se movería como pez en el agua, un psicólogo. Yo no puedo evitar sentirme como Dante en el infierno. Hay círculos en los que me contratan hombres para satisfacer a sus esposas, mientras ellos observan. En otros me contratan mujeres, sólo para excitarse y luego yacer entre ellas.

Hay círculos que nunca visitaré, por lo mismo, por los escrúpulos que aún conservo, y por mi propósito de retornar a la normalidad de la vida. Pero en las más oscuras de esas profundidades hay más círculos, de los que hay en la superficie. Poliandria, sadomaso, pedofilia, zoofilia, necrofilia, coprofagia, vampirismo, canibalismo….. Los he divisado de cerca, pero nunca me he atrevido cruzar esos umbrales, porque son como la mara salvatrucha; o como el mismo infierno de Dante: “quien allí se atreve, pierda toda esperanza”.

¡Claro está! Esto es un submundo de clase alta; o mejor dicho, de clase media alta para arriba. Y no es que en la mente de los pobres no haya lugar para la perversión de la fantasía; en el pobre ocurre que la sobrevivencia, ocupa absolutamente toda su disponibilidad de tiempo; por eso Dios les concede el don de la inocencia…”

-Espero nunca fastidiarte de tanto acudir a ti con el mismo discurso, en la búsqueda de la pista clave. Sé que al final, juntos, daremos con la espada con que abatiré al Minotauro. Juntos, hallaremos el `hilo de Ariadna´ liberador.

Alzó su copa el discursante, a la vez que lo hacía su contraparte y dijo: –¡A tu salud!
La copa chocó con el vidrio interpuesto entre ellos.

Su deseo de confesarse con el más fiel de sus amigos era auténtico; pero se lo impedía su absoluta desconfianza en el género humano.

Se emborrachaba primero, y ya borracho, se daba a conversar consigo mismo frente al espejo. Unica forma de asegurar la preservación de su secreto.

