jueves, 12 de noviembre de 2009

El chahuite


I

Los veteranos ex combatientes de las montañas de Olancho (Honduras), se vanaglorian que ejercen influencia ideológica sobre Coyote Cojo, desde el tiempo aquel que por avatares revolucionarios, pasó el referido Coyote, tres meses en el campamento `Papalón´, con la misión de sumarse al operativo `Garriadora I´, cuyo objetivo era, utilizando la táctica de las hormigas Garriadoras, trasegar quinientos fusiles de asalto, através de la frontera hacia El Salvador.

Durante su estadía en el Papalón, fue aleccionado el susodicho Coyote acerca del código secreto de terminología política elaborado por la inteligencia de los camaradas olanchanos.

El término `chahuite´, en idioma nativo (mezcla de Nahua y Maya), significa humedal. Se refiere a los humedales que quedan anegando los campos, pasada la estación lluviosa.
En el código secreto de los hermanos olanchanos, chahuite puede significar, discurso, o verborrea, incluso, declamación poética; dada la humedad que resulta alrededor de la boca del discursante o del declamador, que en casos severos es capaz de anegar micrófonos o enpapar el rostro de interlocutores o público cercano.

Aún hoy, pasada la guerra, cuando los olanchanos dicen, `tu tarea es preparar el chahuite´; ellos quieren decir, `tu tarea es preparar el discurso´, o en su defecto, preparar la poesía.

II

Convocó Chema Maravilla al consejo de brujos de las tribus pipiles habitantes de Västerås, para informar la creación de la asociación Mälardalen Solidarisk Kommitte, dentro de la cual, el gran Maravilla introduce un caballo de Troya, llamado PROCUMA (Proyecto Cultural Mesoamérica).

Sólo asistió una suerte de troika: Jorge Flores Pipiltzín (este apellido se traduce como, príncipe de los Pipiles, o como, noble pipil; y sólo lo ostentan los desendientes directos de Topiltzín Azítl).
Asistió el referido Maravilla, cuyo nombre indígena es secreto; y asistió Coyote Cojo.

Después de mucho deliberar, se pudo entender que las huestes del aprendiz de brujo quezaltepecano, DJ Neftor, estarían concentradas el sábado 24 de octubre, con el único propósito de darse un atracón de tamales, pupusas, peperechas, semitas y café; y que ninguno de los organizadores había reparado en que corría el mes de octubre, en el que se conmemora la llegada de Cristóbal Colón.

El aquelarre de gastronomía pipil, comenzó con la romántica intervención del trovador Samuel Vasquez (este Samuel, a lo lejos parece un cantaor gitano, pero no, es puro pipil).

Hubo un momento que el bullicio de la sala se transformó en absoluto silencio. La razón era que venía entrando Mil Plumas, brujo quezaltepecano, que ya hizo historia en Västerås, mediante abundante producción literaria, entre la cual se cuenta `El sapo frente al espejo´, rigurosa autocrítica a que lo llevó el desamor de una ingrata.

Entrando la fiesta en su apogeo, y a una señal del Maravilla, levantose Coyote Cojo de su asiento y dijo: `Atención señoras y señores! En conmemoración a la llegada de Cristóbal Colón, aquí les vengo a echar este chahuite!´:

Breve discurso sobre una larga historia

En aquel tiempo era necesario
que un marinero dominase además, la observación de las estrellas; lectura, trazado de mapas; y la construcción de barcos. Se reunían en Cristóbal Colón, los oficios de capitán de navío, astrónomo, cartógrafo y armador.

Los cartógrafos sospechaban la redondez de la tierra; pero el papa de Roma opinaba que la tierra era plana, y que en el horizonte el océano se despeñaba en un abismo infinito.

En general los marineros, tenían miedo a ese abismo; no así Cristóbal Colón, porque Colón creía en la redondez de la tierra.

La cólera pontificia no tenía límites, y a quien insistiera que la tierra era redonda, el papa condenaba a ser quemado vivo en una inmensa hoguera, enmedio de la plaza pública.

En ese tiempo Europa ya no aceptaba que en su gastronomía faltaran las especies que llegaban de la India; pero los turcos tomaron Constantinopla y quedó cortada la ruta hacia la tierra de las especies.

Propuso entonces Colón a los reyes de España, ir a por especies a la India, navegando en sentido contrario, por el oeste, sobre el Atlántico, porque a decir verdad la tierra era redonda, y no plana como aseguraba el papa.

Los reyes eran católicos y temían al poder del papa; pero el papa también echaba de menos las especies de la india en su santísimo paladar; entonces obvió que fuesen fletadas por los reyes de España, la Pinta, la Niña y la Santa María; las tres carabelas con que partió Colón, del puerto de Palos el 23 de mayo de 1492.

En altamar, muchos marineros temieron al abismo. Se sucedieron las conspiraciones, los amotinamientos para asesinar a Colón y obligar a la expedición regresar a España, pero Colón ante los retos se volvía gigante, y los medrosos marineros terminaban por temer más al gigante que al abismo y a lo desconocido.

A las dos de la madrugada del 12 de octubre, poco más de cuatro meses de navegación ininterumpida, cuando la conspiración para asesinar al capitán era mayor, Rodrigo de Triana, el vigía de turno de la Pinta, primero pensó que sufría alucinaciones, pero cuando estuvo seguro que veía claramente una fogata, gritó: Tierra! Tierra a la vista!

Desembarcaron los extranjeros en la isla Guanahaní del archipiélago Bahamas. Los nativos vivían en la inocencia. Iban desnudos sin malicia alguna. El sexo para ellos no era pecado; recibieron con júbilo a los españoles, y les ofrecieron sus hijas y sus mujeres, para que yacieran con ellas.

Para aquellas gentes los recién llegados eran dioses surgidos del fondo del mar.

Los nativos recogían su pelo, atravesaban su nariz, orejas y labios con piececillas de oro. En un principio trocaban los españoles esas piececillas por espejitos y cuentas de vidrio.

Cuando agotaron espejitos y cuentas de vidrio, comenzaron los hispanos a simplemente robar los adornos de oro de los nativos. Aparte de esto, los nativos repararon que los marineros y su capitán, orinaban y defecaban hediondo.

He aquí que el cacique Caonabó y la cacica Anacaona, se entregaron a la sospecha que no eran ningunos dioses los que llegaban, sino extranjeros remotos que venían a robar.

martes, 10 de noviembre de 2009

Regresos

I

Krister Ljunggren ama al Ecuador. Ha vivido mucho tiempo en ese país. Cada vez que puede viaja allí, y se dedica a convivir entre los nativos, los niños de la calle, y tiende hacia ellos su mano solidaria. Su experiencia le llevó a escribir un libro en idioma sueco: ”Bland indianerna och gatubarn” (entre los indios y niños de la calle). En su aventura, han habido mujeres anhelantes de un encuentro íntimo con el extranjero, con el propósito de procrear hijos de ojos verdes; los críos de esas mujeres aprueban ese anhelo para poder tener hermanos ojiverdes. Cuando el extranjero se va del Ecuador por la misma ruta que llegó, promete siempre regresar, y cada vez, al retornar de nuevo, los indígenas le reciben con grandes muestras de alegría.

II

La posibilidad que Erik el Rojo no haya sido el único vikingo que alcanzó las costas del continente hoy llamado América, antes de Cristóforo Columbus, es perfectamente admisible. Hay por lo menos tres vestigios de la llegada de extranjeros remotos y extraños, en códices pictográficos, en monolitos esculpidos y aún en tradiciones orales de la tradición.

Y talvez sea el más antiguo de estos acontecimientos, desde muchos puntos de vista por demás, incontrovertible, el que dio origen al culto a Quetzaltcoatl, centurias antes del nacimiento de Erik el Rojo.

Se dio el extraño caso de un hombre aparecido en una playa, tierras costeras de la región yucateca. La evidencia demostraba que venía del mar, aunque no se veía una nave con él, y estaba completamente sólo. Todas las probabilidades apuntaban al resultado de un naufragio.

Los hombres yucatecos no conocían la navegación de gran calado, ni la existencia de otros pueblos allende las islas Caribes.

Para los pescadores que encontraron al náufrago no había modo de conocer la verdad. Se vieron imposibilitados de entender la manera y el contenido de lo que el extranjero explicaba; a la vez que éste no tenía posibilidad alguna de entender lo que los hombres lugareños le preguntaban.
Dada la indescifrabilidad del extranjero, fue inevitable recurrir al gran chamán, para entender a ciencia cierta, cual era la identidad de aquel extraño llegado del mar.

Abrió el chamán su morral, echó mano al peyote sagrado, lo elevó con ambas manos hacia el cielo, y luego se lo llevó a la boca. Pocos segundos después entraba por la puerta del Panteón y se dirigió al congreso de los dioses para preguntar a ellos, quién era en realidad aquel hombre aparecido.

Alcanzado el punto culminante de su trance, concentró el brujo su mirada en las pupilas del náufrago. Esas pupilas reflectaban las aguas del mar, con la tonalidad de las esmeraldas.

Estalló en mil pedazos la psiquis del chamán y se vio presa de estertores propios de un ataque de epilepsia. –Es la serpiente con plumas de Quetzal! –dijo antes de caer al suelo enmedio de violentas convulsiones–. Viene a vencer a Tezcatlipoca! –agregó devanándose en el suelo.
Mostraba los ojos en blanco, como si las pupilas estuviesen dirigidas hacia el interior de sus cuencas. Decúbito ventral, en el suelo, apoyándose en la cabeza, las puntas de los pies, los brazos y las manos, hacía un arco con el cuerpo hasta quedar desfallecido.
Al cabo de cierto rato, paulatinamente, fue calmándose el ánimo del chamán. El aturdimiento y la embriaguez dibujaban las líneas de su cara. Caminó hacia su choza, con la vista puesta en el suelo, se tendió cuan largo era sobre su petatl. Durmió profundamente y soñó. Soñó con el conflicto entre el Serpiente con Plumas de Quetzal y Tezcatlipoca. Era un combate interminable. Habían lances ganados por Quetzalcoatl; habían otros que ganaba Tezcatlipoca. Otras veces quedaban empatados; mas sin embargo, en lo que vendría a ser la victoria final, se imponía Tezcatlipoca, señor de Mictlán (el mundo de los muertos), y de la destrucción.

Sucedió del siguiente modo la batalla final. Creció Omexóchitl (flor del amanecer), hija de Quetzalcoatl, como un flor de extraña belleza. Ojos verdes como su padre, pelo color del castaño, piel color de oro viejo.

En el trato, se interpone cierta inevitable sensualidad entre un padre y sus hijas. El Serpiente con Plumas de Quetzal no era la excepción. Tezcatlipoca observaba desde las sombras el mutuo trato que existía entre Omexóchitl y Quetzalcoatl; y conspiraba.