lunes, 31 de agosto de 2009

Sentencia

Se hizo presente en los juzgados un nutrido contingente policial. Había que desalojar de la sala a los alborotadores. El caos desatado impedía al juez completar la lectura de la sentencia.
Están corrompidos los tiempos. Antes, bastaba el eco del nombre de Nebet Hanut, para que jueces y fiscales se pusieran de su parte.
La riqueza material es la mejor muestra de bon homía. Sólo el buen juicio de un hombre le permite acumular riquezas. La riqueza de un hombre es riqueza para el país. Es natural que la ley esté al lado del hombre juicioso.
El acusado no salía de su asombro, pero algo le decía que la sentencia dictada no se cumpliría.
Era uno de los hombres más necesarios para el país, para las cajas del fisco, para las gentes que dependían de sus negocios. Había ocupado un curul en el parlamento durante mucho tiempo. Conservaba buenas relaciones con el presidente del país. Si abandonó el ámbito del poder político no fue por desavenencias, sino porque sus negocios requerían su presencia directa.
A Nebet Henut, el procesado, cincuenta años de edad, se le concedía por penal su domicilio. Acudieron a él sus cinco esposas y sus veintitrés hijos a fin que mantuviera la moral en alto.
Siempre que la cantante Akesha Menehem, veinte año menor que él, acudía a su mente (sucedía intermitentemente, de día y de noche), se dio en Nebet Henut un reflejo impulsivo. Mordía el cigarrillo para luego escupirlo; destripaba un tarro de cerveza entre los dedos; lanzaba contra el suelo un vaso de té; volvía la vista y las manos crispadas hacia el cielo.
En ausencia de Akesha, lo cual no era infrecuente, en su Porsche descapotable, erraba entre las pirámides, se plantaba ante la esfinge y la interrogaba.
¿Porqué era él incapaz de llegar al fondo del alma de esa mujer, con la misma facilidad con que lo había hecho con las que eran sus esposas?
¿Qué poderosa fuerza determinaba que en lugar de ser ella esclava de la voluntad de él, sucedía lo contrario?
La carretera que baja del Valle de las Reinas antes de llegar a la gran pirámide, rodea la base de una colina sin nombre, tan cerradamente que obliga a la precaución.
Antes de los hechos, entrado el Porsche a la base de esa colina, le asaltó el recuerdo de Akesha; pisó a fondo el acelerador. Chirriaron las llantas, el velocímetro marcó más de cien, una fuerza centrífuga empujaba el auto afuera de la carretera; el conductor viraba con fuerza el volante, y pisaba con furia el acelerador. De pronto, un brusco frenazo, el grito de un hombre, un tropel de cabras, un reguero de sangre sobre la carretera; el Porsche fuera de la calzada y Henut al volante, completamente aturdido. En las cercanías no habían otras almas.
Dio marcha atrás con la idea de abandonar la escena; pero las llantas solamente deslizaban sin mover el auto. Estaba atrapado en un pedregal.
El rebaño pertenecía al hermano del muftí; el muerto uno de sus sobrinos. Demostraron sin embargo los abogados del magnate, con brillantez, que la causa de tales incidentes es el abuso de los cabreros que abordan las carreteras, peligrosamente para el tráfico vehicular.
Aconsejaban no obstante, piedad y tradición, ofreciera Henut, algún dinero a la viuda, según su propio criterio. Así lo hizo.
Formalmente Akesha Menehem pertenecía al rito moronita; pero en su fuero interno se decía atea. En el acervo de Líbano corre también una vena jacobina; para triunfar en el arte, hay que alzar el estandarte de la libertad, tan alto como se pueda.
Nebet Henut era piadoso. No siempre le permitían sus múltiples ocupaciones acudir puntualmente al llamado del almuédano; mas cuando le era oportuno se prosternaba cinco veces al día hacia la ciudad sagrada.
Akasha Menehem nunca mintió a Nebet Hanut, desde el primer día que la contrató, con todo y el cabaré beirutí, Vintage, donde cantaba ella viernes y sábados. Los contrató para festejar a sus amigos íntimos dos días seguidos. –La pasión de mi vida es mi carrera de cantante; mi única ilusión, los laureles del triunfo –explicó ella a las pretensiones de él.
–Hago mías la pasión y la ilusión, tuyas –replicó él.
–El matrimonio y la fidelidad son incompatibles con mis anhelos –dijo ella con bastante descaro.
En ese momento Nebet Henut recibió la primera estocada en pleno corazón; y su cerebro albergó el primer negro presentimiento. Nadie de los invitados se dio por enterado que mientras ellos brindaban alegremente, el poderoso magnate agonizaba. Regresó de Beirut, como contagiado de alguna peste; pero cada viernes volvía al Vintage, y volaba a El Cairo hasta el día lunes.
Antes volaba Akasha los domingos a Dubai, donde fijaba su residencia; ahora lo hacía ella también los días lunes. Llegaban juntos al aeropuerto.
La situación parecía estable, hasta ese fatídico viernes que la cantante no subió al escenario. Le explicaron al distinguido cliente que ella se encontraba en una jornada fotográfica, para una revista de adultos, en las pirámides de México, Teotihuacán.
Había un error en el método de Henut para desfacer agravios. Pagaba previamente la mitad de lo prometido, para pagar la segunda mitad una vez ejecutada la tarea encomendada. Y sin embargo, una vez logrado el objetivo, quizás involuntariamente, echaba al olvido el pago de la segunda mitad.
Hubieron dos factores decisivos que torcieron la infalible suerte de Nebet Henut. El primero de ellos fue que esta vez el sicario contratado no estaba en condiciones de olvidar el pago de la segunda mitad.
–Se sentencia al condenado a pagar con su vida en la horca –leyó el juez.
La ley concede al gran muftí la potestad de confirmar o anular las sentencias de los jueces. El otro factor decisivo fue que, finalizados los argumentos del acusado, pletóricos de apelaciones al misericordioso, dichos en su propia defensa; murmuraron los labios del gran muftí la sura ocho del Corán: –Hay entre los hombres quienes dicen, “Creo en Alá y el Ultimo Día”; pero no creen.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Fe de erratas

El Sábado primero de agosto fue un día aciago. Viniendo de la bicicletería, donde había cancelado una alta suma en reparaciones, a media distancia recorrida, se desinfló la llanta trasera de la bicicleta del escribidor. Despotricó largamente en contra del bicicletero, pero no hubo remedio. Tuvo que caminar hasta su apartamento, bajo una lluvia pertinaz. Al llegar, estaba obligado a acometer la reparación de inmediato.

Pasó la lluvia, alumbró el sol, por lo que el aludido decidió trabajar afuera. En eso vio la silueta de Ogaret Maadi que venía hacia él y se alegró. Quién no se alegra viendo llegar a Ogaret?
De lejos Ogaret, nacida en Alepo y crecida en Líbano, donde una esquirla le perforó el huezo ilíaco, puede confundirse con un ángel vaticano tallado en marfil, aunque ya de cerca puede ser, impulsiva y peleadora, si se le provoca.

Presume Ogaret, y con razón, de dominar la lengua hispana, y para no perderla se ofrece como secretaria a las columnas del escribidor.
Este acepta, cualquiera diría, con demasiado entusiasmo. ¿Quién es el insensato que no se va a alegrar de semejante ofrecimiento?

Se conocieron hace tiempo, en la escuela donde se introducían a tomar contacto con los ordenadores.
Hasta entonces, los sirios que se movían en el entorno inmediato eran musulmanes, por lo que su compañero de clases y vecino la consideraba como tal.

Una tarde de invierno, se encontraron en la puerta del edificio donde ambos vivían. Subiendo escalera arriba hacia donde se situaban sus respectivos domicilios, en breves segundos, aún sin hablar correcto sueco, abordaron diversidad de temas. –Soy cristiana –afirmó ella.
–No te lo puedo creer –dijo él.
–Soy capaz de demostrarlo –insistió.
–De qué manera?
–Si me convidas a un trago de whiskey, para combatir este frío terrible, lo aceptaré con gusto.
El escribidor explicó que el desempleo le impedía tener tales lujos en casa.
–¿Pero cómo? ¡Un cristiano que no tiene un trago de whiskey en su casa! ¿Qué clase de cristiano será?