En la inevitable labor educativa, padre e hija acostumbraban hablar largamente y a solas en el interior del palacio del rey y dios. Provocó entonces Tezcatlipoca, valiéndose de pases mágicos, que surgiera entre ellos una pasión tan poderosa, que les empujó hasta los humbrales mismos del acto carnal.
Consumado el acto, resonó la poderosa voz de Tezcatlipoca, riendo a carcajadas, en la cabeza del Serpiente con Plumas de Quetzal.

Cada vez que Tezcatlipoca reía, Quetzalcoatl se tomaba la cabeza con ambas manos, porque la sentía estallar.
Cada hora que pasaba, el señor de Mictlán reía cada vez más alto, hasta que, completamente fuera de sí, desesperado, Quetzalcoatl se lanzó al mar por el mismo rumbo por donde había llegado, no sin antes prometer que regesaría, purificado. Aquellos súbditos no dejaron nunca de esperar su retorno.

Es verosimil la posibilidad que el Serpiente con Plumas de Quetzal, no hubiese sido el jefe de la supuesta tripulación de la que formaba parte, y que no fuese lo suficientemente instruido, como para haber transmitido un idioma escrito a sus salvadores; o empeñarse en el intento de construir una nave, con la ayuda de los hombres autóctonos que al poco transcurrir del tiempo, luego de estos acontecimiento, le erigieron en rey. Despues le adoraron como dios. Y como rey y dios, tuvo muchos nombres.

Tloke Nahuake, señor del principio y el fin; Nahualpiltzintli, príncipe de los nahuales; Ipalnemoani, el que nos insufla vida; Moyocoyani, el que se crea a sí mismo.

Una suerte de amanuenses, grababan en piedras y pintaban en cortezas de amatl, los glifos con que captaban sus enseñanzas; las leyes que dictaminaba, entre muchas otras, la prohibición del incesto, costumbre que predominaba entre las clases gobernantes de aquellas gentes.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Reality show

No entendían la situación en que habían caído. Ellos actuaban de buena fe.

–Padre! Estamos perdidos!
–Sí hijo! Parece que los dioses nos han traicionado! –respondió Wallace.

Penetraron los televisores las favelas de la Amazonia, y confirmaron los habitantes de los tugurios sus sospechas. Sobre el común de hombres y mujeres hay un Olimpo de gansters y policías. La línea divisoria entre unos y otros es demasiado tenue, como tenue es la línea que separa al funcionariado estatal, de la delincuencia. Y no por evidente dejaba de ser desconcertante que sólamente aquellos que por sus méritos eran acogidos en ese Olimpo, adquirían el poder de escapar a la pobreza, y adquirían autoridad sobre el pueblo llano.

De Souza quería un futuro promisorio para su hijo. Le bautizó con un nombre televisivo (Wallace), y le compraba pistolas de juguete para que entrenara. Era incapaz de explicarle a qué lado de la línea separatoria debería colocarse un hombre en pos del éxito, pues el mismo de Souza no lograba entender en qué lugar o circunstancia está colocada, o se coloca, esa línea divisoria. Razonaba: –en política, es desventajoso declararse prematuramente a favor o en contra de algo o de alguien; por tanto, es desaconsejable tomar posición en favor o en contra de alguno de los bandos del Olimpo.

Hay en los De Souza el sentido de la eficacia. Cuando Wallace cumplía veinte años, coronaba exitosamente su carrera hacia la oficialidad de Policía, a la vez que nacía su primogénito, vivo retrato de su padre y de su abuelo.

Observando el proceder de sus superiores, descubrió lo que su padre no le pudo nunca explicar. La línea divisoria entre la actividad gansteril y la policiaca es colocada, retirada o retrazada según convenga a los dioses de los dioses, y es tan difusa, que en determinadas circunstancias, incluso desaparece.

En terrenos de la cultura laboral existen métodos que por ser reflejo del nivel superior parecen obvias, y sin embargo la prudencia aconseja informarse antes de actuar. El Oficial Wallace de Souza fue sorprendido vendiendo el excedente de combustible que la institución le asignaba, a una pandilla de delincuentes. Fue expulsado, discretamente, del cuerpo por esta causa. A todos los de Souza, les pareció la más hipócrita de las injusticias.

No todo era rudeza en el ex oficial de policía. Bautizó a su unigénito, Rafael, en celebración a las azañas renacentistas del Bunoarroti.
Cualquiera diría que la paternidad no era atributo de Wallace; y sin embargo percibiendo la empatía temperamental entre él y Rafael, decidió adoptar al chico y hacerse cargo de su educación. Entonces se dió a obsequiarlo con todo tipo de armas de juguete, para que se fuese familiarizando con las más importantes herramientas de progreso, reconocidas por la Amazonia.

En el vasto carisma de los de Souza, la histrionía es un elemento, hasta cierto punto central. Tal cualidad fue decisiva para Wallace, en su insistente carrera hacia la victoria final. Presentó a Televisión Amazónida su proyecto de programa de casos policíacos. Se echó a andar la idea con gran éxito de audiencia; producto de lo cual se permitió una vida holgada durante algunos años.

Creció Rafael y al sobrepasar la veintena sobrevino la crisis global de la economía. No se sabe si ésto, o la inevitable monotonía de la cotidianidad, o talvez la baja sensible de escandalosos hechos delictivos, provocaron gran deserción entre los teleexpectadores del programa policíaco. Fue aquí que decidieron ya en sociedad, padre he hijo, dar un audaz golpe de timón al negocio. Habría que dar el salto desde la investigación a posteriori, al reality show.

No era cosa fácil. Manaos atravesaba por uno de sus inusitados como inexplicables períodos de tranquilidad.

Hubo de ser necesaria la división del trabajo. Padre he hijo trazaban la ruta. Luego se dividían en dos. Iba por delante Rafael liderando su peculiar equipo, y pocos minutos después, sobre la misma ruta, venía Wallace con su cámara, filmando un reguero de vidrios rotos, edificios vandalizados, farolas destrozadas; y desplegando todo el poder de su carisma histriónico, clamaba ante los televidentes un cese a la violencia que abatía a la capital de la amazonia.

La teleaudiencia es un monstruo de mil cabezas no fácil de subyugar. El reality show debía ser más convincente. Para ésto, necesitaba Wallace un culpable, pero bajito y esmirriado; ni igual, ni más grande que él. Lo encontró Rafael.

Pistola en mano entró el periodista a su casa, y salió tirando del pelo al indiciado; lo llevó ante las cámaras y le espetó –delincuente cabrón!

Intervino la policía, se demostró que el supuesto, no era indiciado, ni culpable. La jueza Da Silva vio en ello indicios de delito, pero el éxito televisivo fue fulminante; la teleaudiencia concedió a Wallace, un curul en el parlamento.

No bastaba, él quería ser presidente; y la vía era más, y más eficaz reality show.

Las primicias tomadas segundos después de ocurridos los hechos sucedieron con pasmosa rapidez. La teleaudiencia llegó al millón. Wallace era un hombre rico, influyente y popular.

Adolescente violentada sexualmente en pleno centro de Manaos!
La jueza Da Silva, escapa por los pelos a un atentado!
Wallace filma la agonía de un homosexual agredido.
Prenden fuego a proxeneta. Wallace capta los estertores de la antorcha humana.
Asesinan narcotraficante para robarle cargamento. Wallace capta su último suspiro.

Rara vez la intuición traicionaba a la jueza Da Silva, quien también movía hilos poderosos.

Aquél leve indicio bastó para que la letrada despertara además, la suspicacia de la Corte Suprema. La condición legislativa de Wallace, requirió de mayoría calificada; pero al fin la Corte Suprema, concedió a Da Silva, la potestad de ordenar allanamiento al domicilio del diputado periodista.

Se encontraron ahí, entre otras muchas contundentes pruebas, las bragas pertenecientes a la joven violada en pleno centro de Manaos; 250000 reales, y 15000 dólares, cuya procedencia el diputado no pudo justificar; y casquillos percutados por la misma arma con la que se llevó a cabo el atentado contra Benedita Cunqueiro Da Silva, jueza primero de la Sala de Instrucción.

martes, 20 de octubre de 2009

La borrasca

Oscar vio la cabeza de Alvaro descender como escondiéndose debajo del lecho que le servía de cama; volvió la vista hacia arriba. Una masa de nubes pasaban velozmente hacia el sur. Le dio vértigo; al vértigo siguió un profundo vacío en el pecho. Volvió de nuevo la vista hacia donde había desaparecido la cabeza de Alvaro y lloró.

Estaba tendido sobre una estrecha repisa, de las dimensiones de una cama, a 6200 metros de altura, en la pared de un precipicio helado y ventoso. Area central de la cordillera Karakórum. Tenía fracturada la tibia y el peroné de la pierna izquierda, y la muñeca de la mano derecha.

Al lado izquierdo de donde estaba tendido, alzaba otra mole helada, el monte Baintha Brakk. Levantaba la cabeza para ver sobre sus pies, veía el glaciar Biafo; y si haciendo un supremo esfuerzo, se colocaba de lado para ver lo que tenía atrás de su cabeza, aparecía el glaciar Choktoi.

Alvaro descendía hacia el campamento base; la misión: movilizar al mundo al rescate de Oscar. Los clubes alpinistas son poderosos, movilizan incluso, gobiernos.

El llanto de Oscar duró segundos. Su deber era serenarse. Cada movimiento, cada caloría gastada, cada minuto del tiempo transcurrido es decisivo; lo sabía. Estaba ante las circunstancias, que gravitan obligadamente sobre todo montañista. Es parte de la emoción, del reto al carácter; del albur a que todo ser humano obliga la misma lucha diaria: vivir, morir o la mutilación.

Gran fortaleza física y mental era Oscar. Cualquiera empresa a que se dedicaba mostraba resultados extraordinarios. Era consciente de ello. –Pobres de los hombres, si hubiese yo optado por la carrera de banquero –pensaba–. La economía de un país es algo de obligada homologación. La fortuna acumulada por un sólo banquero, obliga a demasiados a la miseria.

Cuántas veces había meditado y discutido con sus seres queridos? Infinidad de veces!
En ese entorno todo estaba hablado y advertido; emocionalmente todo en orden. Esto le dio la misma tranquilidad del viejo que ante el momento crucial, deja su herencia justamente distribuida. Además, no todo estaba consumado. Había el precedente del rescate por helicóptero, en un caso similar al de él, en el mismo monte.

Se dispuso a echar un sueñecito; no se lo permitió el dolor de las fracturas, y un dejo de angustia en el pecho.
Alvaro se descolgaba por el precipicio, con la atención puesta en que según estadísticas, son ocho días la posibilidad de sobrevivencia en las condiciones de Oscar.

El primer día posterior al accidente, lo había utilizado Alvaro en escalar hasta donde tenían la tienda, rescatar y acopiar los medios que dejaba al herido: dos sacos de dormir, una funda vivac, dos cartuchos de gas, un infiernillo, y limitada comida.