El explicó que vistas así las cosas es justo que se le considerara a él, creyente no practicante, heterodoxo, o tal vez, hereje. No importaba. Lo importante era condescender fraternalmente con el género humano.
Percibió en los ojos de ella, el dejo lastimoso con que se mira a los diletantes. Ogaret abrió la puerta de su apartamento y lo invitó a pasar. Puso las bolsas que traía sobre la mesa del comedor, encendió la cocina; puso un caldero con agua, sus dos hijas llegarían hambrientas, había que preparar algo de comer. Marido ya no esperaba la recién divorciada. Abrió la alacena, sacó una botella de whiskey escocés, sirvió en dos vasos, le alargó uno a su acompañante. Este tomó el vaso por la base. Ella chocó su vaso con el otro y dijo. –¡Salud!
–¿Hablas español?
–¡Me encanta el español! –dijo con acento arabizado.
Fue así que surgió la idea de ser la eventual secretaria del escribidor.
Reparaba pues su bicicleta el susodicho, y absorto ante el cadencioso paso de Ogaret, apenas percató que en sentido contrario a ella, pasaba el presidente de la asociación de poetas de la lengua, con un ejemplar de Incumbencia enrollado, en la mano. Era la edición del 31 de julio del 2009. Al escribidor pareció que el presidente hacía el ademán de saludarlo, porque alzaba el brazo en que llevaba el semanario. Ogaret, cuyos glaucos ojos tienen la propiedad de descubrir lo que esconden los hombres en el corazón dijo. –¡Cuidado, ése lleva esbozada la sonrisa de una aviesa intención!

Más tarde se supo que no era saludo lo que el presidente hacía alzando el brazo con el semanario en la mano, sino pretendía mostrar el cuerpo del delito.
Aún conversaba el escribidor con esa mujer indescriptible, cuando circuló el correo poético, convocando a membrecía y simpatizantes a una urgente y extraordinaria reunión, con un punto único a tratar: desenmascarar farsantes.

Apuró su labor el escribidor para llegar puntual a la convocatoria.
Hay en la genealogía de Ogaret cierta vena hechicera. Consulta el horóscopo, domina la cartomancia de igual manera que la quiromancia, la adivinación y otras artes no menos ocultas. Dijo: –No vayas, he visto las cartas, no hay buenos augurios, he preparado en casa esa sopa de habichuelas que tanto te gusta.

Una sopa de habichuelas preparada amorosamente por las manos de Ogaret, sobre todo en un atardecer de fin de semana, puede ser preferible a las interminables disquisiciones de los poetas. El escribidor se dejó llevar.

Por el hecho mismo de los avances de la tecnología, Internet, el teléfono móvil…, antes de finalizado formalmente el consistorio poético espontáneamente convocado, fueron públicas sus incidencias. Los augurios no mentían había montada una emboscada contra el escribidor.
El presidente argumentó: “sin necesidad que alguien le despoje, por sí sola cae la careta del farsante en la página veinte de Incumbencia. La sequía extrema que abatió media Europa sucedió en el siglo XV, y no en el XVIII, como el impostor expresa, bajo el título El mapa, en el renglón cuatro del antepenúltimo párrafo”. “Y no es ésta la única aberración histórico literaria en que incurre el indiciado”, acuerparon otros, esgrimiendo el breviario de Luis María Carrero. –Aquí se demuestra fehacientemente que no fue de Enrique Alvares de Córdoba, comandante de la Santo Tomé, que el genovés obtuvo el mapa de Toscanelli, sino de Alfonso Sánchez de Huelva, comandante de la Santa Susana!

El escribidor opinó que a excepto de el exacto siglo en que la sequía extrema abatió Europa occidental, todo lo demás, es discutible.
Tomándola amorosamente de las manos, y acercando sus labios al oído de ella, inquirió: –¿Cómo pudo ser posible Ogaret?
Ella, que entre sus artes, tiene la especial habilidad de eludir cualquier trampa que se pretenda tenderle, se soltó de las manos del escribidor, con desenfado, pero con la más letal indiferencia.
Dijo la siriana: –Sucede con frecuencia en este oficio, y puede ser error de mecanografía o un lapsus mentalis, y se aclara escribiendo una nota marginal rubricada, fe de erratas.

martes, 11 de agosto de 2009

El mapa

Cayeron las sombras sobre Venecia. En su palacete, Benvenuti Constanza, propietario de la flotilla veneciana trajinante del Adríatico, ordenó le sirvieran la cena.
–¿Ha llegado el genovés? –preguntó al contramaestre del puerto, que llegaba a rendir la jornada del día. La pregunta hubiese sido: ¿Ha llegado el Marco Polo?, pero decididamente, le impresionaba a Benvenutti, más que su propia nave, el hombre que la capitaneaba.
A esa hora el capitán del Marco Polo, luego de desestibar en la aduana los fardos que condujo desde Alejandría, cenaba en una de las hosterías del puerto.

En la mesa del comedor, el azar le colocó frente al Capitán Alvarez de Córdoba, que hacía planes de dirigirse a Génova por tierra.
El vino estaba sabroso; el de Córdoba se puso locuaz. –Abandono estas malditas aguas infestadas de piratas (el Adriático), –le dijo al genovés.
–¿Qué pensáis hacer?
–Tengo en mi poder el mapamundi de Toscanelli. Buscaré la ruta a la India por el oeste!
No eran pocos los marineros interesados en semejante aventura. El genovés tenía un hermano cartógrafo en Lisboa. Habían pasado veladas enteras debatiendo pro, contras, posibilidades… Su hermano le había convencido que el mapa de Toscanelli era decisivo.
–Dónde tenéis el mapa, lo puedo ver?

Estaba hablador de Córdoba, pero no borracho; bajó los párpados para que su interlocutor no viese en sus ojos el brillo de la malicia. –Lo tengo aquí –dijo, llevándose un índice a la sien–, en la cabeza! Con la punta del cuchillo comenzó a hacer trazos sobre la mesa. Bosquejó la Península Ibérica y la costa occidental del Africa; las Azores, las Canarias; las Cabo Verde. –Cualquiera de éstos archipiélagos es buen punto de partida –dijo–, navegando de setecientas a ochocientas leguas, siempre hacia el oeste.

Apoderándose de Constantinopla, cerró el turco la ruta de las especies. A estas alturas de la historia, las potencias europeas eran ya incapaces de prescindir de las especies asiáticas. Quien quiera que descubra una ruta alternativa, se volverá tan rico que no tendrá necesidad de continuar en el arriesgado oficio de eludir piratas sobre los derroteros de la mar.
El genovés pareció ausentarse, no decía más nada. No por desdén; hacía sus propios cálculos. No tenía el mapa de Toscanelli, pero conoció la precocidad de un niño austríaco, llamado Nicolás. El niño prodigio, enunciaba su hipótesis, únicamente en forma verbal, durante tertulias informales, asombrando a los eruditos.

Toscanelli medía la hipotética redondez del mundo, basándose en el sistema ptolomeico; éste adoptaba el método geodésico de Posidonio.
El mozalbete austríaco se basaba en el sistema pitagórico, y adoptaba el sistema geodésico de Eratóstenes, perfeccionado por Hiparco.

Dado caso que el niño Nicolás estuviese en lo cierto, la distancia occidental hacia las Indias, sería en realidad cinco veces mayor de lo calculado, lo cual la haría innavegable para cualquier nave. Se necesitaría tres veces el peso muerto en bastimentos y agua; no existía alimento alguno capaz de conservarse a lo largo de semejante travesía.

–La inversión que se necesita está sólo al alcance de un rey –dijo al fin el genovés.
–¡Hombre –reaccionó el de Córdoba–, los mercaderes son más ricos que cualquier rey! La hermandad mercantil genovesa pondrá la Santo Tomé a mi disposición. Marcho a Génova a ponerme al frente del proyecto.

Nadie es profeta en su tierra. En Génova el capitán del Marco Polo, era un perfecto desconocido; ahí ni siquiera se le tenía como genovés, sino como judío!

El de Córdoba comprendió que había hablado demasiado, bebió un último sorbo de vino y se marchó. El pálido rostro de su interlocutor estaba rojo de envidia.

Dos años después de esta conversación, capitaneaba el genovés hacia Lisboa la nao Romana, así bautizada por su aguda proa de cedro libanés. Un velero de bandera negra le cerraba el paso en el estrecho Gibraltar. El capitán era temperamental. Confiado en la robusta proa de la Romana, en lugar de arriar velas, ordenó al piloto enfilar de frente hacia el velero corsario. El impacto fue brutal. Las dos naves quedaron hechas añicos. Moribundo el genovés, fue vomitado por las olas en la playa de Algeciras.

Recuperado, visitó a su hermano cartógrafo. Conversaron. Había un mapamundi de Toscanelli en los archivos de la corte del rey Juan, pero no estaba a disposición del público. ¿Sustraerlo? ¡Ni pensarlo!

Volvió a Venecia el genovés, decidido a abandonar tan peligroso oficio; recuperó los limitados ahorros de su vida. Regresó a Lisboa; casó con Felipa Moniz, y la llevó a vivir a la menor de las islas Cabo Verde (zona libre de piratas), reconvertido a humilde pescador.
Pescaba, salaba, recogían lo salado los mercantes que cubrían la ruta Lisboa, Cabo Verde. Por las tardes, cenaba, bebía vino, salía afuera a auscultar las constelaciones, a confrontar las afirmaciones de Toscanelli, con las del niño austríaco. Después entraba a casa y solazaba viendo crecer el vientre de Felipa Moniz.