Un día y medio le llevó el descenso hasta el campamento base. Llegó con la punta de los dedos semicongelados. Comenzó por alertar al personal de guardia. Es decir, el día tercero contactó y movilizó al club a organizar el rescate. Por la tarde se encargó al servicio meteorológico el pronóstico del tiempo sobre el macizo. No fue fácil. Regularmente entrando el otoño, a una semana de establidad, sigue otra de borrasca; mas a este antes ordenado ciclo, el cambio climático global lo volvía caótico, impredecible.

Desatada la borrasca, la única posibilidad de sobrevir para un escalador, es abandonar el ascenso y descender pausadamente hasta un refugio seguro.

–No es una borrasca cualquiera. Es la borrasca del Karakórum, el dios de la muerte –dicen los nativos de lengua urdu. Lo mismo opinan los escaladores extranjeros.

Luego de inútiles intentos, casi a la medianoche se logró conversar con el teniente coronel Rashid Ulah Baig, quien pilotó el helicóptero que protagonizó un rescate en similares condiciones un año antes. El oficial pidió lograsen, los interesados, la autorización del Estado Mayor.

El cuarto día, el teniente coronel Baig llevó a cabo un vuelo de inspección; examinó el lugar y desaconsejó el intento por helicóptero. Se completó el equipo de rescate, se contrató un grupo de porteadores nativos; pero llegado el momento de partir, algunos del equipo llegados desde España, se reportaron necesitados de un día más para aclimatarse. No hay mal que por bien no venga; se dieron cuenta que hacían falta dosmil quinientos metros de cuerda, y utilizaron el resto del día para acopiarlos en los bazares de Skardú.

Cinco días después del accidente comenzaron el ascenso. Durante duraron los preparativos había hecho un tiempo espléndido; sin vientos tempestuosos, sin nevadas, sin nubarrones a la vista. En el macizo montañoso, la estabilidad climática significa preludio de tormenta. Había que llegar hasta Oscar en término de tres días.

Un día les tomó escalar la cara sur del glaciar Uzum Bral, y medio día descender al lado opuesto para colocarse a la base de su objetivo. Avanzaban más lentamente de lo normal; llevaban a la espalda el doble de equipaje. Se adelantó una cordada para fijar mil setecientos metros de cuerda sobre la vertical pared helada.

Acometieron el ascenso, y aunque creían no estar tan alejados de las pausas de reglamento, estaban extrañamente extenuados. Pronto descubrieron la razón. Oscar y Alvaro habían arrancado la virginidad a una ruta más corta hasta la cima; que antes de ellos se consideró inexpugnable.

En realidad el reglamento estaba siendo violado. Obviaban altos para alimentarse y suprimían horas de sueño, con tal de avanzar más a prisa.

Poco antes de concluir la jornada del día tercero, reconoció Alvaro, a unos quinientos metros en línea vertical hacia arriba, la repisa donde yacía Daniel, y gritó un Eureka! que fue escuchado por toda la cordada.
Cirnió una llovizna helada que se transformó en granos diminutos. El viento trastocaba a ráfagas tempestuosas. Gruesas nubes oscurecieron el cielo. A los granulillos siguieron granizos del tamaño de ciruelas que caían como piedras sobre sus espaldas…

–Oh! –dijo en lengua urdu, el más experimentado de los porteadores– La borrasca del Karakórum!

Vista de lejos, la cordada parecía una larga serpiente ascendiendo sobre el hielo. De pronto se paralizó y emprendió el descenso..

lunes, 5 de octubre de 2009

El agravante

El ulema que supervisaba la ejecución del veredicto, alzó la mano derecha. La plebe cesó de arrojar piedras sobre la condenada. La mujer estaba enterrada hasta la cintura, en pleno centro de la plaza de Kismayo. El doctor de la ley dio instrucciones para que fuese desenterrada. La desenterraron los milicianos, la tendieron sobre el suelo y levantaron la manta que le cubría la parte superior del cuerpo. El cráneo y la cara de Asha Ibrahim eran huezos sanguinolentos. Abrió el único ojo que le quedaba y sacó la punta de la lengua entre los maxilares descarnados para expulsar restos de dientes. El doctor de la ley ordenó que la enterrasen otra vez del mismo modo que antes, y volvió a tender con imperio su mano derecha hacia la mujer, para que el populacho diera fin a la tarea. Pasados unos minutos, a otra señal de la alta autoridad, volvieron a desenterrarla, y la volvieron a descubrir. En lugar de cabeza había una masa informe y roja revuelta entre una maraña de pelo crespo.

Se frotó el rostro suavemente el ulema, volvió las palmas de las manos hacia el cielo, de pie y con los ojos levemente cerrados musitó un versículo del libro sagrado; luego dio media vuelta majestuosamente alejándose del lugar. No dijo nada a nadie. Los milicianos sabían lo que debían hacer con ese amasijo de huezos rotos, masa encefálica, carne y sangre, que antes se llamó Asha Ibrahim.

Los milicianos gritaron a coro algunas consignas guerreras referidas a la expulsión de las tropas extranjeras, y a extender su religión hacia todas las naciones de la tierra, tal como estaba profetizado. Luego procedieron a levantar los restos de la ajusticiada.

Asha Ibrahim no era oriunda de Kismayo, viajaba desde su lugar de nacimiento: el refugio Hagardeer, Nigeria, hacia Mogadiscio a juntarse con su abuela. Y si el tribunal que la juzgó, hubiese tomado como cierta la edad declarada por ella, catorce años, no hubiese dictado semejante veredicto, que según la ley no debe ser aplicable a menores de edad. Aunque hay eruditos que sostienen que es aplicable a toda mujer desde que haya tenido su primera menstruación.