El primer domingo de agosto del primer año de la sequía extrema que abatió la Península Ibérica en el siglo XV, ennegreció el cielo sobre Cabo Verde y llovió tempestuosamente una semana completa. Al escampar el segundo domingo, se volcaron el genovés y sus vecinos al rescate de cinco náufragos que habían amanecido tirados en la playa. Al final murieron todos, pero los lugareños cumplieron su deber. Los llevaron a sus casas a tratar de salvarlos.

El genovés se hizo cargo del más esquelético, cuya maraña de pelo y barba le hacía irreconocible. Llevaba un pergamino de cuero enrollado, firmemente asegurado a la cintura con una cuerda. Se aferró a la camisa del genovés, y le dijo antes de expirar: –Id a Córdoba por el amor de Dios, y proclamad que yo, Enrique Alvarez, capitán de la Santo Tomé, encontré la India dos veces más allá de lo calculado por el florentino!

El genovés partió con su familia en el primer mercante que pasó rumbo a Lisboa. Llegó donde su hermano, le mostró un pergamino de cuero que había sido grabado con estilete candente. Le dijo emocionado: –El mapa de Toscanelli!

lunes, 3 de agosto de 2009

Tenor

El sábado 27 de junio, luego de breve presentación que no se pudo entender dado el griterío de la gente, tomó el micrófono Fredy Amigo (el Gato). Hizo también una breve presentación del primer tema a interpretar. Tampoco se pudo entender porque el bullicio no amainaba. Resultaba inútil pedir silencio. Estábamos en pleno epicentro del `City Festival´, Västerås. El Gato lo sabía, no era la primera vez, así que sin más preámbulo dijo: –Música maestro!

Nos invadieron las notas de una música sinfónica que a excepción de los muy chicos, el público de más edad llevábamos aletargadas en algún lugar del subconsciente. En eso, irrumpe el Gato con `Oh sole mío´.

Es el `Sigma Torget´, plaza de unos setenta metros cuadrados, a cuyo extremo se ubica el escenario al aire libre, en donde ocurren los acontecimientos. Hay unas veinte bancas por delante.

La vocalización del Gato es poderosa. Cuando interpreta, a lo largo y ancho de Sigma Torget no penetra el bullicio del City Festival. Y no solo es potencia esa voz; es además timbre y armonía tal, que obliga a la gente de todas las edades que pretende pasar de largo, dirija la vista hacia el escenario, aminore la cadencia de sus pasos, se detenga, escuche; mejor dicho, disfrute; y por último decida ocupar un lugar en las amplias bancas frente al escenario.

Cualquiera de nosotros, simples mortales, puede cantar `Oh sole mío´ mientras friega la loza, pasa la aspiradora, o cuando se está duchando. Pero para interpretar `Oh sole mío´ y provocar que otro mortal se digne dedicar atención al que canta, hay que tener una garganta divina.

Al inicio de esta canción, cuyas notas creó un ángel de la mitología italiana, las bancas frente al escenario de Sigma Torget en Västerås, estaban semivacías. Cuando en la nota final se elevaba el cantor impecablemente al altísimo, las bancas estaban repletas. Alrededor de esas bancas había público de todas las edades. Todos aplaudieron de pie.

Hay que decir que en el `City Festival de Västerås´ predomina abrumadoramente la cultura juvenil contemporánea. El resultado es que las presentaciones de los varios escenarios instalados, son como clones. Dada la monotonía que resulta, el público, adquiere la rutina de observar un acto, y luego circular, avanzar lentamente hasta el próximo escenario, y así, hasta que les invade el hambre y se sientan a comer en alguno de los restaurantes al aire libre.

Pero en Sigma Torget, el público que escuchó la primera interpretación del Gato Amigo, no circuló. Se quedó ahí, expectante de lo que habría de venir.
Y vino!

Agradeció el intérprete los aplausos; agradecimiento que pocos oyeron, porque cada vez que cesa una vocalización del Gato, vuelve a invadir el Sigma Torget el bullicio del festival.

Las interpretaciones del Amigo tienen un efecto rompedor sobre ese bullicio; como cuando la explosión de la dinamita rompe el aire o el agua que le rodea. Pasado el instante rompedor, ese aire o agua rotos, vuelven a ocupar el lugar que les robó el momentáneo estallido.

Volvió a decir el chileno: –Música maestro!–, para esta vez entonar `Por tí seré´. `Por tí seré´ es una clásica interpretación para gargantas privilegiadas como Pavarotti y María Callas (de grata recordación), Carreras, Plácido domingo o Sara Brightman.
A decir verdad, el Gato Amigo, no obstante sus humildes orígenes, demostró pertenecer al Olimpo de estos dioses, cuando al final de la interpretación, viejos, jóvenes y niños le aplaudieron, conmovidos, un minuto entero.

Luego vino `Granada´, sublime creación de un indio mexicano. Todo sueco devoto de España, cuando percibe esta canción perfectamete ejecutada, escucha con especial reverencia. Y como la ejecución del chileno en Sigma Torget, fue perfecta, fue también premiada con una emocionada salva de aplausos, vítores y olés.