En el campo de refugiados Hagardeer nacieron tres de sus cinco hermanos y ella, la menor de todos.
Tal sino estaba trazado de veinte años atrás.
Sorprendió la mañana, al primer erudito de el poderoso clan Hawiye, Shadi Sharif Ahmud, sin que hubiese podido pegar los ojos en toda la noche. Era la cuarta y consecutiva vez que sucedía. Ya no sucedería más. En la cuarta noche le fue revelada la misión histórica del clan: la pureza de la fe; separar el grano malo de la miez sana.

Al día siguiente de la revelación, lanzaron su ofensiva las milicias de los Hawiye, sobre el clan Galgale, amigos de los herejes extranjeros; resultado de lo cual los padres de Asha Ibrahim, se vieron cruzando la frontera y asentados en Hagardeer.

En Hagardeer deliberó el consejo de ulemas de los galgale, y discernieron que la poca rigurosidad en materia de tradición, granjeaba a los galgale, poderosos enemigos como los Hawiye.

Toda niña refleja en su rostro el culmen del espanto, la decepción, el dolor, en el momento culminante del ritual ablatorio, para luego sumirse en el llanto inconsolable. A los siete años de edad, en Asha fue igual, pero no lloró; se mordió la lengua, echó espuma por la boca y perdió la conciencia. La matrona lo tomó a bien. –Cuando no lloran –dijo–, es señal que serán mujeres hacendosas, de fuerte carácter, excelentes madres, fieles esposas.
A partir de ese acontecimiento, una vez por semana, perdía la conciencia Asha enmedio de convulsiones y espumarajos en la boca. –Es epilepsia –le dijo Antoanett, médico internacionalista a Shadia, madre de Asha, quien fue incapaz de entender la argumentación que explicó la doctora. –Un horroroso trauma, es capaz de derivar en epilepsia –dijo Antoanett. Shadia estaba segura que en la yerbería del mercado de Mogadiscio habían las hierbas necesarias para curar a Asha. En Mogadiscio vivía aún la abuela de la criatura.

A medida que crecía Asha, disminuían los ataques de epilepsia, pero sin atención especializada, fuera del refugio, era improbable que desparecieran completamente, según el diagnóstico de, Antoanett.
En su cumpleaños catorce, Ibrahim, su padre, le dió la gran sorpresa. Puso en sus manos una faltriquera con veintemil chelines somalíes. Lo suficiente para viajar hasta Mogadiscio en bus. Tendría que viajar sola, instalarse donde la abuela, con auxilio de ella, acudir a la yerbería del mercado y adquirir lo necesario para iniciar su tratamiento.

Viajaba Asha al lado de la ventanilla, para no perderse nada del paisaje polvoso, para ella desconocido; y sin embargo, su patria. El corazón le latía con fuerza
Los pasajeros del expresso hacia la capital durmieron sobre las bancas de la terminal de buses de Kismayo. En teoría continuarían el viaje al siguiente día, pero los combates sobre la carretera a Mogadiscio, lo impidieron a lo largo de una semana. El dinero de Asha se agotaba!

Sintió necesidad de movimiento. Salió de la terminal a deambular y distraerse un poco. Al regresar Asha, el autobus no estaba! Había partido sin ella! Se sentó en una banca y echó a llorar.
Se acercaron tres milicianos. –Qué sucede? –preguntaron.
–Me he quedado sin dinero y necesito llegar a Mogadiscio –dijo.
–Ven con nosotros, podrás ganar algún dinero –dijeron.
Llegaron a una playa desierta.

La ablación convirtió el sexo de Asha en un mínimo orificio. A la violación que la sometieron los milicianos, volvió Asha a morderse la lengua y a echar espuma por la boca, con el espanto reflejado en su bello rostro de armoniosas facciones.

Los milicianos del Ejército de Dios, desconocían lo que era un ataque de epilepsia y también se espantaron.
Así que regresaron llevando a Asha esta vez en calidad de detenida, presentáronla ante el tribunal de eruditos, y la acusaron de adulterio, prostitución, resistencia a la autoridad y posesa de demonios; con el agravante de pertenecer al clan Galgale.

martes, 22 de septiembre de 2009

Reportero gráfico

En Concepción, una de las zonas más deprimidas de San Salvador, apareció el cadáver del reportero gráfico francés a pocos metros de su vehículo, con cuatro balazos en el rostro. No le habían robado nada.
En el pasado había documentado el conflicto armado y la firma de la paz. Volvió con el propósito de documentar la ruta de progreso que se prometía en los acuerdos.

Lo que encontró le llenó de incertidumbre. No había progreso; al contrario, los tugurios marginales habían desbordado invadiendo zonas, antes de clase media baja.
En las entrañas de los tugurios había surgido un nuevo estrato social: las maras. La mara son muchas clicas (células) con vocación gubernativa. Imponen mediante coacción armada, un gobierno autoritario en los propios tugurios y amplias zonas alrededor de éstos.

Entre las maras rivales hay un estado de guerra permanente por el control de población y territorios. En toda guerra, hay ceses de fuego, pactos y alianzas.
De pactos y alianzas intermaras resultó que sus zonas bajo control cubren todo el país, y sus ramas se extienden por Centroamérica, México, Los Angeles…Ya hay germen de maras en Madrid. Sus palabreros (jefes de clica), aseguran que cubrirán el mundo entero.