No fueron pocos, los del público asistente, que fueron transportados hasta cierto nirvana cuando el Gato se adentró a la interpretación de `Con Te Partiré´; esa creación que inmortalizó a Andreas Boccelli y que sólo los ángeles son capaces de vocalizar.
Si esta vez hubo un lapsus entre el final de la interpretación y el cerrado aplauso, se debió únicamente a que el público estaba completamente arrobado.

Los restaurantes cercanos se paralizaron; los comenzales no comían, y los empleados no servían, para poder escuchar, atentamente, `Bésame mucho´ y `Nesum Dorma´.

El apoteosis vino al final de la actuación, y fue místico. Entre los acordes creados por Schubert, se introdujo el Gato, divinamente al Ave María.
En medio del mundanal ruido del City Festival vibró en Sigma Torget un ámbito celestial.

Había un grupo de niños de pie cerca del escenario, que miraban con asombro hacia el intérprete. Inconcientemente, trataban de imitar sus movimientos.

Una viejecita que estaba sentada a la par mía, al Ave María del Gato, hizo el intento de arrodillarse; la artritis se lo impidió; hizo una cruz sobre su pecho y lloró calladamente. Más allá, otra anciana se llevó ambas manos hacia el pecho y adoptó una actitud de oración.

Finalizada la actuación, había un tumulto, sobre todo de gentes mayores alrededor de Fredy, el Gato Amigo, para lograr de él un apretón de manos, un abrazo, un beso.
La viejecita que lloró a la par mía pugnaba por acercarse al héroe; la multitud se lo impedía. La tomé de la mano y le dije: –Ven, él es amigo mío, te lo voy a presentar–; me abrí paso con ella entre la multitud. Se abrazó a él. El Gato depositó un beso en su frente. La anciana besó mi mano diciendo: –Muchas gracias.

Una muchacha exuberante, de mirada y sonrisa luminosas, señalaba con entusiasmo hacia el intérprete. Impedida también por el tumulto, asechaba para poder abordarlo.
Me acerqué a él murmurándole al oído: –Cuidado con esa chica!

–No hay peligro –me dijo–, es mi hija!

Antes, el Gato se dedicaba a cantar rancheras mexicanas en aventurados aquelarres dionisíacos, hasta que un día, para alejarlo de peligros, le dijo su mamá: –Andái por ahí cantando puras huevaas! Pero si tú tenei voz de tenor…!!!

lunes, 20 de julio de 2009

Shi Pei Pu

A la muerte de Michael Jackson, sucedía una ola de suicidios entre sus seguidores. Arcano reflejo de las almas desamparadas. Antiguamente las servidumbres se inmolaban en la pira funeraria de sus amos.

En el hospital Saint Simon, al conocer la noticia, Shi Pei Pu, de setentiún años, pidió suspender la medicación que le ataba a la vida y le enviaran a su casa en la Rue, a morir en paz. De Joven cantó para la Opera del Pueblo, en Beijín, igual en la Opera de París. Era conciente que ese deceso le provocaba un golpe de nostalgia que sería insuperable.

Shi Du Du no quería que Pei Pu muriera. Era inevitable parte de su progenie. Tenía mucho que agradecerle. Lo había rescatado de la miseria que hizo presa de Xinjian, posterior a la sequía que dio al traste con el Gran Salto Adelante.

Para insuflarle deseos de vivir, reveló Du Du a Pei Pu las últimas noticias. La muerte de Jackson pasaba al ámbito de lo judicial. El óbito se debería, presuntamente, al exceso de trabajo. La secta religiosa a la cual se había entregado, le obligó a trabajar más allá de lo que su salud permitía. Sus tutores que alegan gobernarse por la Sharia, controlaban la salud mental del artista, negocios y cuentas bancarias, a cambio de asegurar para el iniciado, llegado el momento, acceso al paraíso de las uríes.

Inicialmente creyó Jackson que su obligación era montar diez funciones, para su gira mundial. Posterior al embrollo de la firma del contrato, descubrió que eran cincuenta funciones a montar. En lugar de protestar, se sometió a extenuantes ensayos preparativos. Asumiría el reto, a pesar que su corazón herido, confiaba más su capacidad al Demerol, que a una alimentación nutritiva.
Gravitaba el fantasma de Antonio Salieri. Había un extraño paralelismo entre el destino de Jackson y el de Amadeus Mozart.

Además, no era imposible que la muerte de Jackson, en sí, fuese presunta. Que todo fuese la farsa de un último espectáculo del genio para retirarse a la paz de una secreta existencia, lejos de curiosos y paparazis.

Shi Pei Pu, escuchó calladamente las disquisiciones de Shi Du Du, y preguntó: -Ha venido Bernard?
–No, no ha venido.

Infinita cotidianidad de íntimos secretos le conjuntaban hacia Jackson.
–Es mi deber seguirle –replicó Pei Pu–. Habemos seres que únicamente medramos a la sombra de grandes almas que nutren la razón de nuestro ser. No depende de nos. Es mandato de la naturaleza…. Eras chico entonces. No recordarías que pasó igual a la muerte de Mao. Igual sucederá cuando se ausente Fidel Castro…. Le seguirán voluntariamente los que sucumban a la orfandad inmensa que dejará tras de sí…

Shi Pei Pu conoció a Bernard Boursicot en 1964, entre el personal de la embajada francesa, que recibía sus lecciones de Mandarín. En una pausa, a solas, Boursicot confesó a Pei Pu, que le apasionaba su perfecta dicción en tono contralto. Pei Pu le reveló que cantaba en la Opera del Pueblo únicamente en roles femeninos.
Y en un tono que reclamaba absoluta confidencialidad, agregó: –En realidad soy mujer. Adopté identidad masculina obligada por mi padre que anhelaba un hijo varón.
El romance fue inevitable.
–Debo revelarte otra cosa –dijo Pei Pu– Para mí el trauma es tal; para el amor soy como el vampiro, no resisto la luz. Todo ha de transcurrir en completa oscuridad.
Así fue y fueron felices hasta que el gobierno gaullista, requirió en París la presencia de Boursicot.
–Adiós –dijo él– no sé si volveré.
El desespero concedió a Pei Pu un subterfugio. –Estoy embarazada –dijo–, debes volver!
Ido Boursicot, llevaron las circunstancias a Pei Pu a Xinjian. Ahí, negando diez hijos al hambre, a cambio de monedas y prevendas, una incógnita viuda de la Revolución Cultural, puso en sus manos un recién nacido a quien Pei Pu nombró, Shi Du Du.
Otro cúmulo de circunstancias le llevaron hasta La Mongolia, en donde dejó al crío a cargo de una nodriza. Pei Pu volvió a sus clases de mandarín y a la ópera en Beijín.
Regresó Bernard, a reconocer su hijo. Se reunieron los tres en La Mongolia.
Para cualquier chico del mundo es de lo más emocionante un buen día descubrir, que su padre es fuera de lo común, y sobre todo con suficientes recursos, para satisfacerle los mínimos caprichos y sacarlo de la pobreza. En medio de los riesgosos avatares de la Revolución Cultural, sin embargo, para los tres fue un tiempo feliz. Los guardias rojos guardaban aceptable distancia de ellos.

Requerido de nuevo por su gobierno, antes de partir, el diplomático Bernard Boursicot, llevó a cabo las gestiones pertinentes para que Pei Pu y Du Du, pudiesen juntarse con él en París. Contrariamente a muchos otros casos parecidos, los guardias rojos permitieron a Pei Pu y Du Du, abandonar el país.

En parís, la dicha de los tres fue total. Boursicot se sentía amado; las puertas de la Opera de París se abrieron a Pei Pu; y las del Liceo Francés se abrieron a Du Du.
Ninguna felicidad es imperecedera. A toda dicha asecha la desdicha. Vinieron los agentes del contraespionaje francés a por Boursicot y Shi Pei Pu. Fueron acusados de poner en manos del gobierno de Beijín, vitales secretos diplomáticos de la república francesa, durante su relación en China; labor que continuaron, ya reunificados en suelo francés. Las pruebas eran abrumadoras.
Antes de dictar sentencia, ordenó el juez exámenes médico psicológicos. Pei Pu fue declarado biológicamente de sexo masculino, Bernard Boursicot, bisexual.

La sentencia requería largos años de cárcel por alta traición. Pero en 1986, el presidente francés era un hombre sensiblemente intrigado por las cosas del amor y del sexo. Los indultó en término de un año.

Vueltos a la libertad, aquellos cuya relación había girado alrededor de la secretividad, viendo develados todos los secretos que les unían, perdieron el encanto de vivir bajo el mismo techo.
Envejeció en silencio Shi Pei Pu, y al final, partió tras el alma bajo cuya sombra medraba.

martes, 14 de julio de 2009

El coloquio



(Cuento corto. Cualquier parecido a políticos, funcionarios estatales, y situaciones de la vida real, podría deberse a puras coincidencias)



En un país de América Central, de cuyo nombre no conviene acordarme, contrariamente a lo que podría creerse, el siglo XXI trajo consigo el imperio del crimen, la miseria económica y moral. La delincuencia gozaba de mayores garantías políticas que la gente honrada; perros de combate alimentados con carne cruda, atacaban niños despistados en los alrededores de las zonas elegantes; el destino de muchos niños estaba en el fondo de fosas cépticas, quirófanos clandestinos y prostíbulos de mala muerte; pandillas callejeras asaltaban a los trabajadores que transitaban de la casa al trabajo y viceversa para repartirse el botín con los celadores del orden público ….

A pesar de sueldos capaces de levantar palacios, catedrales, y provocar grandes crisis presupuestarias al Estado, la incapacidad conjunta de el Consejo Nacional para la Seguridad Pública, el ministerio de la gobernaduría, de la policía y la judicatura, llevó al gobierno de la república a crear, para colocar sobre esas instituciones conformadas por honorables miembros de la intelectualidad política del país, el Consejo Consultor para la Seguridad Pública.