No es difícil identificar un marero. Se tatúan el cuerpo con los símbolos de su mara o su clica, con el nombre de los rivales que han matado, o con cualquier otro símbolo que les exite. Los más exaltados se tatúan el rostro.
En la zona sobre la que gobiernan sólo se admite la presencia o el domicilio de, policías, abogados, jueces, o funcionarios, leales. Los otros son condenados a muerte. Ejecutan sus sentencias con eficacia suma.
Todo gobierno vive de su capacidad recaudatoria. Las clicas cobran peaje a los transeuntes, a los pasajeros de autobuses; establecen tasas impositivas a todo tipo de actividad económica en sus territorios; quien se resiste es asesinado sin contemplaciones. Exceptúan a la gran empresa. La gran empresa se protege con vallas infranqueables y guardias mejor armados y entrenados que las clicas.
La obsesión del fotoreportero francés era el hombre. Se interesaba en documentar la raíz, más que las ramas del fenómeno humano. Se puso en manos de una clica y pidió ser llevado a la presencia del jefe; tenía algo importante que decirle.

Al Culebra (el jefe), le cayó bien el extranjero; consensuó con el francés, la necesidad que el mundo entero supiese de la existencia de la mara, y accedió a su oferta. A cambio de una suma, se le permitiría convivir entre ellos, y filmar su vida cotidiana, en el marco de claras excepciones. Cada noche el Culebra, revisaba y sensuraba lo filmado, para que cualquier evidencia comprometedora fuese omitida.

Se le permitió filmar, por ejemplo, la primera etapa de la ceremonia en que la Pipiripao se casa con la clica principal (clica de jefes). La ceremonia comienza con un desnudo completo que la novia dedica a los cinco jefes mientras ellos beben, y fuman crack (cocaina fumable). La segunda etapa en que la Pipiripao practica sexo con sus cinco maridos a la vez, fue exceptuada, no por escrúpulos morales, sino por que el falo del jefe primero no era el más voluminoso; lo cual podría dar lugar a escarnios de mortales consecuencias.
Tampoco se le permitia filmar los vehículos que llegaban desde la frontera oriental, a cuyos conductores, la mara debía alojar, proteger, y garantizar que cruzaran la frontera occidental, en su ruta hacia Los Angeles California.
Esa noche le dijo el Culebra: –Vení periodista, te convido a un entierro, pero no vayas a filmar. Fueron allá. En una sepultura abierta dentro de una casa destroyer (confiscada por la clica), enterraban un cadáver sin ataud. Los enterradores fumaban crack. El difunto tenía el rostro perforado a balazos. –Así mueren los que vacilan (engañan) a la mara –dijo el Culebra.

De regreso, pasaban frente a otra casa destroyer, en cuyo interior se oía una disputa. –Llevate ese mono cerote a que chille en otra parte! –gritó una voz de hombre.
–Y porqué no lo llevás vos? Pues sí, yo lo parí pero vos echaste el polvo! –contestó airada una voz de mujer.
Pareció que del interior de la casa arrojaban un muñeco hacia afuera. Era un niño de pocos meses que al golpear contra el suelo dejó de llorar, pero seguía con vida.
–Puedo filmar? –preguntó el francés.
–Porqué no? Es tu trabajo!
–Desgraciado! –gritó la mujer a su marido. Salió de la casa, recogió al infante, y lo acunó en sus brazos. Le echaba con la boca humo de crack, en la carita, tratando de reanimarlo.
–Si muere –explicó el Culebra mientras seguía caminando–, es que no merecía vivir; y si vive será un marero duro.
Al cabo de dieciocho meses de cotidiana filmación sensurada, se despidió el francés de sus hospederos. Organizó el material documentado y partió a presentarlo en los centros de gravedad de la industria fílmica internacional.
El éxito de mostrar un mundo cuyas insólitas entrañas son conocidas sólo por los habitantes de ese mundo, hizo regresar al reportero con la idea de rodar el capítulo segundo de la obra, aún cuando la polvareda levantada por el capítulo primero no estaba asentada.

El fotoreportero francés fue abordado por otros periodistas: –Las maras son producto de la miseria social y ambiental que provoca la empresa privada.
–Maldito comunista! –reaccionó el gremio patronal.
–Se necesita un segundo acuerdo de paz, esta vez con las maras! –dijo.
–Peligroso tipo! No? –murmuró el amplio espectro de la clase política.
–Somos eslabón en la ruta de la cocaina hacia el mayor demandante del mundo! –declaró.
–Fucking with you! –espetó alguien desde la embajada.
–El crimen organizado es altamente jerarquizado con metástasis hacia el Estado. El Estado no padece impotencia, sino falta de voluntad! –repitió.
–Maldito Culebra! Cómo se le ocurrió dar tanto cobijo a este tipo?! Algo tiene que hacerse –dijo el diputado al subcomisionado.
–No vea hacia mí, estoy bajo sospecha.
–Bueno! No sé quién tendrá que hacerlo, pero alquien tiene que parar a ese hijueputa, y pronto!

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El secreto

–¡Pero hombre! El experto internauta eres tú! Según lo poco que yo sé, sólo un habilísimo hacker podría retirar un video de la red, sin consentimiento de quien lo colocó; de lo contrario, sólo es posible hacerlo, para el que lo colocó.
–¡La que lo colocó!
–¿Una mujer?
–¡Es mi más fundamentada sospecha!... Pienso entrevistarme con ella; demostrarle que tengo armas con que destruir su reputación de esposa, si no retira de la red ese video que filmó de mi actuación, sin yo saberlo.
–Sé que no eres experto internauta, ni es una consulta técnica lo que quería hacerte. Busco una pista que me permita desembrollar la maraña en que se ha convertido mi vida.