-Si las honorabilísimas intelectualidades que conforman las instituciones antes mencionadas –se dijo el presidente– no han sido capaces de descifrar los acertijos que nos plantea nuestro autóctono juego democrático en este país, la solución está en colocar sobre esas lumbreras del intelecto y la política, otras lumbreras aún más exelsas y brillantes. Esta es la idea sobre la que damos vida al Consejo Consultor para la Seguridad Pública.
Así se hizo; y se convocó a los periodistas a que fuesen testigos de su primera reunión. Ahí se coló como pudo María Julia, la tímida y alucinada estudiante de periodismo, colega de Hurtado, quien ya hacía carrera.

Es posible que el periodismo no fuese carrera idónea para María Julia, pues, víctima de la violencia social que asolaba lo largo y ancho del país, en situaciones de demasiado estrés, comenzaban por sudarle excesivamente las manos y después se apoderaban de su mente, alucinaciones.

Cuando se anunció en el recinto la entrada de los distinguidos miembros del consejo consultor para la seguridad pública, las manos se le anegaron de agua a María Julia, pero la experiencia de situaciones anteriores, le dió la fuerza suficiente para no abandonar la escena y mantenerse en el lugar.

Vió entonces un tropel de momias y dinosaurios que se dirigían a posesionarse del estrado. Ella pensó:

–Será imposible que esos enormes hocicos puedan articular palabra.

Se equivocaba. De aquellas fauces enormes salían frases perfectamente articuladas.

Se escuchó la primera voz que dijo con el rugido de un saurio en celo:

"Hacer un mapa de la violencia no sirve de nada. Cuando yo era fiscal nosotros sabíamos que, por ejemplo, los delitos de sexo, de carne, se cometen más en la costa por el fósforo que se consume de los pescados" (ex fiscal general de la república).

Hubo un silencio más o menos prolongado, María Julia escuchó a lo lejos el sordo rumor de algunos aplausos desganados, y pensó que eran parte del alucine.

Entonces se escuchó una segunda voz que aulló como una fiera entre satisfecha y hambrienta:

"Yo he engordado de andar en tanto evento y nunca se arregla nada" (abogado, colegio de abogados).
El lapsus silencioso fue más prolongado y los apagados aplausos se dejaron escuchar más espaciados.
Habló la tercera voz con el tono de el rictus gutural del orgasmo interrupto:
"El hombre de nuestro país es fornicario, no es por gusto que no nos quieren en ninguna parte… aquí un antropólogo deberíamos traer si lo que nos interesa es la teoría" (abogado, colegio de abogados)
Hubo un silencio cuasi total y uno que otro aplauso como venidos del más allá. Entonces intervino la primera momia, mientras hacía con la mano llena de vendas el gesto de quien dispara un arma de fuego:
(Dirigiéndose al director de la policía) "dígannos si nos pueden defender o si no nos pueden defender. Si no pueden déjennos andar con pistolas sin permiso y sin licencia" (abogado, colegio de abogados).
Esta vez no hubo silencio ni aplausos, ni nada, solamente un insistente rumor entre el público asistente. Y como el rumor no cesaba, se levantó impaciente una segunda momia semienvuelta en una especie de sudario o mortaja para decir histéricamente:
"Hay estudios que dicen que las balas matan a un montón de niños. El problema es que entienden por niños a todos los menores de 20 años, y si dos drogadictos de 19 años se matan a tiros, los meten en las estadísticas”
Se sentó la momia, el hedor inmundo que exalaba por las fauces invadió el recinto, por lo que no hubo ni aplausos ni rumor, únicamente silencio, quizá por eso, volvió a levantarse para continuar:
"…En Estados Unidos mueren más niños por accidentes de bicicletas que por balas ¿entonces vamos a prohibir las bicicletas? (abogado, editorialista y pensador).
Como para desfacer el entuerto, se levantó, meneando nerviosamente la cola, el que parecía dinosaurio mayor para dar por concluída la sesión aseverando con estentórea voz, ojos acuosos, inyectados, y gestos que parecían querer borrar de un palmotazo al público asistente:
"En este país hay gente que se aterra solo porque le pasan una notita (de amenaza) por debajo de la puerta” (viceministro de seguruidad pública).
Invariablemente, al día siguiente de que María Julia sufría sus alucinaciones, le costaba mucho levantarse de la cama por la mañana, pues se sentía tremendamente agotada. Fue hasta que su colega Hurtado llamó por teléfono para preguntarle por el artículo que pensaba escribir acerca del evento de la tarde anterior, que pudo volver al asunto.
-Le titularé ”coloquio de momias y dinosaurios” –dijo todavía somnolienta María Julia.
-Ni se te ocurra! –le respondió Hurtado –acaso no te das cuenta que ha estado allí la crema y nata de nuestra intelectualidad, lo más granado y que además gozan de gran poder, prestigio, crédito, y rédito político …?