“… Mi sueño es casarme con Matilde, formar un hogar con ella, darle muchos hijos; y que envejezcamos juntos. El amor que siento por ella es tan inmenso, y ella tan inocente, que siento asco de mí, y para no mancillarla con mis inmundicies, la evito en los momentos que ella, seguramente, más ansía de mí.

Creo en Dios por sobre todas las cosas. El sabe que hago lo que hago por necesidad.
Tengo focalizados los puntos de referencia que me permitirán salir de este laberinto; pero necesito conversarlos con alguien de mi entera confianza como tú.
Tu sabes, tengo diez años de andar en esto, pienso dejarlo todo, el físico culturismo, la danza, y lo demás, dentro de dos años, cuando cumpla los treinta; luego casarme. Para entonces Matilde habrá cumplido dieciocho. Un día de éstos pienso declararle mis intenciones.

Mis intenciones son honestas; en todos los años vividos de esta peculiar clandestinidad no he perdido el sentido de la ética que adquirí en las aulas universitarias. Lo demostré esa vez que me contrataron dos jovencitas. Me parecieron casi niñas, les pregunté la edad. –Dieciocho –me dijeron; pero cuando con engaños pude consultar sus carnets de estudiantes, supe que eran quinceañeras. Ahí mismo deshice el trato y me alejé de ellas. Un problema con la justicia sería letal para mi futuro; pienso retomar el ejercicio de mi carrera profesional.

Mi falta de idoneidad; en otras palabras, los escrúpulos que aún me acompañan, son signo que tengo capacidad para salir de esto. Por ejemplo, soy incapaz de hacer efectivos mis servicios a clientas demasiado desagradables, a las demasiado viejas, a las minusválidas, o a homosexuales masculinos, aunque sean funcionarios del gobierno. Estos son de los que mejor pagan, pues también compran el silencio profesional. Como aquel ahora ex ministro que sin yo exigirle, aún me retribuye, para que no mencione su nombre en ninguna conversación. De ministro, organizaba orgías con jovencitas, en las que yo ejercía de fauno. En el culmen del bacanal, el funcionario disfrazado de mujer yacía con uno de mis colegas.

La mayoría de mis colegas no hacen excepción alguna; y no los culpo, la necesidad tiene cara de perro.

Mi falta de profesionalismo en estas lides, no deja de ser espada de Damocles que amenaza mi propia existencia, como aquellos casos: el religioso que me anunció el potro de los tormentos; y el militar, la muerte por sicariato, porque me negué a acceder a sus requerimientos.
A lo que se saca mejor partido de este negocio es que se cobran dos tarifas por separado: la de striper que es espectáculo visual; y la de la satisfacción física. Rara vez el cliente prescinde de lo segundo. Pero cuando me contratan sólo como striper, no permito que me pongan las manos encima.

No es el aspecto físico del oficio lo que me sumerge en la maraña emocional que me tiene en constante jaque; sino el fenómeno psicológico, como la vez en que aquella mujer requirió de mis servicios para hacer un triángulo con su mejor amiga. Me recogió en su auto en Metrocentro y me llevó hasta su casa. La amiga de la mujer era mi tía materna. Desde luego que no hubo triángulo, sino una situación confusa muy cargada psicológicamente. El choque fue de un impacto hasta entonces desconocido. Ni ella ni yo damos muestra de superarlo. Desde entonces nos volvimos un par de desconocidos que evitan en lo posible encontrarse frente a frente.

En este territorio se movería como pez en el agua, un psicólogo. Yo no puedo evitar sentirme como Dante en el infierno. Hay círculos en los que me contratan hombres para satisfacer a sus esposas, mientras ellos observan. En otros me contratan mujeres, sólo para excitarse y luego yacer entre ellas.

Hay círculos que nunca visitaré, por lo mismo, por los escrúpulos que aún conservo, y por mi propósito de retornar a la normalidad de la vida. Pero en las más oscuras de esas profundidades hay más círculos, de los que hay en la superficie. Poliandria, sadomaso, pedofilia, zoofilia, necrofilia, coprofagia, vampirismo, canibalismo….. Los he divisado de cerca, pero nunca me he atrevido cruzar esos umbrales, porque son como la mara salvatrucha; o como el mismo infierno de Dante: “quien allí se atreve, pierda toda esperanza”.

¡Claro está! Esto es un submundo de clase alta; o mejor dicho, de clase media alta para arriba. Y no es que en la mente de los pobres no haya lugar para la perversión de la fantasía; en el pobre ocurre que la sobrevivencia, ocupa absolutamente toda su disponibilidad de tiempo; por eso Dios les concede el don de la inocencia…”

-Espero nunca fastidiarte de tanto acudir a ti con el mismo discurso, en la búsqueda de la pista clave. Sé que al final, juntos, daremos con la espada con que abatiré al Minotauro. Juntos, hallaremos el `hilo de Ariadna´ liberador.

Alzó su copa el discursante, a la vez que lo hacía su contraparte y dijo: –¡A tu salud!
La copa chocó con el vidrio interpuesto entre ellos.

Su deseo de confesarse con el más fiel de sus amigos era auténtico; pero se lo impedía su absoluta desconfianza en el género humano.

Se emborrachaba primero, y ya borracho, se daba a conversar consigo mismo frente al espejo. Unica forma de asegurar la preservación de su secreto.